Capítulo décimo tercero

Donde se da fin al cuento de la pastora Marcela y aprendemos más todavía sobre principios locos, pasiones locas y bellezas que la locura engendra

Tantas locuras hay como pliegues tiene el alma humana donde las pasiones se esconden y aún sin pasiones hay muchas, porque también el cerebro las produce. Sin embargo, claro está que tan emocionantes no son las producidas por el cerebro, que son muy áridas y concisas aunque igual de locas.

¿Qué te pasa, lector mío? ¿Sospechas que este estudio científico tenga algo que ver contigo?

Tan atraído estaba Don Quijote por ese sentimiento de amor demente por Marcela, que quiso asistir al entierro de aquel hombre, que tan locamente amaba; y no vaciló pues, ni un segundo, cuando los cabreros le preguntaron si quería acompañarles.

Hemos visto en el capítulo anterior, que el rigor científico tiene que dudar de que los hechos que aquí se cuentan hayan ocurrido tal y como se narran en las tabernas. Suponemos que realmente alguien asistió al entierro de Grisóstomo, porque no hay humo sin fuego y en todo cuento, siempre hay algo de verdadero. No obstante y en cuanto se refiere al motivo por el cual asistieron a este entierro, no hay que dejarse encandilar por toda esa gente, que siempre lo cuenta de la misma manera.
¿Por qué acudieron los cabreros al entierro? ¿Acaso tenían un sentimiento de conmiseración? Estos cabreros habían sido, quizá, gente noble a pesar de su actual plebeyez y habían aprendido a disfrutar plenamente de las cosas que tenían y algo o alguien hizo sonar en sus almas todas las notas que en cualquier alma humana se encuentran, como el músico el violín, de modo y manera que, cuando hacía falta, se posicionaban al lado del menesteroso y no necesitaban locura alguna.

¡Bah! Yo soy Miguel de Cervantes Saavedra, apogeo del ingenio español y tan ingenuo no soy como para creerme esto. Yo he visto al pueblo español en el campo de batalla. Yo sé que necesitan emociones fuertes y que tragan con bebidas todavía más fuertes. No, su alma no es un violín que ellos mismos tocan, sino un tambor que quieren que se les toque. Acudieron al entierro de Grisóstomo como hubiesen acudido también al matrimonio de una principesa, al teatro o a cualquier otra cosa que hubiese hecho que las lágrimas aflorasen a sus ojos.
¿Qué? ¿Qué yo no tengo pruebas? Estúpido lector, tan tonto como un pedazo de pan. ¿Te atreves a opinar? ¿Crees que tienes derecho a formarte una opinión? ¿Se pregunta a los niños en la escuela por su opinión? Después de haber aprendido a utilizar tu sesera, de distinguir el raciocinio riguroso y austero de una mera fantasía tan inestable e informe como las nubes, perfectamente te podrías formar una opinión propia, pero de momento ¡¡te callas y escuchas!! Pues bien, pruebas te voy a dar. ¿Has oído al pueblo español cantar estas coplas en la calle?

¿ Dónde vas Alfonso XII
dónde vas triste de ti?
Voy en busca de Mercedes
que ayer tarde no la vi
Que ayer tarde no la vi

Tu Mercedes ya se ha muerto,
muerta está que yo la vi.
Cuatro duques la llevaban
por las calles de Madrid.
por las calles de Madrid.

Al Escorial la llevaban
y la enterraron allí
en una caja forrada
de cristal y de marfil
de cristal y de marfil.

El paño que la cubría
era azul y carmesí
con galones de oro y plata
y claveles más de mil
y claveles más de mil.

Ya murió la flor de mayo!
Ya murió la que reinaba!
Ya murió la flor de abril
en la corte de Madrid
en la corte de Madrid.

Bebida fuerte y sabrosa era la muerte de esta Mercedes y con gran regocijo se cantaba estas coplas por las calles, inventando nuevas melodías o añadiendo nuevos instrumentos . ¡Cuán dulce era ese dolor ajeno! ¡Cuán hermoso ese vibrar de la vida!
¿No estás convencido todavía? Sí claro, ya me acuerdo, ¡¡a ti, había que presentarte la vida en forma de receta de cocina!! Así: si quieres que alguien llore, toma un cebolla, machácala hasta que tengas un puré, toma ese puré y etc.... ¿Así?
Bueno, pruebas más claras te daré. A fin de cuentas es el deber de cualquier historiador riguroso que se precie y que no escribe para mujeres sino para hombres de dirigirse a un lector que no busca fantasías encaminadas a enriquecer las suyas, sino la verdad. De manera que aparto en este estudio todo lo que sea inverosímil y mero producto de la fantasía de la gente que cuenta estas historias en la taberna, todas aquellas añadiduras que revelan poco sobre los hechos, pero mucho sobre la persona que las cuenta.

