Capítulo séptimo

De la segunda salida de nuestro buen caballero Don Quijote de la Mancha y donde aprendemos que hay un sinfín de locuras distintas

¿Todavía sigues ahí, mi despreciado lector? No está nada mal. Poco seso tienes, pero tratas de compensarlo con la perseverancia. Sí, eso me gusta, debo reconocerlo. ¿Aprendiste algo? ¿Ya tienes un poquito más claro lo que significa la locura de este Don Quijote de la Mancha? ¡Ay, hijo mío! no te lo tomes tan a pecho, que eres más tonto que un tarugo de pan. Te diré algo. Siendo tonto se aprende a solucionar los problemas con el poco seso que se tiene. Lo que significa que si se usa la escasa sesera de manera inteligente, casi podría llamarse inteligencia. Así que no te preocupes, no te deprimas, ser listo o tonto, a la larga, resulta ser lo mismo. Claro, que es muy práctico tener un poco más de cerebro que de otro, aunque si miramos el asunto más de cerca, con el seso pasa lo mismo que con el oro. Si hubiese mucho, perdería su valor. Imagínate lo que pasaría si hubiese tanto oro como cobre o hierro. El mismo valor tendría entonces el oro que el cobre. Y si todos tuviéramos mucho seso, tan valioso sería éste como un queso.

Mientras con gran alborozo de todos los niños que en el pueblo había, los libros se quemaban en una hermosa hoguera, se despertó Don Quijote.
No hace falta decirlo, es obvio, que la situación era desesperada. Estaba en su cama, a la cual nunca quiso volver. Estaban presentes el cura y el barbero, muros del pasado que encarcelaron el futuro, cordeles que hacia el pasado lo atrajeron, memorias viejas que el futuro oscureció.
Mas cuando hacia el futuro se va, menester es liberarse del pasado. Nada sabe el amanecer del ocaso. Fresco y puro se alza, inundando el nuevo día con una luz recién nacida. Pensando en el pasado, soñando con cosas que nunca van a volver, no se conquista el futuro. Otros tiempos llegarán en que los hombres, del pasado no necesitarán.
Pero el cura, el barbero, su casa, su cama todo quería anclarlo en el pasado. Lo trataban como si fuese todavía el vecino Quesada y no como el caballero andante que era, Don Quijote de la Mancha.
Valiente tenía que ser la locura, fuerte como un león y astuta como un zorro. Cuando la batalla abierta no era posible, no ceder ni un ápice a la realidad, ese feroz enemigo. Cada vez que ésta alzaba su cabeza de hidra, ¡¡zas!! Menester era oponerle resistencia, tantas cabezas como tuviese esa hidra, tantas locuras harían falta para hacerlas desaparecer puesto que matarlas no era posible.
Apareció el cura, ¡sinsalabín!, pues hubo que oponerle un mago que curarlo quería y sin más, sustituirlo por éste.
Apareció el barbero, bien, ¡abracadabra! se debió contrarrestar con un trovador que venía a preguntarle por algunos detalles de sus hazañas
Y no más vio surgir su cama, ¡cáspita!, raudo y veloz tuvo que sustituirla por una cama con dosel en la cual el rey, su señor, lo hizo meterse después de que su ancho pecho, desafiado hubiere las flechas del implacable enemigo.
A cada ataque, ¡la respuesta que correspondía! Al igual que el caballero bien entrenado, con su adarga todos los golpes deshace, que a cada cintarazo del enemigo con uno todavía más feroz responde, así la locura se defendía en esta mortal batalla. ¡¡Y ganó!!
La locura quedó completamente intacta, por ningún lado la realidad podía entrar en esta fortaleza. Incluso logró, la muy astuta, convencer al cura y al barbero de que ya no habría una segunda partida, que jamás volvería Don Quijote a ser un caballero andante. Les hizo creer, la muy lista locura, que se quedaría en casa para el resto de su vida, un poquito loquillo, pero tranquilo.
¡Si se hubiesen enterado de lo que iba a ocurrir! ¡Que Don Quijote sólo volvió a casa para hacer lo que el tabernero que le había armado caballero andante, le había aconsejado! Que a un caballero andante, le hacía falta dinero y un escudero y que más le valía, volver a casa para conseguir estos dos requisitos indispensables para cualquier caballero andante. Recogió pues Don Quijote todo el dinero que en la casa había, tomó prestado algo de sus vecinos también y lo metió todo en una bolsa. En cuanto al escudero se refiere, la cosa es completamente distinta. Éste no es un detalle insignificante que un erudito pueda pasar por alto. Para comprender que Don Quijote podía conseguirse un escudero, tenemos que profundizar un poco más en nuestros conocimientos sobre la locura. Claro está, que la locura juega un papel en esto.
Si Don Quijote hubiese sido capaz de ofrecer a su escudero un sueldo mensual, dándole digamos, 30 reales los primeros de cada mes por servirle de escudero 8 horas al día, fines de semana libres, 25 días de vacaciones al año, con seguro social y todo, no habría tenido, obviamente, ningún problema en encontrar uno. Bueno, comencemos de cero.

