VII.- Aracil y Montaner

Aracil, Montaner y Hurtado concluyeron felizmente su primer curso de Anatomía.
Aracil se fue a Galicia, en donde se hallaba empleado su padre; Montaner, a un pueblo de la Sierra y Andrés se quedó sin amigos.
El verano le pareció largo y pesado; por las mañanas iba con Margarita y Luisito al
Retiro, y allí corrían y jugaban los tres; luego la tarde y la noche las pasaba en casa dedicado a leer novelas; una porción de folletines publicados en los periódicos durante varios años, Dumas padre, Eugenio Sué, Montepín, Gaboriau, Miss Braddon sirvieron de pasto a su afán de leer.

Tal dosis de literatura, de crímenes, de aventuras y de misterios acabó por aburrirle.

Los primeros días del curso le sorprendieron agradablemente. En estos días otoñales duraba todavía la feria de Septiembre en el Prado, delante del Jardín Botánico, y al mismo tiempo que las barracas con juguetes, los tíos vivos, los tiros al blanco y los montones de nueces, almendras y acerolas, había puestos de libros en donde se congregaban los bibliófilos, a revolver y a hojear los viejos volúmenes llenos de polvo.

Hurtado solía pasar todo el tiempo que duraba la feria registrando los libracos entre el señor grave, vestido de negro, con anteojos, de aspecto doctoral, y algún cura esquelético, de sotana raída.

Tenía Andrés cierta ilusión por el nuevo curso, iba a estudiar Fisiología y creía que
el estudio de las funciones de la vida le interesaría tanto o más que una novela; pero se engañó, no fue así.

Primeramente el libro de texto era un libro estúpido, hecho con recortes de obras
francesas y escrito sin claridad y sin entusiasmo; leyéndolo no se podía formar una idea clara del mecanismo de la vida; el hombre aparecía, según el autor, como un armario con una serie de aparatos dentro, completamente separados los unos de los otros como los negociados de un ministerio.

Luego, el catedrático era hombre sin ninguna afición a lo que explicaba, un señor senador, de esos latosos, que se pasaba las tardes en el Senado discutiendo tonterías y provocando el sueño de los abuelos de la Patria.

Era imposible que con aquel texto y aquel profesor llegara nadie a sentir el deseo de penetrar en la ciencia de la vida. La Fisiología, cursándola así, parecía una cosa estólida y deslavazada, sin problemas de interés ni ningún atractivo.

Hurtado tuvo una verdadera decepción. Era indispensable tomar la Fisiología como todo lo demás, sin entusiasmo, como uno de los obstáculos que salvar para concluir la carrera.
Esta idea, de una serie de obstáculos, era la idea de Aracil. Él consideraba una locura el pensar que habían de encontrar un estudio agradable.
Julio, en esto, y en casi todo, acertaba. Su gran sentido de la realidad le engañaba pocas veces.
Aquel curso, Hurtado intimó bastante con Julio Aracil. Julio era un año o año y
medio más viejo que Hurtado y parecía más hombre. Era moreno, de ojos brillantes y saltones, la cara de una expresión viva, la palabra fácil, la inteligencia rápida.
Con estas condiciones cualquiera hubiese pensado que se hacía simpático; pero no,
le pasaba todo lo contrario; la mayoría de los conocidos le profesaban poco afecto.
Julio vivía con unas tías viejas; su padre, empleado en una capital de provincia, era
de una posición bastante modesta.
Julio se mostraba muy independiente, podía haber buscado la protección de su primo Enrique Aracil que por entonces acababa de obtener una plaza de médico en el hospital, por oposición, y que podía ayudarle; pero Julio no quería protección alguna; no iba ni a ver a su primo; pretendía debérselo todo a sí mismo.

 

Dada su tendencia práctica, era un poco paradójica esta resistencia suya a ser protegido.
Julio, muy hábil, no estudiaba casi nada, pero aprobaba siempre. Buscaba amigos menos inteligentes que él para explotarles; allí donde veía una superioridad cualquiera, fuese en el orden que fuese, se retiraba. Llegó a confesar a Hurtado, que le molestaba pasear con gente de más estatura que él.

