Capítulo sexto

Del donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero hicieron en la librería de nuestro ingenioso hidalgo

Después haber metido a Don Quijote en la cama, Pedro Alonso se fue a informar al cura y al barbero del pueblo, sabiendo que estos dos eran los que más trato tenían con él y les contó lo que había ocurrido. Que el señor Quesada se creía caballero andante, que todo el tiempo hablaba consigo mismo, que molestaba a la gente y que parecía haberse vuelto loco de remate.

El cura y el barbero, que ya se habían dado cuenta de la desaparición de su vecino, acudieron a la casa de éste, pues eran buena gente; y a pesar de que su vecino les parecía un poco raro, lo apreciaban mucho y estaban contentos de que no le hubiera pasado nada y de que estuviera, al menos en cuanto al cuerpo se refiere, en buen estado.
Fácil era adivinar la causa de su locura, o mejor dicho evidenciar la relación que existía entra la locura de Don Quijote y la biblioteca abundante que éste tenía de libros de caballería.

Te advertimos, lector mío, que tan poco flexible tienes la mollera, que hemos dicho relación y no causa. Que debía de haber una relación entre estos libros y la locura de Don Quijote era obvio, esto tú lo comprendiste de inmediato cuando por primera vez oíste de sus hazañas que te divirtieron tanto como te divierte mirar a dos borrachos dándose golpes y que empiezan a mentar a la madre el uno al otro. Te gustó porque te gustan las comidas y bebidas fuertes y tu paladar, poco entrenado está para la cocina más refinada y los vinos más exquisitos, por eso estás aquí.
Pero alguna gente habrá; de esto yo, Miguel de Cervantes Saavedra, apogeo del ingenio español, estoy muy seguro, que bajo sus carcajadas escondan la vergüenza, que sienten al constatar que no se distinguen tanto del Quijote. Esa gente sabe que muy a menudo, andando detrás de su burro y dándole de vez en cuando un golpe con un palo para que siga el camino a casa, o sentado encima de su carro cargado de heno para las vacas, más de una vez, se han perdido en sus fantasías. No digo yo que las de ellos hayan sido fantasías tan complejas, detalladas, esmeradas y con tantas filigranas como las de Don Quijote. Habrán sido cosas más concretas, más nutridas de la realidad, como por ejemplo la fantasía de que un rayo derrumba la casa del vecino, quién posee más vacas que tú o Jimenez o la de desear que esa gitana bellísima te haga caso y que se enternezca al oírte tocar la guitarra.
Confiésalo, confiésamelo a mí, sólo a mí, porque aquí solo estamos tú y yo. Nadie nos oye y yo soy Miguel de Cervantes Saavedra, a mí no me sorprende nada, yo lo he visto todo. He visto corazones extenderse hasta las estrellas y otros contraerse hasta tener el tamaño de una pulga. Yo sé que las hazañas de Don Quijote no te atraen solamente porque son bebida fuerte, que esto sólo lo es en parte. Te atraen porque tú sabes y lo sabes de manera muy rara - lo sabes sin que esta idea se haya jamás presentado de manera clara en tu mente, se puede decir que son tus intestinos quienes lo saben- , que tú también tienes algo de quijotesco, palabra que se introducirá en nuestra hermosa lengua por contener más verdad que todas los libros de Amadis de Gaula y toda la historia del Cid Campeador.
Por tus fantasías, tus sueños, tus locuras yo, Miguel de Cervantes Saavedra, habiendo trotado por el mundo, podría decirte quién eres. ¡Estúpido!
¡Qué va! - dirás. Yo soy alcalde de Vega de Torres, o el carpintero Rodríguez, yo soy el juez del pueblo o el tabernero. Dirás que tienes 15 vacas, 200 olivos y 50 ovejas y que pareces hombre sólido y contento con tu cara señorial y tu gran barriga. ¿Y con esto quieres engañarme a mí, a mí, a Miguel de Cervantes Saavedra? A mí, que he visto duques palidecer cuando las flechas de los turcos caían; a mí, que he visto marqueses llorar cuando la espada del enemigo pasaba por su cabeza y a labradores seguir luchando con el brazo que les quedaba después de haber perdido la otra mano hecha pedazos por una bala. Todo esto que mencionas no es nada. Tú no eres esto. Lo que se ve de tu persona es un esclavo de la realidad. Simple rueda de dientes eres. Todo tu ser al servicio de la realidad. A ella te adaptas, a ella obedeces. Y esto, para que no te castigue, lo haces con tanta diligencia que ya quieres lo que ella quiere. A mí, Miguel de Cervantes Saavedra, apogeo del ingenio español, todo esto no me interesa. Son tus fantasías las que me interesan, porque ahí estás y eres libre, ahí eres el hombre que serías si no fueras esclavo de la realidad.

Creédmelo, son los sueños
los que nos enseñan quienes somos.

Esto lo comprenderás después de que yo te lo haya explicado, porque tus intestinos siempre lo han sabido. Tú comprendes la diferencia entre una persona que sueña con apoderarse de la tierra de su vecino, que quiere hacerse famosa por su riqueza y otra, que quiere que las generaciones futuras hablen de los entuertos enderezados, de los malvados que echó a tierra, haciéndoles reptar en el polvo antes de que su espada hiciera justicia. Tú sólo sabes todo esto, porque tus sueños y locuras no se las cuentas a nadie y sobre todo no se las cuentas a los otros esclavos de la realidad, tus semejantes. Ésta es la razón por la cual tan atentamente sigues las hazañas de Don Quijote, la misma razón por la que toda España habla de él y que hará que las generaciones futuras hablen de él. Se hablará de él hasta que las locuras formen un ejército de caballeros locos, hasta que la realidad no sea ya un pedazo de barro que en vez de estar al servicio del alfarero lo esclavice. Se hablará de él como de un sueño apenas percibido, hasta que la realidad con la misma facilidad e igual pureza revele todas las posibilidades, cuando sea igual de ágil y ligero que la locura y haya sido liberado de la fuerza de gravitación que con su fuerza nos atrae hacia abajo, cuando disponga de las mismas posibilidades que la locura misma. Quiere decirse: ¡¡siempre!!

Hemos dicho, o mejor, hemos insinuado, que lo que distingue a Don Quijote de alguien como tú es la grandeza de sus fantasía; esta fantasia era, como hemos podido ver, una estructura bastante afiligranada, compleja, adornada con toda la clase de joyas que la inteligencia había almacenado para él, extrayéndolas de los libros de caballería que se encontraban en las estanterías de la vivienda de Don Quijote.

El cura y el barbero lo veían de otro modo. En vez de ver solamente una relación entre la locura y los libros, consideraron que los libros eran la causa de dicha locura. Un punto de vista completamente erróneo, como acabamos de ver, pero fatal para el resto de la historia.
Creyendo que los libros eran la causa de la enfermedad supusieron, simplones como eran ellos, que se podría curar la enfermedad matando la causa que la produjo; así que decidieron quemar todos los libros que en la biblioteca de su vecino Quesada había.

Los libros que se encontraban en la biblioteca habían prestado poca atención a la vuelta de su amo, por un instante dejaron sus charlas y un gracioso de entre ellos dijo:

- ¡Ah, éste se ha vuelto loco!