Mi muy apreciado lector, por tu perseverancia, te ganaste algo de respeto. A lo mejor también tienes un poco más de seso de lo que creía. Así que dime, nunca al oír esta historia te preguntaste cuán verosímil es, que un campesino que nunca había salido de su pequeño pueblo, que no sabía nada de caballeros andantes, que estaba más o menos contento con el lugar donde estaba, se dejase convencer por su vecino Quesada, más loco que un caballo que se hubiera bebido tres litros de ron, lo siguiera como escudero, oficio que desconocía por completo hasta el día en que su vecino le hizo esta propuesta. Yo sé lo que me vas a decir. Me vas a decir que lo convenció prometiéndole hacerlo rey de una isla que aún estaba por conquistar. Lector mío, hablemos en serio. ¿Esto te parece verosímil? ¿Al oír esta historia nunca te preguntaste si esto podía ser? ¿Creíste a pies juntillas lo que te contaron? Yo, Miguel de Cervantes Saavedra, apogeo del ingenio español, te voy a decir una cosa, para que tú la aprendas. Eso de creer todo lo que te dicen también es una locura ¿sabes? Y tan grande y peligrosa como la de Don Quijote. Grande es, porque al igual que la locura caballeresca camufla la realidad, la única diferencia es que, en este caso, el engaño se produce de manera pasiva y no de manera activa, pero el resultado es el mismo. Y peligrosa, porque si te crees todo lo que te dicen, seguro que el día menos pensado caerás en la trampa de cualquier desalmado que se proponga embaucarte.

Si ahora quisiéramos comprobar que todo lo que al escudero de Don Quijote se refiere no es una mentira, ¿qué podríamos hacer, cómo podríamos comprobarlo? ¿Y? No tienes ni idea, ¿no? Me lo imaginé, pocas ilusiones tengo. ¿Dónde podemos aprender lo que el corazón humano encierra? ¿De qué cosa el hombre es capaz y qué es lo que no hará nunca? Parte de la respuesta puedo dártela. En cuanto se refiere a los crímenes es capaz de cualquier cosa. ¿Pero en cuanto al resto se refiere? ¿En la poesía, dices, se encuentra todo lo que encierra el corazón humano? Esto lo dices tú que en toda tu vida no has leído ni un solo poema y los que tuviste que aprender de memoria en la escuela te aburrían a muerte. Pero en parte tienes razón; aunque la poesía busca la esencia de un acto, describe mal el acto mismo y por lo tanto es un instrumento bastante ambiguo cuando se trata de interpretar los hechos con todo el rigor científico que se merecen.
La historia es la ciencia que nos permite saber si un acto es verosímil o no. Si encontramos en la historia algo similar a como actuó el escudero de Don Quijote, entonces será verosímil el comportamiento de éste. No sabremos exactamente lo que había pasado en el corazón, en el cerebro o en los intestinos de esta gente, pero sabremos que es verosímil.
¿Hubo en la historia victoriosa de nuestra patria española gente que se comportó de esta manera? ¿Hombres que seguían a un loco que, sólo vagas promesas mas riesgos seguros les prometía?
Si, los hubo. Qué si no hizo Cristóbal Colón en el Patio de la Montería de los Reales Alcázares de tratando de convencer a los marineros que allí se encontraban, prometiéndoles también un sueldo, que no les serviría de nada si el agua en el horizonte cayera, arrastrando las tres naves al Hades que algunos ahí suponían. Sí, él creía que el globo era redondo, a lo mejor había leído Ptolomeo en latín, ¿pero era esto un argumento para sus marineros? ¿Y qué sabía él de Geografía? De haber sido el globo terráqueo mucho más grande de lo que había supuesto, habría encontrado la muerte en vez de oro, si América no se hubiese encontrado en medio. ¿Qué podía ofrecer realmente a sus marineros? ¡Nada! ¿Con qué convenció a sus marineros? ¡Con locuras! Prometiéndoles hacerlos reyes de tierras, que no solamente no se habían conquistado todavía, sino que ni siquiera se sabía si existían.
Mucho más remotas eran aquellas tierras que las islas que Don Quijote prometía a su escudero, de modo que tan inverosímil no es, que un simple labrador siguiera a un amo loco sin recibir un sueldo fijo el primero de cada mes.