Julio aprendía con gran facilidad todos los juegos. Sus padres, haciendo un sacrificio, podían pagarle los libros, las matrículas y la ropa. La tía de Julio solía darle para que fuera alguna vez al teatro un duro todos los meses, y Aracil se las arreglaba jugando a las cartas con sus amigos, de tal manera, que después de ir al café y al teatro y comprar cigarrillos, al cabo del mes, no sólo le quedaba el duro de su tía, sino que tenía dos o tres más.

Aracil era un poco petulante, se cuidaba el pelo, el bigote, las uñas y le gustaba echárselas de guapo. Su gran deseo en el fondo era dominar, pero no podía ejercer su dominación en una zona extensa, ni trazarse un plan, y toda su voluntad de poder y toda su habilidad se empleaba en cosas pequeñas.

Hurtado le comparaba a esos insectos activos que van dando vueltas a un camino circular con una decisión inquebrantable e inútil. Una de las ideas gratas a Julio era pensar que había muchos vicios y depravaciones en Madrid.
La venalidad de los políticos, la fragilidad de las mujeres, todo lo que significara
claudicación, le gustaba; que una cómica, por hacer un papel importante, se entendía
con un empresario viejo y repulsivo; que una mujer, al parecer honrada, iba a una casa de citas, le encantaba.

Esa omnipotencia del dinero, antipática para un hombre de sentimientos delicados,
le parecía a Aracil algo sublime, admirable, un holocausto natural a la fuerza del oro.
Julio era un verdadero fenicio; procedía de Mallorca y probablemente había en él sangre semítica.
Por lo menos si la sangre faltaba, las inclinaciones de la raza estaban íntegras.
Soñaba con viajar por el Oriente, y aseguraba siempre que, de tener dinero, los primeros países que visitaría serían Egipto y el Asia Menor.
El doctor Iturrioz, tío carnal de Andrés Hurtado, solía afirmar probablemente de una manera arbitraria, que en España, desde un punto de vista moral; hay dos tipos: el tipo ibérico y el tipo semita. Al tipo ibérico asignaba el doctor las cualidades fuertes y guerreras de la raza; al tipo semita, las tendencias rapaces, de intriga y de comercio.
Aracil era un ejemplar acabado del tipo semita. Sus ascendientes debieron ser comerciantes de esclavos en algún pueblo del Mediterráneo. A Julio le molestaba todo lo que fuera violento y exaltado: el patriotismo, la guerra, el entusiasmo político o social; le gustaba el fausto, la riqueza, las alhajas, y como no tenía dinero para comprarlas buenas, las llevaba falsas y casi le hacía más gracia lo mixtificado que lo bueno.
Daba tanta importancia al dinero, sobre todo al dinero ganado, que el comprobar lo difícil de conseguirlo le agradaba.

Como era su dios, su ídolo, de darse demasiado fácilmente, le hubiese parecido mal. Un paraíso conseguido sin esfuerzo no entusiasma al creyente; la mitad por lo menos del mérito de la gloria está en su dificultad, y para Julio la dificultad de conseguir el dinero, constituía uno de sus mayores encantos.

Otra de las condiciones de Aracil era acomodarse a las circunstancias, para él no había cosas desagradables; de considerarlo necesario, lo aceptaba todo.
Con su sentido previsor de hormiga, calculaba la cantidad de placeres obtenibles por una cantidad de dinero. Esto constituía una de sus mayores preocupaciones. Miraba los bienes de la tierra con ojos de tasador judío. Si se convencía de que una cosa de treinta céntimos la había comprado por veinte, sentía un verdadero disgusto.

Julio leía novelas francesas de escritores medio naturalistas, medio galantes; estas relaciones de la vida de lujo y de vicio de París le encantaban.

De ser cierta la clasificación de Iturrioz, Montaner también tenía más del tipo semita que del ibérico. Era enemigo de lo violento y de lo exaltado, perezoso, tranquilo, comodón. Blando de carácter, daba al principio de tratarle cierta impresión de acritud y energía, que no era más que el reflejo del ambiente de su familia, constituida por el padre y la madre y varias hermanas solteronas, de carácter duro y avinagrado.