Porque no les interesaba lo más mínimo si el loco éste, daba vueltas por la Mancha, estaba en la cama o se emborrachaba en la taberna. Lo único que les molestaba de verdad era su presencia en la biblioteca y realmente sufrían cuando se sentaba en su sillón y comenzaba a leer. Para ser más precisos diremos, que algunos se sentían molestos y otros no. Los libros de caballería no se sentían molestos, porque fueron fabricados para este tipo de personas, mas los otros, se sentían francamente humillados por caer en manos de tal idiota. Sus sentimientos se podrían comparar con los sentimientos que siente una hermosa, distinguida y culta mujer que hubiera soñado casarse con un rey poeta y ahora estuviera condenada a vivir con un esposo que no era ni rey ni poeta, sino alguien anónimo y para nada romántico.
No obstante, no era un problema real, porque hacía tiempo ya que Don Quijote los dejaba en paz, leyendo casi únicamente libros de caballería. Los otros libros habían vivido antes de llegar a este pueblo perdido de la Mancha, por razones que desconocemos por completo, en sitios muy distinguidos: venían de la biblioteca de París, la misma en la que Tomás de Aquino había escrito sus obras maestras, o de un monasterio en Italia, donde un día fueron consultados por Dante Alighieri, experiencia inolvidable cuyo recuerdo les hacía estremecerse cada vez que lo recordaban. Algunos incluso, habían vivido en la biblioteca del rey Barbarosa, donde no eran muy felices que digamos, ya que siempre tenían la impresión de que servían solo de adorno como uno cualquiera de los muebles que allí se encontraban.
En general, tenían muy poco en común, si bien una cosa los caracterizaba a todos menos a los libros de caballería: eran de una arrogancia tal, que superaba a la de cualquier hidalgo que jamás en España hubiese vivido. Los más arrogantes y a la vez los más ínsípidos, eran los que versaban sobre Filología, Filosofía o Teología. Estos libros no tenían ni puta idea de la vida, no aportaban ningún rédito a sus dueños y no les enseñaron nada que pudiese serles útil. Es más, se imprimían con el dinero ganado gracias al contenido de los otros que eran libros sobre Agricultura, libros que explicaban cómo construir una casa o cómo regar la tierra y demás cosas útiles para una vida basada en la realidad. En definitiva, al igual que los hidalgos, marqueses y duques, eran parásitos y tan arrogantes como éstos. A menudo discutían entre sí sobre problemas completamente irrelevantes como si se tratara de problemas importantes, cuya solución fuese a hacer avanzar a la Humanidad.
Y de estos problemas no hablaban sólo de vez en cuando, en un momento de ocio, cuando no se podía hacer otra cosa. ¡No, qué va! De estas puerilidades hablaban todo el día y con un fervor, un entusiasmo, una pasión que se hubiese podido creer que estaban más locos todavía que el mismísimo Don Quijote.
Había un libro que se llamaba Metafísica, escrito por un cierto Aristóteles que reprochaba a Tomás de Aquino haberlo interpretado mal y afirmaba que eso de que el alma es eterna porque proviene directamente de Dios, era una chorrada. A lo que este último respondió, rojo de rabia, que más valía que se callara porque el único Dios que conocía él era Zeus, que era un sinvergüenza porque hacía el amor con cualquiera, incluso con alguien con forma de toro, lo que sin duda era una perversidad. Al oír estas afirmaciones, apareció Dante Alighieri, que alegó que en cuanto se refiere al alma más razón tenía Platón, aunque él en la Divina Comedia había escrito lo contrario. Al oír la voz de Dante, Petrarca dijo lo que siempre quiso haberle dicho a este señor que le fastidiaba tanto.

- Mira, Dante - le dijo - yo te tomé como ejemplo y como tú nunca hablaste con Beatrice y nunca le diste un beso de verdad, yo nunca hablé con Laura. Yo también la adoré de lejos, lo que era muy práctico, porque de esta manera tenía una mujer que podía adorar y otra para divertirme. Hasta aquí no tuve problema alguno. Sin embargo, con eso de convertir a Beatrice en teología y volar con ella hacía el noveno cielo, te pasaste un poco de la raya. A mi Laura la dejé en la Tierra y esto de llevar a la Beatrice al cielo se me asemeja un poco al comportamiento de los caballeros andantes que quieren comprobar a toda costa la superioridad de su señora sobre la de otro.
Y de esta manera siguieron hablando de cosas completamente irrelevantes como si les fuera la vida en ello o si se tratara de problemas que deben resolverse al instante.

Cuando entraron el cura y el barbero los muy pillos dejaron de hablar. No estaban muy inquietos, porque nunca habrían sospechado que a alguien se le pudiese ocurrir la idea de quemarlos, pero sí curiosos por saber quién había entrado. Pero al oír la frase:
- ¡Hay que quemarlos todos!
El silencio se hizo realmente profundo.
Pasado un rato dijo un libro, que seguramente era un libro inglés, porque únicamente los ingleses disponen de ese humor especial:
- ¡Joder!, esto va en serio.
- ¿Quemar qué, a quién?
- ¿Quién está presente en esta sala aparte de nosotros?
- Nadie - se oyó que decía una voz temblorosa.
- ¿Nos quieren quemar a nosotros?
- No, a tu culo, idiota. Claro que a nosotros, no hay nadie aquí aparte de nosotros.
- Esto sí que es fuerte. ¿Y por qué?
- ¿Nunca observaste la cara del loco ése al leer los libros de caballería?
- No, tenía a mi lado una poetisa griega de una isla llamada Lesbos quien me narraba historias, te digo,¡¡¡ historias, historias...!!! caramba, como para olvidarse de todo lo que pasaba alrededor.
- Pues yo también le noté algo raro, pero no sabía realmente qué pensar - dijo otro.
- Se ha vuelto loco - añadió uno que se llamaba Oedipus y sabía de estas cosas.
- ¿Se ha vuelto loco?, ¿ que significa eso? - preguntó otro.

- Pues se llama locos a la gente que cree que todo lo que está en los libros es real.

- ¿Qué? ¿Quieres decir que todos los que estudian mis libros son unos locos?, gritó Tomás de Aquino con una voz atronadora como la de Moisés cuando al bajar del monte Sinaí vió a su pueblo bailando alrededor del ídolo.

- ¿Locos los que leen tus libros? Qué va, para volverse loco tiene que haber algo que pueda volverse loco - respondió un libro que se llamaba Albertus Magnus y que, como fácil es de imaginar, era otro teólogo.

- ¿Qué quieres decir con eso? - le espetó Tomás de Aquino.

- Parece que tienes más discernimiento cuando escribes en latín - agregó el otro.

- Chicos, chicos, chicos, siempre andáis con las mismas dicusiones desde hace trescientos años.

- ¿Así que nos queman a nosotros porque se ha vuelto loco este señor? ¿Que tenemos que ver nosotros con toda esta historia?

- Eso es lo que yo me pregunto también. Me tomó una vez en la mano, me abrió, no entendía nada y me cerró. - dijo un tomo que llevaba como título Trigonometría.

- Me imagino que no pueden distinguir entre los libros de caballería y nosotros.

- Esto son cosas que suelen suceder, hay teólogos que por ejemplo creen que todos los judíos han matado al señor Jesucristo, lo que es una pamplina, porque pocos judíos conozco yo que tengan 1540 años. La mayoría son demasiado jovencitos para haber podido siquiera pensar en matarlo.