El hecho lo vemos, ¿pero podremos ver también tan claramente la razones por las cuales este hecho se produjo? Los ojos y los oídos son las columnas de Hércules de la ciencia. Al igual que los barcos de los griegos más allá de Gibraltar, estrecho que ellos llamaron las columnas de Hércules, jamás habían navegado, porque para ellos el fin del mundo representaba, así la ciencia nunca va más lejos de lo que ve y oye. Más allá del ojo y del oído reinan las presunciones y conjeturas, tierra desconocida, que en el lejano horizonte del corazón humano se pierde.
Algunos habrían sido criminales, que sentían ya el aliento del verdugo y preferirían anegar su alma miserable en el Atlántico a sentir su cabeza caer en una cesta. Otros habrían trabajado la tierra durante veinte años o más, día tras días arando, segando, regando y teniendo que dar el diez por ciento de lo poco que ganaban a la Iglesia. Aunque estaban convencidos de que el barco iba a ser destrozado por un huracán en no más de diez días, preferían estos diez días de aventura a la rutina. Era mucho mejor ser despedidos en Sevilla por los Reyes Católicos o sentir el viento en alta mar que los veinte años que les quedaba hasta la muerte en su pueblo perdido de Andalucía. Otros, con el corazón destrozado por haber sido rechazados por la mujer que querían, la única que podían amar en las circunstancias en las cuales vivían, esperaban encontrar la muerte. Y otros, más listos, pensaban que algo de sensato tenía que haber en ese proyecto, porque si no, tanta gente sensata no habría invertido tanto dinero en él. Si entre los tres barcos sumaban 150 hombres, otras tantas 150 razones había para seguir a Cristóbal Colón. Algunos creerían realmente que iban a hacerse ricos; y, siendo a veces el deseo el padre del raciocinio, ya se veían volviendo a España con los bolsillos llenos de oro, lo que era otra locura, porque si había oro en aquellas tierras nadie lo sabía.

Por cuanto a Sancho Panza, que así se llamaba como es bien sabido el escudero de Don Quijote se refiere, podemos decir por analogía, como ha sido demostrado arriba, que su comportamiento no era inverosímil, pero nada sabemos de sus motivos.

La historia del Quijote corre por toda España, se la cuenta en las tabernas y en los campos al merendar; el esposo la narra a su esposa y el padre de familia a sus hijos. Pero toda esta gente carece de cultura, ellos confunden lo que se ve con la verdad, olvidan los detalles necesarios para la comprensión de la historia y el erudito tiene que sustituir las conjeturas por conclusiones científicas basadas en hechos.