Para comprobar que lo dicho antes es cierto, referimos, a pesar de que no haya necesidad de hacerlo, porque todo lo que digo yo, Miguel de Cervantes Saavedra, es cierto, un detalle revelador, que nunca fue suprimido a pesar de que revela un motivo poco honesto, lo que a su vez demuestra que es cierto, porque cuando un motivo es mezquino, normalmente, se suele suprimir.
Cuando los cabreros y Don Quijote iban camino al entierro, vinieron a su encuentro otros cabreros, vestidos de luto, que por los mismos motivos iban en esa dirección. Este grupo iba acompañado de dos señores nobles a caballo y de tres mozos; y como a ti, que eres un imbécil redomado, sólo se te pueden explicar las cosas en forma de receta de cocina, te repetiremos la plática que estos dos señores tuvieron, palabra por palabra, pues es tan reveladora como una receta de cocina.

- Paréceme, señor Vivaldo, que habemos de dar por bien empleada la tardanza que hiciéremos en ver este famoso entierro, que no podrá dejar de ser famoso, según estrañezas estos pastores nos han contado, así del muerto pastor como de la patora homicida.

- Así me lo parece a mí -respondió Vivaldo-; y no digo yo hacer tardanza de un día pero de cuatro, la hiciera a trueco de verle.

¿Y? ¿Te atreves a dudar todavía? Estos dos señores habían encontrado a los cabreros por pura casualidad y viendo que estaban de luto le preguntaron por la causa de su dolor a lo que los cabreros respondieron contándoles toda la historia de Marcela y Grisóstomo. ¡Entiéndelo bien! Estos dos señores nobles se encontraban ahí por mera casualidad, no conocían a Grisóstomo y por lo tanto no era compasión el motivo de su presencia, porque si hubiera sido así, habrían podido asistir a cualquier entierro de cualquier desconocido. Estaban allí porque ese abundante y apetitoso dolor pasaría a los anales de la Historia, sería el placer de generaciones futuras y a tal acontecimiento querían asistir.
¿Qué? ¿Que yo he inventado este diálogo? ¡Villano, cabrón irrespetuoso! ¡Con quién te crees tú que estás hablando! ¿Con tus colegas de borrachera con quienes te sientas en el banco de delante de la taberna porque te echaron fuera? Si tuvieses alguna educación, sabrías que hay otras ciencias, como la Lingüística, que sirven a la Historia, cuando ella por sí misma no puede averiguar la verdad. Si antes de hablar hubieses pensado un poco, si hubieses observado más de cerca la plática que tenían estos dos señores, te habrías dado cuenta de que no hablaban como hoy en día se suele hablar y que si yo, Miguel de Cervantes Saavedra, hubiera incluido esta plática, lo habría hecho en el español que hoy en día se usa.
Pero si otra prueba te hace falta, otra te daré. Llegaron finalmente al sitio donde debía ser enterrado Grisóstomo y adonde ya había mucha gente. Todos estaban ansiosos por asistir al entierro del protagonista de un drama, que si bien no era igual a aquél que mi colega Shakespeare había escrito, sí se adivinaba igual de trágico y bello; y tal era el deseo de ver este espectáculo, que acudían los cabreros y cabreras que en las cercanías y lejanía vivían, del mismo modo que habrían acudido, si de una representación de mi colega se tratara.
Yacía Grisóstomo, hermoso aun después de muerto, en su ataúd. Y todas las mujeres lloraban al verlo pensando en sus esposos que veneraban más los naipes, el vino y a otras mujeres que a ellas; porque todas las Beatrices del mundo, con el paso del tiempo, suben al Cielo o vuelven a la Tierra, al igual que los hombres que habiendo sido bellos en su juventud, al final echarán barriga.
Únicamente las bellezas que se encuentran sobre una hoja de papel, al tiempo resisten; y, por lo tanto, al señor Vivaldo, así hemos visto que se llamaba uno de los nobles que había venido a asistir a esta hermosa tragedia, no le hacía ninguna gracia que quisieran sepultar con el difunto, los papeles que reposaban encima del difunto Grisóstomo; porque si bien éste no podría ya cantar a otra mujer sus cuitas amorosas por amor de Marcela, bien podían servir de ejemplo a las generaciones por venir y no debían ser sepultados, con él, como Grisóstomo lo había exigido en su testamento.