Muy colérico se puso entonces Dante, que en su obra maestra justificó la destrucción de Jerusalén por Vespasiano. Pero solo podía aducir un "pero esto no tiene nada que ver...", porque la mayoría de los libros, habiendo vivido en ciudades grandes y habiendo vivido en el mismo estante que libros árabes, judíos, greco-latinos, etc… eran mucho más tolernantes o mejor dicho, habiendo hecho amistades con libros de todo tipo, no juzgaron de manera tan abstracta.
- Ay Dantecillo, Dantecillo, pues así lo llamaban - dijeron. ¿Sabes que tú estás igual de loco que este señor Quesada? y tu locura se asemeja mucho a la suya ¿ lo sabes? Hay dentro de tu sistema loco, contradicciones locas que tiene que resolverse con astucias locas. Es lo mismo que esa locura a la cual tuvo que recurrir el queso ése al no encontrar caballero que le armara caballero andante.
- Joder, estáis muy bien enterados de la locura del amo de la casa. ¿Eso a qué se debe?- preguntó el libro que se sentía atraído por la poetisa de Lesbos.
- Es que no somos tan mujeriegos como tú. Tratamos de estar al tanto de lo que ocurre y no nos pasamos el día mirando todas las faldas que pasan por delante.
- ¿Y eso qué significa?
- Primero, que tú estas un poco obsesionado y segundo, que acabó de salir publicado un libro de un cierto Cervantes, que explica todo muy bien y de manera comprensible. Es el estudio más detallado que jamás fue hecho de su locura.
- Vaya, ¿tan famoso es ese idiota quesoso que ya se escribe libros sobre él?
- Si, la tinta corre en abundancia. Tema también para filólogos, porque éstos cuanto más estudian un problema, más problemas encuentran; y todo problema genera otro, así que siempre hay trabajo y algo para estudiar.
- ¿Y sólo ese Cervantes trata el tema de la locura?
- Sí, parece que tiene más intuición que los otros, porque es esto lo que fascina a la gente. Y para vender un libro hace falta que éste trate de cosas que a la gente les interese.
- ¿Y en el libro de este señor se explica por qué se ha vuelto loco nuestro queso?
- Bueno, sí, más o menos. Dice que la realidad es tan loca como la locura misma.
- ¿Es tu interpretación o es lo que realmente dice?
- Bueno, dice muchas cosas más; y entre otras, ésta. Cantidad de frases raras, como que todos somos esclavos de la realidad y que sólo siendo loco, uno es libre o que la locura nos revela todas las posibilidades que hay y que no debe haber diferencia alguna entre locura y realidad, que en la realidad la belleza apenas la vislumbramos porque el barro de la realidad no sirve para mostrar la belleza . Y cosas así.
- ¡Ah! ¿Y está muy bien explicado todo?
- Vaya hombre, ¿qué quieres que te diga? Es un libro filosófico y filológico, lo puedes leer durante horas y tener la impresión de que aprendiste algo; pero cuando lo cierras, no te acuerdas de absolutamente nada. En realidad, todos los libros de este tipo son así, en cambio éste me pareció más claro que los otros. De todas maneras lo encontré más divertido que la flatulencia mental de nuestro colega Tomás.
Ahí, todos los otros libros tuvieron que intervenir, tanto para impedir a Tomás de Aquíno que matara a este libro, que era bastante delgado en comparación con aquél, como para tranquilizarlo, porque estuvo a punto de morir de un infarto de miocardio.

- Pues no sé - dijo otro libro de color rosa cuando la tormenta hubo pasado - Es que todo esto de que la locura tiene que convertirse en realidad y de que la realidad es una locura, me parece un poco exagerado. Madre mía habría podido leer estas cositas de caballería para pasar el rato, para soñar un poco; y qué más da, tal vez incluso, para imaginarse que los moros todavía estaban en Granada y que tenía que irse a la guerra. Después habría podido dar un paseo y disfrutar del sol hasta que se le hubiesen bajado los humos. Tampoco es para tanto. Simplemente tendría que haber tenido un poco de sentido común y ya está.
- Vale, estoy de acuerdo - le respondió otro. Pero ¿no te has dado cuenta de que por aquí todos creen, que Adán y Eva fueron echados del paraíso por haber comido una manzana, porque después de haberla comido sabían lo que era bueno o malo? ¡Ésta sí que es una locura mayúscula! Así que aprendieron algo comiendo una manzana; o sea que la manzana se les subió a los sesos en vez de bajárseles al estómago. Y el castigo por cometer un pecado tan terrible fue, que después sabían discernir entre lo bueno y lo malo. Diría yo, que esto es algo que se debe saber; es más, se debía inculcar incluso a los niños. Y por este pecado mortal, que consistió en comer una manzana, 5.000 años más tarde, Dios manda a su Hijo a la Tierra encarnado en una Madre que no lo era, para que lo crucificasen, y así poder librar a toda la Humanidad del pecado “manzanario”. Vaya, si esto no es locura yo no sé lo que es locura o ¡¡que venga Dios y lo vea!! Trata de decirle a la gente de por ahí que está bien cuerda, que lean la Biblia ellos mismos, que sueñen un poco tras su lectura y que se imaginen, cuán dulcemente el Arcángel San Gabriel anunció a María que estaba embarazada; pero que después salgan al campo y tomen el sol hasta que se les pase el humo. Verás lo que te dicen. Estos caballeros andantes cristianos, incluso quemaron todos los libros y a todos aquéllos que decían que esta historia era un poco incongruente.

Ni Dante ni Tomás de Aquino dijeron nada. El último, porque ya no podía más. Al igual que Don Quijote después de haber caído del caballo y era incapaz de levantarse, Tomás sufría en silencio. El primero se quedó sentado ahí, la cejas fruncidas, los ojos apuntando hacia un punto muy lejano del horizonte, reflexionando sobre los siete pecados capitales, y se dio cuenta por primera vez, de que había un octavo pecado capital, más grave que los otros: Leer. Si bien, lo que más le hizo sufrir fue el hecho de que este entuerto ya no lo podía enderezar. La Divina Comedia había sido terminada hacía ya doscientos años y no podía añadir un círculo más en el infierno donde este nuevo pecado mortal pudiera ser castigado.

No se puede decir, que a los libros les interesara demasiado esto de ser loco o no estarlo, pues había tantas cosas por estudiar y la ciencia, ¡podía seguir tantos caminos!...que para ellos era un tema menor. Pero habiendo conocido que esto de la locura era un tema que preocupaba ya a España entera, que cantidad de eruditos, y no sólo los filólogos y los filósofos que normalmente estudian cosas completamente irrelevantes sino que gente como Cervantes, o sea gente seria, también se ocupaba de este tema , entonces comenzó a interesarles.
- A mí también me ha parecido de vez en cuando, que la razón se asemeja bastante a la locura.
- ¿Quién te sacó a ti a la luz? ...a mí me parece que la razón es una locura... Madre mía, ¡¡qué estupidez!!. Eso suena como si hubieses oído la frase en alguna parte; y como la encontraste muy filosófica, ahora nos la repites como un papagayo. Si realmente la comprendieras, serías capaz de darnos un ejemplo, o si no mejor, ejemplos, en plural, de añadir más argumentos, de poner un poco más de carne en el asador.
- Bueno, te daré un ejemplo, aunque en la comunidad científica no se suele dar ejemplos. El estudioso, si lo es realmente, debe encontrarlos él mismo y si ha comprendido algo, los encontrará. Un poco tonto eres tú ¿eh? Pero para que veas que no me escabullo, aquí tienes un ejemplo. Durante los siglos XIV y XV cuando, quizá no sepas, tantas mujeres fueron quemadas reprochándoseles que eran brujas, se escribieron un montón de libros que explicaban con un raciocinio muy contundente, que en el mundo había muchas mujeres que eran brujas y hasta se describió, igualmente de manera sistemática, transparente y clara el procedimiento a seguir para saber si una mujer era bruja o no.
- ¿Por qué me pones ese ejemplo? Disculpa mi torpeza, mas no veo el paralelismo.
- Pues hombre, ¿a ti te parece normal que se quemen mujeres reprochándoles ser brujas? Imagínate que hoy en día alguien se pone en la Plaza Mayor de Madrid gritando que tal mujer es una bruja. ¿No crees que lo tomarían por loco? Lo que hoy en día es una locura, era locura también doscientos años antes.
- Si, pero diría yo que estos libros no eran razonables, la razón nunca es una locura.
- Ahora que estáis hablando de esto, me acuerdo de una frase, que leí no sé dónde: “El sueño de la razón produce monstruos."
- Ay chicos, vosotros estáis mezclándolo todo, ¿qué tiene que ver esto con el resto?
- Si no lo intuyes, no lo comprendes - dijo de repente e inesperadamente un libro que se llamaba “Poesía.”