Cuando Andrés llegó a conocer a fondo a Montaner, se hizo amigo suyo.
Concluyeron los tres compañeros el curso. Aracil se marchó, como solía hacerlo todos los veranos, al pueblo en donde estaba su familia, y Montaner y Hurtado se quedaron en Madrid.
El verano fue sofocante; por las noches, Montaner, después de cenar, iba a casa de
Hurtado, y los dos amigos paseaban por la Castellana y por el Prado, que por entonces tomaba el carácter de un paseo provinciano aburrido, polvoriento y lánguido.
Al final del verano un amigo le dio a Montaner una entrada para los Jardines del Buen Retiro. Fueron los dos todas las noches. Oían cantar óperas antiguas, interrumpidas por los gritos de la gente que pasaba dentro del vagón de una montaña rusa que cruzaba el jardín; seguían a las chicas, y a la salida se sentaban a tomar horchata o limón en algún puesto del Prado.
Lo mismo Montaner que Andrés hablaban casi siempre mal de Julio; estaban de acuerdo en considerarle egoísta, mezquino, sórdido, incapaz de hacer nada por nadie. Sin embargo, cuando Aracil llegaba a Madrid, los dos se reunían siempre con él.

 

VII.- Aracil und Montaner

Aracil, Montaner und Hurtado schlossen ihren esten Anatomiekurs glücklich ab. Aracil ging nach Galizien, wo sein Vater beschäftigt war, Montaner in ein Dorf im Gebirge und Andrés blieb ohne Freunde zurück.
Der Sommer erschien ihm lang und langweilig; morgens ging er mit Margarita und Luisito in den Retiro, und dort tummelten sich die Drei und spielten; nachher verbrachte er den Abend und die Nacht zu Hause und las Romane; eine Menge von Schundromanen, die während vieler Jahre in den Zeitungen veröffentlicht worden waren, Alejandro Dumas, Eugenio Sué, Montepín, Gaboriau, Miss Braddon dienten seinem Drang zu lesen als Futter. Eine solche Dosis an literature, Verbrechen, Abenteuern und Mysterien begann ihn schliesslich zu langweilen.
Die ersten Tage des Kurses überraschten ihn angenehm. Während dieser Herbsttage dauerte der Semptemberjahrmarkt im Prado vor dem Botanischen Garten immer noch an, und zur gleichen Zeit wie die Spielzeugbuden, die Karussels, die Schüsse auf die Zielscheibe und die Berge von Nüssen, Mandeln und Acerolakirschen, hatte es Bücherstände, wo sich die Bücherliebhaber versammelten, um die alten, mit Staub bedeckten Bände zu durchstöbern und durchzublättern. Hurtado verbrachte die ganze Zeit, die der Jahrmarkt dauerte damit, die Schmöker, zwischen einem ernsten Mann in Schwarz gekleidet, mit Brille, und einem spindeldürren Pfarrer mit abgetragener Sutane, zu durchsuchen.
Andrés hatte eine gewisse Erwartung an den neuen Kurs, er würde Physiologie studieren und glaubte, dass ihn das Studium der Lebensfunktionen so sehr oder mehr interessieren würde, als ein Roman, aber er irrte sich, es war nicht so.
Erstens war das Lehrbuch ein stumpfsinniges Buch, aus Ausschnitten französischer Werke gemacht, ohne Klarheit und Begeisterung geschrieben. Wenn man es las, konnte man sich keine klare Vorstellung der Lebensmechanismen machen, der Mensch erschien, gemäss des Autors, wie ein Schrank mit einer Reihe von Apparaten drin, einer komplett vom andern getrennt, wie die Ämter eines Ministerium.
Dann war der Professor ein Mann ohne jegliche Vorliebe für das, was er erklärte, ein Herr Senator, einer von diesen Langweilern, der die Nachmittage im Senat verbrachte, über Dummheiten diskutierte und bei den Grossvätern des Vaterlandes Schlaf auslöste.
Es war unmöglich, dass jemand mit diesem Text und jenem Professor den Wunsch verspüren würde, in die Wissenschaft des Lebens einzudringen. Physiologie, so studiert, schien eine dumme und wässerige Sache zu sein, ohne interessante Aufgaben oder Atraktivität.