Los cabreros, que ignoraban la belleza de los dolores literarios y preferían los dolores reales, dado que no eran suyos, se mostraban más inclinados a respetar el último deseo de Grisóstomo pues ellos no sabían que éste, al hacer su testamento, soñó con que en el último momento apareciese un señor culto que salvara sus versos, lo que enaltecería su fama, que virtuosa debía de ser o cuando menos anhelada.

¿Qué? ¿Que no debo tratarte como un burro porque no te conozco? ¿Que vives cuatro siglos más adelante y yo no puedo conocerte? ¿Que todo lo que cuento no vale para tu tiempo ni para ti? ¿Que en tus tiempos los señores no suelen cabalgar sobre caballos, que es algo que sólo hacen los pobres? ¿En tus tiempos se cabalga sobre toros que amaestraron para este fin y que son diez veces más poderosos y fuertes que un caballo? ¡Bah! No hay diferencia alguna entre cabalgar sobre un caballo o cabalgar sobre un toro, el fin es el mismo. Ir de un sitio a otro, que es tan o más aburrido que el anterior e impresionar a las chicas.
¿Qué? ¿Que en tu siglo hay más locuras todavía que en el mío? ¡Bah! ¿Con esto quieres impresionarme? ¿Tú te crees que la puerta al futuro para mí es algo así como lo que eran las columnas de Hércules para los griegos, el gran Atlántico desconocido que nunca osaron pisar por temor a perderse en el infinito? Ay mi hijito, me muero de risa. Primero no me interesa en absoluto cuántas o qué locuras hay en tu siglo, a mí me bastan las que tengo a mi alcance. Con las locuras pasa lo mismo que con las ecuaciones en las matemáticas, si es que sabes lo que son las ecuaciones y no eres de ésos que limpian las ventanas, que en tu dorado siglo seguramente se hará como se hace en el mío.
En las ecuaciones, si se ha entendido el principio, se puede deducir de lo que está a la izquierda lo que debe estar a la derecha. Así también si se conoce la locura, fácilmente se sabe cuál fue la pasión que la engendró y si se conoce la pasión, fácilmente se sabe qué locura engendrará. Que haya más y diferentes locuras en tu siglo que en el mío, no tiene ninguna importancia, la ecuación siempre es la misma. No hay ninguna diferencia entre tu siglo y el mío.
¿Qué? ¿Que es muy deprimente lo que digo porque lo que digo yo significa que no ha habido ningún progreso a lo largo la Historia y que todo queda siempre igual? Bueno, alguna diferencia sí que hay; porque conejos tan raros como tú, no hay en mi tiempo. Esto de preguntarse si hay progreso en la Historia o no, debe ser realmente algo de invención más reciente. ¿Y habéis resuelto el problema? ¿No? Me lo imaginé. Entonces no trates de impresionarme, porque yo soy Miguel de Cervantes Saavedra, yo vi lo blanco en el ojo del turco antes de degollarlo, yo vi el deleite en sus ojos al cortarme con su espada la mano izquierda. A mí, nada me espanta y nada me impresiona; sobre todo, no me impresiona tu futurillo. Y ahora deja de meterte en la historia con tus preguntas idiotas porque este estudio se dirige a mis contemporáneos y no a ti.

Hemos visto anteriormente, que el muy socarrón de Grisóstomo dejó expresado como último deseo que sepultaran con él las bellas estrofas duraderas, fruto de los dolores efímeros de su corazón. En vez de simplemente quemarlos, lo que habría sido bastante fácil puesto que en cualquier casa había un horno, ordenó que se los metieran a su lado en el ataúd con la vaga esperanza de que alguien pasara y los salvara, porque no hay nada más noble que fama que no quiere ser famosa. Y así fue. El señor Vivaldo pudo, en un momento de descuido de los cabreros, sacar alguno de los papeles que se encontraban al lado del difunto. Con esto casi se acaba esta amorosa locura y lo poco que falta, lo vamos a contar en el capítulo siguiente.