- ¡Ah!, nuestro poeta, claro, ¿quién si no?. Nada de razón, ¿verdad? La poesía es un beso de las musas que directamente del cielo viene; y la razón, con su racionalidad, no hace más que enturbiar los sentimientos puros. Poeta mío, ¡métete tus musas por el trasero!
- Madre mía, quizá se pueda formular la frase de otra manera. “Si no lo intuyes, no lo comprendes”, se podría perfectamente sustituir por “eres más tonto que un mendrugo de pan”. Si preguntas a Don Quijote, a nuestro colega Tomás de Aquino o a los autores de los libros sobre brujas, te van a responder todos lo mismo: que lo que cuentan, es razonable, que es el fruto de la razón aunque sus ideas sean una chorrada, una locura, o un monstruo. Tú siempre te quedas muy apegado a las palabras, a los nombres que se da a las cosas, por lo que veo. No hablaría de intuición o intuir, mas es obvio que algunas cosas se entienden mejor si no se toman en sentido literal; y la frase” el sueño de la razón produce monstruos” describe bien la cosa.

- El sueño de la razón produce monstruos. No sé, no sé. Yo no le veo ningún sentido a esta frase.

- ¡Puf!, se te nota mucho el filólogo que eres, ¿sabes?. Te explico: si alguien tiene el deseo (condición de la frase condicional tipo uno) de explicárselo todo de manera racional (de manera sistemática, para ti) entonces corre el riesgo, de que el resultado sea una locura. Ahora con un ejemplo: si crees que el amor emana directamente de Dios y que el amor por una mujer es la emanación del amor divino, entonces tendrás que inventar un monstruo para justificar el hecho y describir las circunstancias por las cuales es permitido que el amor a una mujer sea mucho menos divino. El sistema, raciocinio, razón, crea en este caso un monstruo. ¿Lo captas ahora?

- Sí, ¿pero entonces la frase “el sueño de la razón crea monstruos” está mal expresada?
- Madre mía, ¿y por qué?

- Porque puede comprenderse de dos formas distintas. Puede significar bien que el sueño de la razón, o sea el hecho de que la razón duerma, que esté ausente, crea monstruos o bien que el deseo, el sueño de que la razón reine, crea monstruos. Y yo creo que la frase significa que la ausencia de la razón crea monstruos.

- Yo creo - dijo el poeta - que las palabras crean monstruos.

Y así discutían los libros y no prestaban atención alguna al cura ni al barbero. Si se les iba quemar o no, les importaba bien poco. Además, si entendemos por vida todo aquello que puede propagarse, el libro propiamente dicho, o sea ese cúmulo de papel, no había vivido nunca y por lo tanto tampoco podía morir. Para vivir, o sea para existir, el libro utiliza el cerebro humano; lo que le permite, si fuerza vital tiene, propagarse tanto en el presente como en el futuro. En tanto que los libros que no logran instalarse en un cerebro humano, como por ejemplo todos los libros de Filología, ya están muertos y no tiene ninguna importancia si se les quema o no.

Para nosotros, que conocemos los detalles de la historia y que hemos asistido a las discretas discusiones que tenían los libros, está bien claro que los libros no eran los culpables del asunto, todo lo contrario. Incluso si convenimos que un par de ellos eran libros locos, que habrían podido enloquecer a cualquier mente débil, como por ejemplo los libros de Caballería o los de Teología, los demás, en su mayoría eran obras de gente sana y razonable entre las cuales, incluso había poetas, que siempre resultan ser buenos antídotos contra la locura, porque no construyen sino que destruyen todo raciocinio y por lo tanto, cualquier tipo de locura.
Bueno, bien es verdad que, por lo que respecta a analizar el problema de fondo, como hemos visto, no lograban ponerse de acuerdo, ya que este fenómeno era novedoso. Dicho de otra manera, locos siempre había habido muchos, pero se les llamaba filósofos, filólogos, teólogos, etc… . No obstante, el caso de Don Quijote era un poco excepcional en la medida en que era un loco muy minoritario y únicamente a los locos minoritarios se les considera locos. Sea como fuere, para el cura y el barbero daba lo mismo. Si había solamente una relación entre la locura de Don Quijote y los libros o si estos últimos eran la causa, les daba exactamente igual.

Causa o relación, para ellos era lo mismo y a la hoguera los mandaron a todos.

Importaba bien poco, como hemos visto, a los libros; y no resolvió, como vamos a ver, ningún problema, mas ¡¡qué bello fuego eran!!.

 

Sechstes chapter

Das von der gründlichen und großen Untersuchung handelt, die der Pfarrer und der Barbier in den Büchern unseres Hidalgos durchführten

Nachdem er Don Quijote ins Bett gebracht hatte, benachrichtigte Pedro Alonso den Pfarrer und den Barbier des Dorfes, da er wusste, dass diese beiden den meisten Umgang mit ihm hatten und erzählte ihnen, was vorgefallen war. Dass Herr Quesada meinte, ein fahrender Ritter zu sein, dass er die ganze Zeit mit sich selber sprach, dass er die Leute belästigte und dass es schien, als sei er vollkommen verrückt geworden.

Der Pfarrer und der Barbier, die das Verschwinden ihres Nachbarn schon bemerkt hatten, liefen zu seinem Haus, denn es waren anständige Leute und obwohl ihr Nachbar ihnen merkwürdig erschien, schätzten sie ihn sehr und waren glücklich, dass ihm nichts zugestoßen war, und dass er, zumindest was seinen Körper anging, wohlbehalten war.
Der Grund seiner Verrücktheit war leicht zu erraten, oder besser gesagt, es war leicht, eine Beziehung herzustellen, zwischen der Verrücktheit von Don Quijote und der mit Ritterbüchern gut ausgestatten Bibliothek desselben.