Hora era que yo, Miguel de Cervantes Saavedra, apogeo del ingenio español, interviniese para salvar de los hechos lo que todavía queda de ellos, para que en un futuro lejano otros eruditos puedan reconstruir la historia completa.

Lo que sabemos de la segunda salida de Don Quijote, esta vez con su escudero Sancho Panza, es bien poco. Sabemos solamente que Don Quijote ordenó un día a su escudero acudir con su burro a una determinada hora a un determinado sitio. De ahí partieron sin ser vistos por nadie.

 

chapter sieben

Von dem zweiten Ausritt unseres guten Ritters Don Quijote de la Mancha und wo wir lernen, dass es eine unendliche Zahl an Verrücktheiten gibt

Bist du immer noch da mein verschmähter Leser? Nicht schlecht. Du hast zwar nur wenig Grips im Schädel, aber du versuchst das durch Hartnäckigkeit auszugleichen. Ja, das gefällt mir, das muss ich zugeben. Hast du was gelernt? Siehst du jetzt ein bisschen klarer, was die Verrücktheit dieses Don Quijote de la Mancha bedeutet? Ach mein Sohn, nimm es dir nicht so zu Herzen, dass du dümmer bist, als ein Stück Brot. Ich sage dir etwas. Wenn man blöd ist, lernt man die Probleme mit dem bisschen Grips zu lösen, der einem zur Verfügung steht, was wiederum bedeutet, dass man die geringe Hirnmasse intelligent nutzt, was man schon fast wieder Intelligenz nennen könnte. Mach dir also keine Sorgen, sei nicht traurig, gewitzt oder dämlich, das ist langfristig ziemlich egal. Klar, ein bisschen mehr Grips zu haben als die anderen, ist schon ganz praktisch, aber wenn wir die Sache genau betrachten, ist es mit dem Grips wie mit dem Gold. Wenn es viel davon gäbe, würde es an Wert verlieren. Stell dir mal vor, es gäbe soviel Gold wie Kupfer oder Eisen. Dann hätte Gold auch den gleichen Wert wie Kupfer und wenn wir alle viel Grips hätten, dann wäre dieser so wertvoll wie Käse.

Als nun zur großen Freude der Kinder im Dorf die Bücher auf einem Scheiterhaufen brannten, da erwachte Don Quijote.

Man muss das nicht extra erwähnen, die Situation war hoffnungslos. Er lag in seinem Bett, in das er nie hatte zurückkehren wollen. In seinem Zimmer standen der Pfarrer und der Barbier, Mauern der Vergangenheit, die die Zukunft einsperrten Stricke, die ihn an die Vergangenheit banden, alte Erinnerungen, die die Zukunft verdunkelten.
Ist man auf dem Weg in die Zukunft, dann muss man sich von der Vergangenheit befreien. Nichts weiß die Morgenröte vom Sonnenuntergang. Frisch und rein erhebt sie sich, flutet den neuen Tag mit einem Licht, das gerade eben erst geboren wurde. Denkt man an die Vergangenheit, träumt von Dingen, die nie mehr wiederkommen, dann erobert man die Zukunft nicht. Andere Zeiten werden kommen, in denen die Menschen die Vergangenheit nicht mehr brauchen.

Doch der Pfarrer, der Barbier, sein Haus, sein Bett, alles wollte ihn an die Vergangenheit binden. Sie behandelten ihn, als ob er immer noch ihr Nachbar Quesada wäre und nicht der fahrende Ritter, der er war, Don Quijote de la Mancha.

Mutig musste die Verrücktheit sein, stark wie ein Löwe, gewitzt wie ein Fuchs. Wenn die offene Schlacht nicht möglich war, durfte man vor der Realität, diesem schrecklichen Feind, keinen Fußbreit zurückweichen. Wenn die Hydra den Kopf erhob, zas, musste man ihr entgegentreten, so viele verrückte Listen brauchte man, wie diese Hydra Köpfe hatte, um sie alle zu verschleiern, da man sie ja nicht töten konnte.

Es erschien der Pfarrer, simsalabim, man musste ihm einen Zauberer entgegensetzen, der ihn heilen wollte, ihn durch jenen ersetzen.