 

chapter dreizehn

Wo die Geschichte von der Schäferin Marcela zu Ende erzählt wird und wo wir noch mehr lernen, über verrückte Prinzipien, verrückte Leidenschaften und die Schönheiten, die der Wahnsinn hervorbringt

So viele Leidenschaften gibt es, wie es Falten in der menschlichen Seele gibt, wo die Leidenschaften sich verbergen und selbst ohne Leidenschaften gibt es viele Verrücktheiten, denn auch das Gehirn produziert sie, auch wenn offensichtlich ist, dass die Verrücktheiten, die das Hirn hervorbringt, nie so aufwühlend sind, da sie, wenn auch genau so verrückt, öde und trocken sind.

Was ist los, mein Leser? Ahnst du, dass diese wissenschaftliche Studie etwas mit dir zu tun hat?

So angezogen fühlte sich Don Quijote von dieser wahnwitzigen Liebe zu Marcela, dass er der Beerdigung jenes Mannes, der so irrsinnig liebte, beiwohnen wollte. Er zögerte keinen Augenblick, als die Hirten ihn fragten, ob er sie begleiten wolle.

Wir haben in dem vorherigen chapter gesehen, dass die wissenschaftliche Strenge zweifeln muss, wenn es um die Frage geht, ob die Ereignisse sich so zugetragen haben, wie man sie in den Kneipen erzählt. Wir vermuten, dass tatsächlich irgendjemand, der Beerdigung von Grisóstomo beigewohnt hat, denn kein Rauch ohne Feuer und jede Geschichte hat einen wahren Kern. Was jedoch das Motiv angeht, das die Hirten veranlasste, der Beerdigung beizuwohnen, sollte man sich von all den Leuten, die die Geschichte immer auf die gleiche Art und Weise erzählen, nicht einschüchtern lassen.

Warum haben die Hirten dem Begräbnis beigewohnt? Fühlten sie etwa Mitleid? Waren diese Hirten etwa, ungeachtet ihres niederen Standes, von nobler Gesinnung? Hatten sie gelernt, die Dinge, die sie hatten, zu genießen und ließ etwas oder irgendjemand in ihren Seelen alle Noten erklingen, die sich in jeder menschlichen Seele befinden, wie ein Musiker seine Geige spielt, so dass sie sich, wenn es nötig war, auf die Seite des Bedürftigen schlugen und keine Verrücktheit nötig hatten?

Bah! Ich bin Miguel de Cervantes Saavedra, Gipfel des spanischen Genies und bin nicht so naiv, um das zu glauben. Ich habe das spanische Volk auf dem Schlachtfeld gesehen. Ich weiß, dass sie starke Gefühle brauchen und noch stärkere Getränke trinken. Nein, ihre Seele ist keine Geige, die sie selber spielen, sondern eine Trommel, auf der andere trommeln sollen. Sie kamen zu der Beerdigung von Grisóstomo aus demselben Grund, aus dem sie auch zur Beerdigung einer Prinzessin gegangen wären, ins Theater oder irgendwo anders hin, wo die Tränen ihre Augen benetzen.

Was? Ich habe hierfür keine Beweise? Trotteliger Leser, dümmer noch als ein Stück Brot. Du wagst es, dir eine Meinung zu bilden? Fragt man die Kinder in der Schule nach ihrer Meinung? Nachdem du gelernt hast, dein Hirn einzuschalten, zwischen einem kohärenten und schlüssigen Gedankengang und einer bloßen Phantasie, so instabil wie unförmig, zu unterscheiden, kannst du dir eine Meinung bilden, aber im Moment schweigst du und hörst zu. Ich gebe dir einen Beweis. Hast du jemals das spanische Volk diese Verse in der Straße singen hören?

 

Wo gehst du hin Alfonso XII?
So tiefbetrübt?
Ich suche nach Mercedes,
weil ich gestern sie nicht sah,
weil ich gestern sie nicht sah.

Deine Mercedes ist gestorben.
Tot war sie, als ich sie sah.
Vier Grafen trugen sie
Durch die Straßen von Madrid.
Durch die Straßen von Madrid.

Zum Escorial trugen sie sie
und dort wurde sie begraben.
in einem gefütterten Sarg
aus Kristall und Elfenbein,
aus Kristall und Elfenbein.

Das Tuch, das sie bedeckte,
war blau und scharlachrot
mit Borten aus Gold und Silber
und mehr als tausend Nelken,
und mehr als tausend Nelken.