Wir machen dich, mein lieber Leser, dessen Hirn so wenig flexibel ist, darauf aufmerksam, dass wir von einer Beziehung sprachen und nicht von einer Ursache. Dass eine Beziehung zwischen diesen Büchern und der Verrücktheit von Don Quijote besteht, war offensichtlich, das hast du ohne weiteres verstanden, als du zum ersten Mal von den Heldentaten gehört hast, die dich so amüsierten, wie der Anblick von zwei Besoffenen, die sich prügeln und sich gegenseitig beleidigen. Sie haben dir gefallen, weil dir kräftige Speisen und Getränke gefallen und dein Gaumen an feinere Nahrung und exquisitere Weine nicht gewöhnt ist. Deswegen bist du hier.
Doch es wird auch Leute geben, dessen bin ich, Miguel de Cervantes Saavedra, Gipfel des spanischen Geistes, sicher, die mit ihrem Gelächter über die Scham hinwegtäuschen wollen, die sie fühlen, wenn sie merken, dass sie sich von Don Quijote gar nicht so sehr unterscheiden. Diese Leute wissen, dass sie sich oft, während sie hinter ihrem Esel hertrabten und ihm von Zeit zu Zeit einen Schlag mit einem Stock gaben, damit er nach Hause läuft, während sie auf ihrem mit Heu für die Kühe voll beladenen Karren sitzen, in ihren Phantasien verloren haben. Ich sage nicht, dass es sich hierbei um so komplexe, detaillierte, ausgefeilte und filigrane Phantasien handle wie die des Don Quijote. Es werden wohl konkretere Dinge gewesen sein, sich mehr aus der Realität speisend, wie zum Beispiel die Phantasie, ein Blitz möge das Haus des Nachbarn, der mehr Kühe besitzt als du oder Jimenez, niederreißen, oder die Phantasie, dass die wunderschöne Zigeunerin dein Werben erwidert und ihr Herz gerührt wird, wenn sie deinem Gitarrenspiel zuhört.
Beichte es, beichte es mir, nur mir, denn hier sind nur ich und du. Niemand hört uns und ich bin Miguel de Cervantes Saavedra, mich überrascht nichts, ich habe alles gesehen. Ich habe Herzen gesehen, die sich bis zu den Sternen ausdehnten und andere,die sich auf die Größe eines Flohs zusammenzogen. Ich weiß, dass dich die Heldentaten des Don Quijote nicht nur deswegen anziehen, weil sie ein starker Trunk sind, dass dies nur ein Grund ist. Sie locken dich an, weil du weißt und du weißt es auf eine ganz ungewöhnliche Art, du weißt es, ohne dass sich diese Vorstellung jemals klar in deinem Geist gezeigt hat, man könnte sagen, es sind deine Eingeweide, die es wissen, dass auch du etwas Quijoteskes, ein Wort, das Bestandteil unserer Sprache sein wird, weil es mehr Wahrheit enthält, als alle Bücher von Amadis de Gaula und die ganze Geschichte von Cid Campeador an sich haben.
Aufgrund deiner Phantasien, deiner Träume, deiner Verrücktheiten könnte ich, Miguel de Cervantes Saavedra, der die Welt bereist hat, dir sagen, wer du bist. Trottel!
Ach was!, wirst du sagen, ich bin der Bürgermeister von Vega de Torres, der Tischler Rodríguez, der Richter des Dorfes oder der Kneipenwirt. Du wirst sagen, dass du 15 Kühe hast, 200 Olivenbäume und 50 Schafe und dass du ein bodenständiger Mann bist, mit selbstzufriedenem Gesichtsausdruck und einer großen Wampe. Und damit willst du mich beeindrucken, mich, Miguel de Cervantes Saavedra? Mich, der Grafen hat erblassen sehen, als die Pfeile der Türken niederregneten, mich, der ich Herzöge habe weinen sehen, als die Schwerter des Feindes über ihre Köpfe sausten und Bauern, die mit der Hand, die ihnen verblieb, weiterkämpften, als die andere durch eine Kugel zerrissen worden war. Alles was du anführst, ist nichts. Das bist du nicht. Das was man an dir sieht, ist der Sklave der Realität. Ein einfaches Zahnrädchen bist du, dienst nur der Realität. Ihr passt du dich an, ihr gehorchst du. Du tust dies mit soviel Inbrunst, damit sie dich nicht bestraft, nun da du schon willst, was sie will. All das interessiert mich, Miguel de Cervantes Saavedra, Gipfel des spanischen Genies, überhaupt nicht. Es sind deine Phantasien, die mich interessieren, denn nur da bist du frei, da bist du der, der du wärst, wenn du nicht ein Sklave der Realität wärest.

Wahrlich des Menschen wahrster Wahn
wird ihm im Traume aufgetan.

Das wirst du verstehen, nachdem ich es dir erklärt habe, denn deine Eingeweide wussten es schon immer. Du verstehst den Unterschied zwischen jemandem, der sich des Landes seines Nachbarn bemächtigen will, der durch seinen Reichtum berühmt werden will und demjenigen, der sich wünscht, dass zukünftige Generationen von dem Unrecht sprechen, das durch ihn gerächt wurde, von den Ruchlosen, die er zu Boden warf, die er im Staub kriechen ließ, bevor sein Schwert Gerechtigkeit walten ließ. Nur du weißt das, denn deine Träume und Verrücktheiten erzählst du niemandem und vor allem nicht den anderen Sklaven der Realität, deinen Mitmenschen.
Das ist der Grund, warum du die Heldentaten des Don Quijote so aufmerksam verfolgst, derselbe Grund, warum ganz Spanien von ihm spricht und auch noch zukünftige Generationen von ihm sprechen werden. Man wird von ihm sprechen, bis die Verrücktheiten ein Heer von verrückten Rittern bilden, bis die Realität nicht mehr nur ein Stück Schlamm ist, welches, anstatt dem Töpfer zu dienen, ihn versklavt. Man wird von ihm solange wie von einem kaum wahrgenommenen Traum sprechen, bis die Realität mit derselben Leichtigkeit und Reinheit alle die Möglichkeiten offenbart, wenn sie, wie die Verrücktheit, gleich beweglich und leicht und von der Schwerkraft, die uns mit ihrer Kraft nach unten zieht, befreit ist, wenn sie dieselben Möglichkeiten besitzt, wie die Verrücktheit. Das heisst: Also immer!

Wir haben gesagt, oder, besser gesagt, haben es angedeutet, dass es die Größe der Phantasie ist, die Don Quijote von jemandem wie dir unterscheidet. Diese Phantasie war, wie wir haben sehen können, ein sehr filigranes, komplexes Gebilde, das mit allen Schmuckstücken geschmückt war, die die Intelligenz aus den Ritterbüchern der Bücherregale des Hauses von Don Quijote entnommen und für ihn gespeichert hatte.

Der Pfarrer und der Barbier sahen das anders. Anstatt zwischen der Verrücktheit und den Büchern nur eine Beziehung zu sehen, sahen sie in diesen den Grund des Wahnsinns. Eine völlig falsche Sicht der Dinge, wie wir gesehen haben, doch unheilvoll für den Rest dieser Geschichte.

Da sie glaubten, dass die Bücher die Ursache der Krankheit seien, nahmen sie an, einfältig wie sie waren, dass man diese Krankheit heilen könne, wenn man den Grund vernichtet, der sie hervorgebracht hatte. Deshalb beschlossen sie, alle Bücher, die sich in der Bibliothek ihres Nachbarn Quesada befanden, zu verbrennen.

Die Bücher, die sich in der Bibliothek befanden, hatten der Rückkehr ihres Herrn kaum Beachtung geschenkt, hatten kurz ihr Gespräch unterbrochen und ein Witzbold hatte gesagt:

„Ah, dieser ist verrückt geworden!“

Denn es interessiert sie überhaupt nicht, ob dieser Verrückte durch La Mancha ritt, im Bett war oder sich in der Kneipe volllaufen ließ. Das Einzige, was sie wirklich störte, war seine Anwesenheit in der Bibliothek und sie litten wirklich, wenn er sich in einen Sessel setzte und zu lesen begann. Um es genauer zu sagen, einige fühlten sich belästigt, andere nicht. Die Ritterbücher fühlten sich nicht belästigt, denn sie waren für Leute dieses Schlags gemacht, die anderen aber, fühlten sich dadurch, dass sie in die Hände eines solchen Idioten gefallen waren, richtig gedemütigt. Man konnte ihre Gefühle mit den Gefühlen vergleichen, die eine schöne, distinguierte, gebildete Frau fühlt, die davon geträumt hatte, mit einem dichtenden König verheiratet zu werden, und jetzt dazu verdammt wird, mit einem Gatten zu leben, der weder dichtete noch König war, sondern ein irgendwer ohne Sinn für Romantik.

Das war jedoch nicht ein wirkliches Problem, denn schon seit langem ließ Don Quijote sie in Ruhe, da er nur die Ritterbücher las. Die anderen Bücher hatten, bevor sie in diesem verlorenen Dorf in La Mancha landeten, aus Gründen, die wir nicht kennen, in vornehmen Häusern gewohnt: Sie kamen aus der Bibliothek von Paris, aus der gleichen, in der Thomas von Aquin seine Meisterwerke geschrieben hatte, oder aus einem Kloster in Italien, wo sie von Dante Alighieri konsultiert worden waren, ein unglaubliches Erlebnis, das sie erzittern ließ, wenn sie daran dachten. Manche hatten sogar in der Bibliothek des Königs Barbarossa gelebt, wo sie nicht glücklich waren, da sie immer den Eindruck hatten, dass sie dort nur Beiwerk wären, wie irgendein Möbelstück, das sich ebenfalls dort befand.