Es erschien der Barbier, abrakadabra, man musste ihm einen Troubadour entgegensetzen, der ihn nach Details seiner Heldentaten fragte.

Und er sah nur sein Bett, dreimal schwarzer Kater, und es war ersetzt durch ein Himmelbett, wo der König, sein Herr, ihn gebettet hatte, nachdem seine breite Brust den Pfeilen des schrecklichen Feindes standgehalten hatte.

Auf jeden Angriff, die entsprechende Antwort! Wie ein gut trainierter fahrender Ritter mit seinem Schild alle Schläge abwehrt, wie dieser auf jeden Hieb des Gegners mit einem noch schrecklicheren antwortet, so verteidigte sich die Verrücktheit in dieser Schlacht auf Leben und Tod. Und siegte!

Die Verrücktheit blieb vollkommen unangetastet, an keiner Stelle konnte die Realität in diese Festung eindringen. Sie, die Listenreiche, schaffte es sogar, den Pfarrer und Barbier davon zu überzeugen, dass es nun keinen zweiten Ausritt geben würde, dass Don nie mehr ein fahrender Ritter sein würde. Sie ließ sie glauben, die gewitzte Verrücktheit, dass er für den Rest seines Lebens zu Hause bliebe, ein bisschen mit einer Schraube locker, aber ruhig.
Wenn sie gewusst hätten, was passieren würde! Dass Don Quijote nur deswegen nach Hause zurückgekommen war, um das zu tun, was der ritterliche Kneipenbesitzer, der ihn zum Ritter geschlagen hatte, ihm geraten hatte! Dass ein fahrender Ritter Geld brauchte und einen Schildknappen, und dass es deshalb besser wäre, dass er nach Hause zurückginge, um diese für einen fahrenden Ritter unentbehrlichen Dinge zu holen. Don Quijote sammelte also alles Geld ein, das sich im Haus befand, lieh sich auch etwas von seinen Nachbarn und stopfte es in einen Beutel. Was den Schildknappen anging, war es völlig anders. Hierbei handelt es sich nicht um ein unbedeutendes Ereignis, das ein Gelehrter außen vor lassen könnte. Um zu verstehen, dass Don Quijote einen Schildknappen fand, müssen wir unsere Kenntnisse über die Verrücktheit erweitern. Es ist völlig klar, dass die Verrücktheit hierbei eine Rolle spielte.

Wäre Don Quijote in der Lage gewesen, seinem Schildknappen einen monatlichen Lohn zu bezahlen, sagen wir mal 30 Taler an jedem ersten des Monats, um ihm acht Stunden pro Tag zu dienen, die Wochenenden frei und 25 Tage Urlaub im Jahr, mit Krankenversicherung und allem drum und dran, dann hätte er natürlich kein Problem gehabt, einen zu finden. Fangen wir also bei Null an.

Mein sehr verehrter Leser, für deine Hartnäckigkeit verdienst du Respekt. Vielleicht hast du sogar ein bisschen mehr Grips, als ich dachte. Sag mir also, hast du, wenn du diese Geschichte gehört hast, dir nie überlegt, wie wahrscheinlich es ist, dass ein Bauer, der noch nie aus seinem Dorf herausgekommen war, der nichts von fahrenden Rittern wusste, glücklich war, dort wo er war, sich von seinem Nachbarn Quesada, verrückter als ein Pferd, das drei Liter Rum getrunken hatte, überreden ließ, ihm als Schildknappe, ein Beruf, der ihm bis zu dem Tag, als sein Nachbar ihm diesen Vorschlag machte, völlig unbekannt war, zu folgen. Ich weiß, was du mir antworten willst. Dass er ihn durch das Versprechen überzeugte, König einer Insel zu werden, die aber erst noch erobert werden müsste. Mein lieber Leser, mal ernsthaft. Erscheint dir das plausibel? Als du diese Geschichte gehört hast, hast du dich nie gefragt, ob das wahrscheinlich ist? Hast du blind alles geglaubt, was man dir erzählte? Ich, Miguel de Cervantes Saavedra, Gipfel des spanischen Geistes, werde dir etwas sagen, damit du es lernst. Alles zu glauben, was man dir sagt, ist eine Verrücktheit und zwar so groß und gefährlich wie die des Don Quijote. Groß ist sie, weil sie wie die ritterliche Verrücktheit die Wahrheit verdeckt. Der einzige Unterschied besteht darin, dass in diesem Fall der Betrug ohne eigenes Zutun entsteht und nicht durch aktives Wollen, das Resultat ist aber dasselbe. Gefährlich ist sie, weil du dann, wenn du alles glaubst, was man dir erzählt, eines Tages in die Falle irgendeines Ruchlosen tappst, der dich hinters Licht führen will.