Hurtado war wahrhaftig enttäuscht. Man musste die Physiologie nehmen wie alles andere, ohne Begeisterung, wie eines der Hindernisse, das zu überwinden war, um die Laufbahn zu beenden. Diese Vorstellung von einer Folge von Hindernissen war Aracils Idee. Er überlegte, dass es ein Wahnsinn war, zu denken, dass sie ein Studium angenehm finden müssten. Julio handelte in diesem und in fast allem richtig. Sein starker Realitätssinn betrog ihn selten.
Während jenes Kurses schloss Hurtado mit Julio Aracil Freundschaft. Julio war ein Jahr oder eineinhalb Jahre älter als Hurtado und sah mehr aus wie ein Mann. Er war dunkel, mit leuchtenden Glotzaugen, hatte ein audrucksvolles Gesicht, sprach mit Leichtigkeit und war sehr intelligent. Jederman hätte gedacht, dass ihn diese Voraussetzungen sympatisch erscheinen liessen; aber nein, ihm widerfuhr das genaue Gegenteil, die Mehrheit der Bekannten zollten ihm wenig Zuneigung. Julio lebte mit einigen alten Tanten zusammen; sein Vater hatte als Angestellter eine ziemlich niedrige Stellung in einer Provinzhauptstadt. Julio gab sich sehr unabhängig , er hätte die Protektion seines Vetters Enrique Aracil haben können, der damals gerade per Auswahlverfahren im Krankenhaus eine Stelle als Arzt erhalten hatte und ihm hätte helfen können; aber Julio wollte keine Protektion; er ging nicht nicht einmal hin, um seinen Vetter zu sehen; er hatte den Anspruch, es selber zu schaffen. In Anbetracht seiner praktischen Neigung war sein Widerstand gegen Begünstigungen ein wenig paradox.
Julio war sehr geschickt, lernte fast nichts, bestand aber immer. Er suchte sich Freunde, die weniger intelligent waren als er, um sie auszunützen; dort wo er eine gewisse Überlegenheit sah, in welcher Reihenfolge auch immer, zog er sich zurück. Schliesslich beichtete er Hurtado, dass es ihn störte, mit grösseren Leuten als er, spazierezugehen.
Mit grosser Leichtigkeit erlernte Julio alle Spiele. Seine Eltern brachten ein Opfer, um ihm die Bücher, die Studiengebühren und die Kleider bezahlen zu können. Julios Tante gab ihm jeden Monat einen Duro, damit er mal ins Theater gehen konnte, und Aracil regelte das Kartenspiel mit seinen Freunden so, dass ihm am Ende des Monats, nach dem Cafe- und Theaterbesuch und dem Kauf von Zigaretten, nicht nur der Duro seiner Tante blieb, sondern dass er zwei oder drei mehr hatte.
Aracil war ein wenig eitel, er pflegte das Haar, den Schnurrbart, die Nägel und es gefiel ihm, sich schick zu machen. Im Grunde genommen war sein grosser Wunsch zu herrschen, aber er konnte seine Herrschaft weder in einer ausgedehnten Zone ausführen, noch einen Plan entwerfen, und sein ganzer Machtwille und seine ganze Tüchtigkeit beschränkten sich auf kleine Sachen. Hurtado verglich ihn mit diesen aktiven Insekten, die sich mit einer unerschütterlichen und unnützen Entschlossenheit im Kreise drehen. Eine seiner gottgewollten Ideen war, zu denken, dass es in Madrid viele Laster und sittlichen Verfall gab. Die Bestechlichkeit der Politiker, die Zerbrechlichkeit der Frauen, alles was Nachgeben bedeuten würde, gefiel ihm; dass sich eine Schauspielerin, um eine Rolle spielen zu können, mit einem alten und ekelhaften Intendanten verstand, dass eine Frau, die ehrenhaft zu sein schien, in ein Bordell ging, entzückte ihn. Diese Allmacht des Geldes, unsympathisch für einen Mann mit rücksichtsvollen Gefühlen, erschien Aracil etwas Hohes, Bewundernswertes, wie ein natürliches Sühneopfer an die Macht des Goldes. Julio war ein wahrer Phönizier, stammte aus Mallorca und hatte wahrscheinlich semitisches Blut in sich. Wenn das Blut fehlte, so waren wenigstens die Veranlagungen der Rasse vollständig. Er träumte davon, in den Orient zu reisen und beteuerte immer