Im Allgemeinen hatten sie nur wenig gemeinsam, eine Eigenschaft hatte sie jedoch, von den Ritterbüchern mal abgesehen, alle gemeinsam: Ihre Arroganz überstieg die eines jeden Hidalgos, der jemals in Spanien gelebt hatte. Die Arrogantesten und gleichzeitig auch die Fadesten waren die Bücher über Philologie, Philosophie und Theologie. Diese Bücher hatten keinen Schimmer vom Leben, brachten ihren Besitzern keinen Gewinn und lehrten sie nichts, was irgendwie hätte nützlich sein können. Es kam noch hinzu, dass man sie mit dem Geld druckte, das man mit dem Inhalt der anderen, Bücher über Landwirtschaft, Bücher, die erklärten, wie man ein Haus baut oder den Boden bewässert, Dinge die nützlich sind für die Realität, verdient hatte. Wie die Hidalgos, Grafen und Herzöge waren sie Parasiten und so arrogant wie jene. Oft diskutierten sie über völlig irrelevante Probleme, als ob es sich um bedeutende Dinge handeln würde, deren Lösung die Menschheit voranbringen würde.

Über diese Probleme sprachen sie nicht nur manchmal, wenn sie nichts zu tun hatten. Nein, ganz und gar nicht! Über diese Kindereien sprachen sie den ganzen Tag, mit iner Inbrunst, einem Enthusiasmus, einer Leidenschaft, dass man hätte meinen können, sie seien noch verrückter als Don Quijote selbst.

Es gab da ein Buch, das sich Metaphysik nannte, geschrieben von einem gewissen Aristoteles, der Thomas von Aquin vorwarf, ihn falsch interpretiert zu haben und der behauptete, dass die Aussage, dass die Seele direkt von Gott käme, völliger Schwachsinn sei. Worauf dieser, rot vor Zorn, antwortete, dass er besser still sein möge, denn der einzige Gott, denn er gekannt habe, sei Zeus gewesen, dieser Schamlose, der mit jeder schlief, sogar mit einem Stier, was ohne Zweifel pervers sei. Als er dies hörte, erschien Dante Alighieri, der anführte, dass, was die Seele anging, Platon Recht hatte, obwohl er in seiner Divina Commedia das Gegenteil geschrieben hatte. Als er die Stimme Dantes hörte, sagte Petrarca ihm das, was er diesem Herrn, der ihn so sehr ärgerte, schon immer sagen wollte.

„Hör mal Dante,“ sagte er zu ihm, „ich nahm dich als Vorbild und da du nie mit Beatrice sprachst und ihr nie einen richtigen Kuss gabst, sprach ich auch nie mit Laura. Auch ich bewunderte sie aus der Ferne, was praktischer war, denn so hatte ich eine Frau, die ich bewundern konnte und eine andere, um mich zu vergnügen. Bis dahin hatte ich kein Problem damit. Aber als du Beatrice in das Symbol der Theologie verwandelt hast und mit ihr in den neunten Himmel geflogen bist, da hast du dann wirklich ein bisschen übertrieben. Ich liess meine Laura auf der Erde und Beatrice in den Himmel zu verpflanzen, das kommt mir vor, wie das Verhalten der fahrenden Ritter, die um jeden Preis die Überlegenheit ihrer Dame über alle anderen beweisen wollen.“

Und auf diese Weise redeten sie ohne Unterlass über völlig irrelevante Dinge, als ob Leben in ihnen wäre oder es sich um Probleme handelte, die man sofort lösen müsste.

Als der Pfarrer und der Barbier eintraten, schwiegen die Gewitzten. Sie waren nicht besonders beunruhigt, denn sie wären nie auf die Idee gekommen, dass jemand auf die Idee kommen könnte, sie zu verbrennen, aber sie waren neugierig, zu erfahren, wer hereingekommen war. Doch als sie den Satz hörten:“Man muss sie alle verbrennen!“, wurde es totenstill.

Nach einer Zeit sagte ein Buch, sicherlich ein englisches, den nur die Engländer besitzen diesen speziellen Humor:

„Verdammt! Es wird ernst.“
„Wen verbrennen, was?“
„Wer ist denn außer uns in diesem Raum anwesend?“
„Niemand -, sagte eine zitternde Stimme.“
„Sie wollen uns verbrennen?“
„Nein, deinen Arsch, Schwachkopf. Natürlich uns, außer uns ist niemand da.“
„Das ist ja allerhand. Und warum?“
„Hast du nie den Gesichtsausdruck von dem Durchgeknallten gesehen, wenn er die Ritterbücher las?“
„Nein, ich hatte eine griechische Dichterin von der Insel Lesbos an meiner Seite, die mir Geschichten erzählt hat, sag ich dir, Geschichten, Geschichten! Verdammt, da kann man glatt vergessen, was um einen herum passiert.“
„Also auch mir ist da etwas Komisches aufgefallen, aber ich wusste nicht, was ich davon halten sollte,“ sagte ein anderer.
„Der ist durchgeknallt,“ antwortete ein Buch, das Ödipus hieß und das sich mit solchen Dingen auskannte.
„Er ist durchgeknallt? Was soll das heißen,“ fragte ein anderes.
„Durchgeknallt sind all die, die glauben, dass das, was in den Büchern steht, wahr ist.“

„Was? Willst du sagen, dass all die, die meine Bücher lesen verrückt sind?“, schrie Thomas von Aquin mit einer Stimme, die dröhnte wie die von Moses, als er vom Berg Sinai herabstieg und sah, dass sein Volk um das goldene Kalb tanzte.

„Ob die, die deine Bücher lesen, verrückt sind? Ach was, um verrückt zu werden, muss was da sein, was verrückt werden kann,“ antwortete ein Buch, das Albertus Magnus hieß und das, wie man leicht erahnen kann, ein anderer Theologe war.

„Was willst du damit sagen?,“ erwiderte ihm Thomas von Aquin.
„Es scheint, dass du scharfsinniger bist, wenn du auf Latein schreibst,“ fügte der andere hinzu.
„Kinder, Kinder, Kinder, immer dieselben Geschichten seit dreihundert Jahren.“

„Sie verbrennen uns also, weil dieser Herr verrückt geworden ist? Was haben wir damit zu tun?“

„Das frag ich mich auch. Einmal nahm er mich in die Hand, öffnete mich, verstand nichts und schloss mich wieder,“ sagte ein Buch, das Trigonometrie hieß.
„Ich denke, sie können zwischen den Ritterbüchern und uns nicht unterscheiden.“
„So was passiert, es gibt zum Beispiel Theologen, die glauben, dass die Juden Jesus Christus umgebracht haben, was ein Blödsinn ist, denn ich kenne keine Juden, die 1540 Jahre alt sind. Die meisten sind zu jung, um auch nur daran denken zu können, ihn umzubringen.“

Das empörte Dante, der in seinem Meisterwerk die Zerstörung Jerusalems durch Vespasian gerechtfertigt hatte. Doch er brachte kaum ein "aber das hat damit nichts zu tun..." über die Lippen, denn die meisten Bücher hatten in großen Städten gewohnt, auf demselben Regal wie arabische, jüdische, griechisch-lateinische Bücher..., waren toleranter oder besser gesagt, da sie Freunde unter den unterschiedlichsten Büchern hatten, urteilten sie nicht auf eine so abstrakte Art und Weise.