Was können wir also tun, um herauszufinden, ob all das, was man von dem Schildknappen Don Quijotes erzählt, nicht eine Lüge ist? Was können wir tun, wie es beweisen? Und? Du hast keine Idee, stimmt's? Das dachte ich mir, ich mache mir keine Illusionen. Wo lernen wir, was im menschlichen Herzen verborgen ist? Wozu der Mensch fähig ist und was er nie tun wird? Einen Teil der Antwort kann ich dir geben. Was die Verbrechen angeht, so ist er zu allem fähig. Aber wie steht es um den Rest? In der Dichtung sagst du, findet sich alles, was im menschlichen Herzen verborgen ist? Das sagst du, der du dein ganzes Leben noch kein einziges Gedicht gelesen hast und den die, die er in der Schule auswendig lernen musste, zu Tode langweilten. Doch in gewissem Sinne hast du Recht, obgleich die Dichtung die Essenz der Dinge beschreibt und selten das Ereignis selbst, weshalb sie ein unsicheres Instrument ist, wenn man mit aller wissenschaftlichen Strenge, die notwendig ist, die Ereignisse beschreiben will.

Die Geschichte ist die Wissenschaft, die es uns erlaubt zu wissen, ob etwas wahrscheinlich ist oder nicht. Wenn wir in der Geschichte etwas finden, das dem Verhalten des Schildknappen von Don Quijote ähnelt, dann ist dessen Verhalten wahrscheinlich. Wir wissen dann immer noch nicht genau, was in seinem Herzen, in seinem Gehirn oder in seinen Eingeweiden vor sich ging, aber wir werden wissen, dass es wahrscheinlich ist.

Gab es in der glorreichen Geschichte unseres spanischen Vaterlandes Menschen, die sich so verhielten? Menschen, die aufgrund vager Versprechen und sicherer Risiken einem Verrückten folgten?

Ja, es gab sie. Was, wenn nicht dies, tat Christoph Kolumbus im Hof der Montería de los Reales Alcázares, als er versuchte, die Matrosen zu überzeugen, die sich dort versammelt hatten? Er bot ihn einen Lohn, der ihnen nichts genützt hätte, wenn das Wasser am Horizont abgestürzt wäre und die drei Schiffe in den Hades gerissen hätte, den man dort vermutete. Ja, er glaubte, dass die Erde rund sei, vielleicht hatte er Ptolemäus auf Lateinisch gelesen, aber war dies ein Argument für seine Matrosen? Und was wusste er von Geografie? Da die Weltkugel größer war, als er vermutete, hätte er den Tod anstatt Gold gefunden, wenn nicht Amerika dazwischen gelegen hätte. Was konnte er seinen Matrosen tatsächlich anbieten? Nichts! Womit überzeugte er seine Matrosen? Mit Verrücktheiten! Er versprach ihnen, sie zu Königen von Ländern zu machen, die nicht nur noch nicht erobert worden waren, sondern von denen man nicht mal wusste, ob sie existierten.

Viel weiter entfernt waren diese Inseln, als die Inseln, die Don Quijote seinem Schildknappen versprach, so dass es nicht unwahrscheinlich ist, dass ein einfacher Bauer seinem verrückten Herrn folgt, auch wenn er hierfür keinen festen Lohn am ersten jedes Monats erhält.