wieder, dass er als erstes Ägypten und Kleinasien besuchen würde, wenn er Geld hätte. Doktor Iturrioz, Andrés Hurtados leiblicher Onkel, bestätigte, wahrscheinlich auf eine eigenmächtige Art, dass es in Spanien von einem moralischen Gesichtspunkt aus zwei Typen gibt: Der iberische und der semitische Typ. Dem iberischen Typen sprach der Doktor die starken und kriegerischen Qualitäten der Rasse zu, dem semitischen die gierigen Tendenzen der Machenschaften und des Handels. Seine Vorfahren sollen Sklavevhändler in irgendeinem Dorf am Mittelmeer gewesen sein. Julio beunruhigte alles, was gewalttätig und radikal war: Der Patriotismus, der Krieg, der politische oder soziale Enthusiasmus; ihm gefielen der Prunk, der Reichtum, die Juwelen, und da er kein Geld hatte, sich echte zu kaufen, trug er unechte und beinahe gefiel ihm das Gefälschte besser als das Echte. Er mass dem Geld so viel Wichtigkeit bei, vor allem dem gewonnenen Geld, dass ihm die Feststellung, wie schwierig es war, es zu erreichen, gefiel. Da es sein Gott, sein Idol war, würde es ihm schlecht erscheinen, wenn man es zu leicht bekommen könnte. Ein Paradies, das man ohne Anstrengung erreicht, begeistert den Gläubigen nicht; wenigstens die Hälfte des Erfolges zur Ehre liegt in seinen Händen, und für Julio machte die Schwierigkeit, zu Geld zu kommen, einen seiner grössten Zauber aus. Eine andere von Aracils Bedingungen war, sich den Umständen anzupassen, für ihn gab es keine unangenehmen Sachen; wenn er es für angebracht hielt, akzeptierte er alles. Mit seinem vorausschauenden Sinn der Geschäftigkeit kalkulierte er die Anzahl der erhältlichen Vergnügen für einen Geldbetrag. Das war eine seiner grössten Sorgen. Er betrachtete das Gut der Erde mit den Augen eines jüdischen Schätzers. Wenn er überzeugt war, dass er eine Sache von dreissig Centimos für zwanzig gekaufte hatte, fühlte er einen wahrhaftigen Ärger. Julio las französische Romane von durchschnittlich naturalistischen, mittelmässig galanten Autoren; diese Verhältnisse des luxuriösen und lasterhaften Pariserlebens begeisterten ihn. Da die Klassifikation von Iturrioz sicher war, hatte auch Montaner mehr des semitischen Typs als des iberischen. Er war ein Feind des Gewalttätigen und Radikalen, Faulen, Ruhigen, Bequemen. Er war von sanftem Charakter und man begann, ihn mit gewisser Schärfe und Kraft zu behandeln, was nicht mehr war als der Abglanz der Umgebung seiner Familie, bestehend aus dem Vater und der Mutter und verschiedenen ledigen Schwestern von hartem und mürrischem Charakter.
Als Andrés Montaner endlich gründlicher kennenlerte, wurde er sein Freund. Die drei Kameraden beendeten den Kurs. Aracil ging, wie er es jedes Jahr machte, ins Dorf, wo seine Familie war, und Montaner und Hurtado blieben in Madrid. Der Sommer war stickig schwül, nachts, nach dem Nachtessen ging Montaner zu Hurtado nach Hause und die zwei Freunde spazierten durch die Castellana und durch den Prado, was zu jener Zeit bedeutete, dass es sich um einen langweiligen, staubigen und flauen Provinzspaziergang handelte.
Ein Freund gab Montaner am Ende des Sommers einen Eintritt für die Jardines del Buen Retiro. Die Zwei waren jede Nacht dort. Sie hörten alte Opern singen, die durch die Schreie der Leute, die im Wagen einer Achterbahn waren, die den Garten kreuzte, unterbrochen wurden. Sie folgten den Mädchen und am Schluss setzten sie sich und tranken an irgendeinem Stand des Prados eine Mandelmilch oder eine Limonade. Montaner wie Andrés sprachen fast immer schlecht über Julio; sie waren sich einig. Sie hielten ihn für egoistisch, bedeutungslos, knausrig und unfähig, etwas für andere zu tun. Trotzdem trafen sich die Zwei immer mit ihm, wenn er nach Madrid kam.