„Mein kleiner, kleiner Dante“, so nannten sie ihn, „weißt du, dass du genau so durchgeknallt bist wie dieser Herr Quesada? Und deine Verrücktheit ähnelt jener ziemlich, weißt du das? Innerhalb deines verrückten Systems gibt es verrückte Widersprüche, die man mit einer verrückten List auflösen muss. Das ist das Gleiche wie die Verrücktheit, derer sich dieser Quesada Käse bedienen musste, als er keinen Ritter fand, der ihn zum fahrenden Ritter hätte schlagen können.“
„Wow, ihr seid ja über die Verrücktheit des Hausherrn gut im Bilde. Wie das?“, fragte das Buch, das sich von der Dichterin aus Lesbos so angezogen fühlte.
„Wir schauen halt nicht ständig allen Röcken, die vorbeilaufen, nach, so wie du. Wir versuchen, die aktuellen Ereignisse zu verfolgen und verbringen nicht den ganzen Tag damit, irgendwelchen Röcken hinterher zu schauen.“
„Und was soll das bedeuten?“
„Erstens, dass du ein bisschen besessen bist und zweitens, dass vor kurzem erst ein Buch von einem gewissen Cervantes herausgekommen ist, der das alles ganz gut und verständlich erklärt. Das ist die gründlichste Studie, die jemals über seine Verrücktheit gemacht wurde.“
„Wow! So berühmt ist dieser verkäste Verrückte, dass man jetzt schon Bücher über ihn schreibt?“
„Ja, die Tinte fließt in Strömen. Das ist auch ein Thema für Philologen, denn die finden, wenn sie ein Problem studieren, immer neue Probleme und diese generieren wieder neue, so dass es immer Arbeit und was zu studieren gibt.“
„Und nur dieser Cervantes behandelt das Thema Verrücktheit?“
„Ja, es scheint, dass er mehr Intuition als die anderen hat, denn das ist es, was die Leute fasziniert und um ein Buch zu verkaufen, muss man über etwas schreiben, was die Leute interessiert.“
„Und in dem Buch von diesem Herrn wird erklärt, warum unser Käse verrückt geworden ist?“
„Na ja, so mehr oder weniger. Er sagt, dass die Realität so verrückt ist, wie die Verrücktheit selbst.“
„Ist das deine Interpretation oder das, was er sagt?“
„Na ja, er erzählt viele Dinge mehr, unter anderem eben auch das. Sehr viele merkwürdiger Sätze, dass wir alle Sklaven der Realität seien, dass man nur frei sei, wenn man verrückt sei, oder dass uns die Verrücktheit die Möglichkeiten offenbare, die es gebe und dass es keinen Unterschied zwischen der Verrücktheit und der Realität geben dürfe, dass wir in der Realität kaum eine Schönheit erkennen, weil der Schlamm sich nicht dafür eignet, diese zu enthüllen. Also solche Dinge.“
„Ah! Und das ist alles gut erklärt?“
„Mann, was soll ich dir sagen? Das ist ein philologisch, philosophisches Buch, du kannst es stundenlang lesen und den Eindruck haben, dass du was lernst, aber wenn du es zumachst, erinnerst du dich an nichts mehr. Eigentlich sind alle diese Bücher so. Das allerdings erschien mir ein bisschen klarer als die anderen. Auf jeden Fall fand ich es lustiger, als die Hirnblähungen unseres Kollegen Thomas von Aquin.“

Hier mussten alle Bücher einschreiten, sowohl um Thomas von Aquin daran zu hindern, dieses Buch, das, im Vergleich zu ihm, ziemlich schlank war, umzubringen, wie auch um ihn zu beruhigen, denn er war kurz davor, an einem Herzinfarkt zu sterben.

„Also ich weiß ja nicht,“ sagte ein anderes, rosafarbenes Buch, als sich der Sturm gelegt hatte, „das ganze Gerede von der Verrücktheit, die Wirklichkeit werden muss, und dass die Wirklichkeit eine Verrücktheit ist, erscheint mir ein bisschen übertrieben. Mein Gott, er hätte diese Dinge doch gut lesen können, um sich die Zeit zu vertreiben, um ein bisschen zu träumen. Und was ist schon dabei, wenn er sich vorstellte, dass die Araber noch in Granada waren und er in den Krieg ziehen musste. Anschließend hätte er ja einen Spaziergang machen und die Sonne genießen können, bis er den Kopf wieder frei gehabt hätte. So spektakulär ist das alles ja nun nicht. Er hätte nur ein bisschen mehr gesunden Menschenverstand gebraucht und alles wäre ok gewesen.“
„Ok, einverstanden,“ antwortete ihm ein anderes. „Aber merkst du nicht, dass hier alle glauben, dass Adam und Eva aus dem Paradies geworfen wurden, weil sie einen Apfel gegessen hatten und dann wussten, was gut und böse ist? Das ist ein richtiger Blödsinn! Sie haben also etwas gelernt, indem sie einen Apfel aßen, also der Apfel ging ins Hirn und nicht in den Magen. Und die Strafe für ein so grauenhaftes Verbrechen war, dass sie danach wussten, was gut und böse ist. Ich würde sagen, das ist etwas, was man wissen sollte, das sollte man sogar den Kindern eintrichtern. Und wegen dieser Erbsünde schickte Gott fünftausend Jahre später seinen Sohn auf die Erde, der in einer Mutter Fleisch wurde, die dies nicht war, damit man ihm kreuzige und so die Menschheit von der Apfelsünde befreit werden könne. Also wenn das keine Verrücktheit ist, dann weiß ich nicht, was Verrücktheit ist, oder, Gott soll doch kommen und ihn anschauen. Versuch mal den vernünftigen Leuten hier zu erklären, dass sie die Bibel selber lesen sollen, dass sie nach der Lektüre ein bisschen träumen und sich vorstellen sollen, wie anmutig der Erzengel Gabriel Maria verkündet hat, dass sie schwanger ist, dann aber ins Freie gehen und sich ein bisschen sonnen sollen, bis das Gehirn wieder frei ist. Dann wirst du schon sehen, was sie dir sagen. Diese christlichen fahrenden Ritter haben sogar alle Bücher verbrannt, die behauptet haben, dass diese Geschichte etwas inkongruent sei.“

Weder Dante noch Thomas von Aquin sagten etwas. Letzterer, weil er nicht mehr konnte. Wie Don Quijote, nachdem er vom Pferd gefallen war, war er unfähig, sich zu erheben, Thomas litt schweigend. Der erste blieb dort sitzen, die Stirne gerunzelt, die Augen auf einen weit vom Horizont entfernten Punkt gerichtet und dachte über die sieben Todsünden nach und bemerkte zum ersten Mal, dass es eine achte Todsünde gab, die viel schlimmer wasr: Lesen. Was ihn aber am meisten schmerzte, war die Tatsache, dass er dieses Unrecht nicht mehr rächen konnte. Die Divina Commedia war seit zweihundert Jahren geschrieben und er konnte nun keinen Höllenkreis mehr hinzufügen, wo diese neue Todsünde bestraft werden könnte.

Man kann nicht sagen, dass die Bücher sich für das Thema Verrücktheit sonderlich interessieren würden, denn es gab so viele Dinge, die man studieren konnte und so viele Wege, die die Wissenschaft gehen konnte, dass es ihnen ein unbedeutendes Thema erschien. Da sie nun aber erfahren hatten, dass sich ganz Spanien mit diesem Thema befasste und viele Gelehrte, nicht nur Philologen und Philosophen,die normalerweise komplett irrelevante Sachen studieren, sondern auch ernsthafte Leute wie Cervantes, sich des Themas angenommen hatten, begannen auch sie sich dafür zu interessieren.