Das Ereignis an sich sehen wir, aber können wir auch das Motiv erkennen, das jenes Ereignis hervorbrachte? Die Augen und die Ohren sind die Säulen des Herakles der Wissenschaft. Wie die Schiffe der Griechen, die nie jenseits von Gibraltar segelten, einer Meerenge, die sie die Säulen des Herakles nannten, weil sie für sie das Ende der Welt darstellten, so geht die Wissenschaft nie über das hinaus, was sie hört und sieht. Jenseits der Augen und der Ohren herrschen die Vermutungen und Mutmaßungen, eine unbekannte Welt, die sich im entfernten Horizont des menschlichen Herzens verliert.

Manche werden Verbrecher gewesen sein, die den Atem des Henkers im Nacken spürten und es vorzogen, ihre elende Seele im Atlantik zu versenken, als zu sehen, wie ihr Kopf in einen Korb fällt. Andere mögen zwanzig Jahre lang ihre Felder bestellt haben, Tag für Tag hinter ihrem Pflug, säen, gießen und ein Zehntel ihrer Ernte ging an die Kirche. Obgleich sie überzeugt waren, dass das Schiff innerhalb von zehn Tagen durch ein Unwetter zerstört werden würde, zogen sie diese zehn Tage Abenteuer der Routine vor. Besser war es, in Sevilla von den Katholischen Königen verabschiedet zu werden oder den Wind auf hoher See zu spüren, als die zwanzig Jahre bis zu ihrem Tod in einem verlassenen Dorf in Andalusien zu verbringen. Andere hofften, nachdem ihnen das Herz gebrochen war, weil die einzige Frau, die sie liebten und die sie in ihrer Situation lieben konnten, sie zurückgewiesen hatte, den Tod zu finden. Andere, Gewitztere, dachten wohl auch, dass irgendetwas an der Geschichte dran sein müsse, denn wenn dem nicht so wäre, dann hätten nicht so viele besonnene Leute soviel Geld investiert. Wenn sich auf den drei Schiffen 150 Mann befanden, dann hatten sie 150 Gründe, Christoph Kolumbus zu folgen. Manche glaubten wohl, dass sie reich werden würden und da der Wunsch manchmal der Vater des Gedankens ist, sahen sie sich schon mit den Taschen voller Gold nach Spanien zurückkommen, was eine weitere Verrücktheit ist, denn ob es in jenen Ländern Gold gab, wusste niemand.

Was nun Sancho Panza, so hieß der Schildknappe von Don Quijote, angeht, so können wir analog sagen, wie oben bewiesen wurde, dass sein Verhalten nicht unwahrscheinlich war, über seine Motive jedoch können wir nichts sagen.

Die Geschichte von Don Quijote verbreitet sich in ganz Spanien, man erzählt sie in den Kneipen und auf den Feldern bei der Vesper, der Ehemann erzählt sie seiner Frau und der Familienvater seinen Kindern. Doch all diesen Leuten fehlt es an Bildung, sie verwechseln das, was man sieht, mit der Wahrheit, sie vergessen die Details, die für das Verständnis der Geschichte notwendig sind und der Gelehrte muss die Vermutungen, durch wissenschaftlich fundierte Schlussfolgerungen, die auf Fakten basieren, ersetzen.

Es war höchste Zeit, dass ich, Miguel de Cervantes Saavedra, Gipfel des spanischen Genies, einschreite, um das, was von den Fakten noch erhalten ist, zu sichern, damit in einer entfernten Zukunft, die gesamte Geschichte rekonstruiert werden kann.

Was wir von dem zweiten Aufbruch Don Quijotes, diesmal mit seinem Schildknappen Sancho Panza, wissen, ist sehr wenig. Wir wissen nur, dass Don Quijote seinem Schildknappen befahl, sich auf seinem Esel zu einem bestimmten Zeitpunkt an einem bestimmten Ort einzufinden. Von dort machten sie sich auf den Weg, ohne dass sie von irgendjemandem gesehen wurden.