„Ich hab auch schon manchmal gedacht, dass der Verstand der Verrücktheit gleicht.“

„Wer hat dich denn das Licht der Welt erblicken lassen? ...dass der Verstand der Verrücktheit gleicht...Meine Güte, was für ein Schwachsinn! Das klingt, als ob du den Satz irgendwo gehört hättest und ihn nun, da er deiner Meinung nach philosophisch klingt, wiederholst wie ein Papagei. Wenn du ihn wirklich verstehen würdest, könntest du auch ein Beispiel geben, oder besser noch, im Plural, Beispiele, ein paar Argumente mehr anfügen, damit ein bisschen Fleisch an den Knochen kommt.“
„Nun gut, ich gebe dir ein Beispiel, obwohl das in der Wissenschaft ziemlich unüblich ist. Der Gelehrte, wenn er denn wirklich einer ist, kann solche Beispiele selber finden und wenn er die These verstanden hat, wird er auch welche finden. Du bist ein bisschen dämlich, was? Aber damit du siehst, dass ich mir Mühe gebe, hier hast du ein Beispiel. Im XIV und XV Jahrhundert, wurden, vielleicht weißt du das nicht, viele Frauen verbrannt, denen man vorwarf, Hexen zu sein. Man schrieb haufenweise Bücher, die scharfsinnig darlegten, dass es auf der Welt Hexen gibt und man beschrieb, ebenfalls sehr präzise, das Verfahren, das anzuwenden sei, wenn man herausfinden wollte, ob eine Frau eine Hexe war oder nicht.“
„Und was soll dieses Beispiel. Entschuldige mein Unvermögen, aber ich kann keine Parallele erkennen.“
„Mann, kommt dir das etwa normal vor, dass man Frauen verbrennt, weil man sie für Hexen hält? Stell dir mal vor, jemand stellt sich heute auf die Plaza Mayor in Madrid und schreit, dass diese oder jene Frau eine Hexe sei. Glaubst du nicht, dass man ihn für verrückt halten würde? Was heute eine Verrücktheit ist, war auch vor zweihundert Jahren eine Verrücktheit.“
„Und? Ich würde sagen, dass diese Bücher nicht vernünftig waren, die Vernunft ist nie eine Verrücktheit.“
„Jetzt, wo ihr davon sprecht, erinnere ich mich an einen Satz, den ich mal irgendwo gelesen habe: Der Traum der Vernunft, gebiert Monster."
„Mann, Mann, Mann ihr werft ja wirklich alles durcheinander, was hat das jetzt mit dem Rest zu tun?“
„Wenn du es nicht erfühlst, so wirst du es nicht verstehen,“ sagte plötzlich ein Buch, das Poesie hieß.
„Ah, unser Dichter, klar, wer, wenn nicht er? Keine Vernunft, ja? Die Dichtung ist ein Kuss der Musen, der direkt vom Himmel kommt und die Vernunft, mit ihrer klaren Argumentationsweise, stört nur die reinen Gefühle. Mein lieber Dichter, steck dir deine Musen in den Arsch!“

„Ruhig Blut, vielleicht kann man den Satz auch umformulieren.
- Wenn du es nicht erfühlst, so wirst du es nicht verstehen - kann man auch ersetzen durch - du bist dümmer als Bohnenstroh -. Frag doch mal unseren Don Quijote, unseren Kollegen Thomas von Aquin oder die Verfasser der Hexebücher, alle werden dir das Gleiche sagen, dass das, was sie erzählen, vernünftig, die Frucht der reinen Vernunft ist, egal ob es ein Schwachsinn, ein Wahnsinn oder ein Monster ist. Du hängst immer an den Worten, an den Namen, die man den Dingen gibt, wie ich das sehe. Ich würde nicht von Intuition sprechen, aber es ist offensichtlich, dass man manche Dinge besser versteht, wenn man sie nicht wörtlich nimmt und der Satz - der Traum von der Vernunft, gebiert Monster - beschreibt die Sache ganz gut.“

„ - Der Traum von der Vernunft gebiert Monster -. Also ich weiß nicht, für mich ergibt der Satz keinen Sinn.“
„Puf, man merkt dir den Philologen, der du bist, sehr an. Ich erkläre es dir. Wenn jemand den Wunsch hat (Bedingung in einem realen Bedingungssatz der Gegenwart), sich alles rational zu erklären (auf systematische Art, für dich), dann läuft er Gefahr, dass das Ergebnis eine Verrücktheit ist. Jetzt ein Beispiel: Wenn du glaubst, dass alle Liebe direkt von Gott kommt und die Liebe zu einer Frau nur die Emanation dieser göttlichen Liebe ist, dann musst du ein Monster erfinden, um die Tatsache zu verstehen und die Umstände zu beschreiben unter denen die Liebe zu einer Frau nicht so göttlich ist. Das System, das Gedankengebäude, die Vernunft produziert in diesem Fall ein Monster. Kapierst du es jetzt?“
„Ja, aber der Satz - der Traum der Vernunft bringt Monster hervor - ist in diesem Fall schlecht ausgedrückt?“
„Mein Gott, und warum?“
„Weil man ihn auf zwei unterschiedliche Art und Weisen verstehen kann. Er kann bedeuten, dass der Traum der Vernunft, also die Tatsache, dass die Vernunft träumt und nicht wach ist, Monster produziert, dass also die Vernunft abwesend ist, oder dass der Wunsch, dass die Vernunft regiert, Monster produziert. Ich glaube, der Satz bedeutet, dass die Abwesenheit der Vernunft Monster gebiert.“
„Ich glaube,“ sagte der Poet, „dass die Wörter Monster gebären.“

Und so diskutierten die Bücher und beachteten in keinster Weise den Pfarrer und den Barbier. Ob man sie verbrennen würde oder nicht, war ihnen reichlich egal. Im Übrigen, wenn wir als lebendig all das bezeichnen, was sich vermehren kann, dann würden die Bücher im eigentlichen Sinne ja gar nicht leben, also dieses Bündel Papier hätte in eigentlichem Sinne nie gelebt und könnte folglich auch nicht sterben. Um zu leben, also um zu existieren, benutzt das Buch das menschliche Gehirn, was es ihm erlaubt, so es denn eine vitale Kraft hat, sich sowohl in der Gegenwart wie auch in die Zukunft auszudehnen. Die Bücher also, die es nicht schaffen, sich in einem menschlichen Gehirn festzusetzen, wie etwa die philologischen Bücher, sind schon tot, und folglich ist es völlig egal, ob man sie verbrennt oder nicht.

Für uns, die wir die Details der Geschichte kennen und der Diskussion der Bücher beigewohnt haben, ist es vollkommen klar, dass die Bücher keine Schuld traf, ganz im Gegenteil. Auch wenn wir zugestehen, dass ein Teil von ihnen verrückte Bücher waren, so verrückt, dass sie jeden schwachen Geist in den Wahnsinn getrieben hätten, wie zum Beispiel die Ritterromane oder die Bücher über Theologie, so waren es doch in der Mehrzahl Werke von gesunden und vernünftigen Leute. Unter ihnen waren sogar Dichter, die immer ein gutes Gegengift gegen die Verrücktheit sind, weil sie nicht konstruieren, sondern jedes Gedankengebäude zerstören, und somit jede Art von Verrücktheit.

Es ist wohl wahr, dass sie sich, wie wir gesehen haben, was das grundsätzliche Problem angeht, nicht einigen konnten, denn dieses Phänomen war relativ neu, oder anders gesagt, es gab immer Verrückte, aber man nannte sie Philologen, Philosophen, Theologen etc... Trotzdem war der Fall von Don Quijote etwas spezieller, denn er war mit seiner Verrücktheit in der Minderheit und nur die Verrückten in der Minderheit nennt man verrückt. Sei dem wie dem sei, für den Pfarrer und den Barbier lief das auf das Gleiche hinaus. Ob es zwischen der Verrücktheit des Don Quijote und den Büchern lediglich eine Beziehung gab oder ob diese deren Ursache waren, war ihnen völlig egal.

Grund oder Beziehung, das war für sie dasselbe und auf den Scheiterhaufen schickten sie sie alle.

Den Büchern war das egal, wie wir gesehen haben und es löste, wie wir sehen werden, kein einziges Problem, aber es war ein tolles Feuer!