Sie ist gestorben die Blume des Mai.
Sie ist gestorben, die die regierte.
Gestorben die Blume des April
am Hofe von Madrid,
am Hofe von Madrid.

Ein starkes und köstliches Getränk war der Tod dieser Mercedes und mit großem Genuss sang man diese Verse in den Gassen, dachte sich neue Melodien aus, fügte Instrumente hinzu. Wie süß ist der fremde Schmerz! Wie süß ist es, das Zittern des Lebens zu spüren.
Du bist noch nicht überzeugt? Ja, klar, ich erinnere mich. Dir muss man das Leben in Form eines Kochrezeptes erklären. Also so was in der Art: Wenn du willst, dass jemand weint, dann nimm eine Zwiebel, zerstampfe sie, bis du ein Püree hast, nimm dieses Püree und etc. So?
Gut, noch deutlichere Beweise werde ich dir liefern. Es ist die Pflicht eines jeden sorgfältigen Historikers, der sich achtet und der nicht für Frauen sondern für Männer schreibt, für einen Leser zu schreiben, der keine Phantasien sucht, die nur den Sinn haben, seine eigenen Phantasie zu beflügeln. Deswegen schiebe ich in dieser Studie alles zur Seite, was unwahrscheinlich und nur ein Produkt der Phantasie der Leute ist, die diese Geschichte in den Kneipen erzählen, alle diese Zusätze, die nichts über die Tatsachen aussagen, aber viel über die Person, die sie erzählt.

Um zu beweisen, dass das, was ich erzähle wahr ist, erzählen wir, obwohl es unnötig ist, denn alles was ich, Miguel de Cervantes Saavedra sage, ist richtig, ein Detail, dass nie unterdrückt wurde, obwohl es ein wenig ehrenhaftes Motiv offenbart, was wiederum beweist, wie wahr es ist, denn wenn ein Motiv niederträchtig ist, dann unterdrückt man es normalerweise.

Als die Hirten und Don Quijote zur Beerdigung gingen, kamen ihnen andere Hirten entgegen, in Trauer gekleidet, die aus den gleichen Motiven in diese Richtung gingen. Diese Gruppe wurde von zwei noblen Herren mit drei Dienern begleitet. Weil man dir nun, der du ein Idiot bist, alles in Form eine Küchenrezeptes erklären muss, bilden wir das Gespräch zwischen den beiden Herren Wort für Wort ab, denn es ist so aufschlussreich, wie ein Küchenrezept.

 

„Es deucht mich Herr Vivaldo, dass sich die Verspätung, die sich daraus ergibt, dass wir dieser Beerdigung, die sicher in die Annalen eingehen wird, beiwohnen, eine sinnvoll genutzte Zeit ist, wenn man die merkwürdigen Ereignisse rund um den verstorbenen Hirten wie auch die todbringende Hirtin beachtet.“

„Auch ich glaube dies,“ antwortete Vivaldo, „und ich hätte auch eine Verspätung von vier Tagen in Kauf genommen, um dabei zu sein.“

Und? Du wagst es, immer noch zu zweifeln? Diese zwei Herren haben die Hirten rein zufällig getroffen und da diese Trauer trugen, haben sie sie nach dem Grund ihres Schmerzes gefragt, worauf ihnen die Hirten die Geschichte von Marcela und Grisóstomo erzählt haben. Das musst du jetzt kapieren! Diese zwei Herrn waren rein zufällig da, sie kannten Grisóstomo gar nicht und deshalb war Mitleid auch nicht der Grund ihrer Gegenwart, denn wenn dem so wäre, dann hätten sie an jeder x-beliebigen Beerdigung teilnehmen können. Sie waren da, weil dieser reichhaltige und schmackhafte Schmerz in die Annalen der Geschichte eingehen würde, das Vergnügen zukünftiger Generationen sein würde und einem solchen Ereignis wollten sie beiwohnen.

Was? Ich soll mir diesen Dialog ausgedacht haben? Niederträchtiger, respektloser Schurke! Mit wem glaubst du eigentlich, dass du sprichst? Mit deinen Saufkumpanen aus der Kneipe, mit denen du vor der Kneipe auf der Bank sitzt, weil sie dich rausgeworfen haben? Hättest du auch nur irgendwelche Bildung, dann wüsstest du, dass es noch andere Wissenschaften gibt, wie die Linguistik, die der Geschichtswissenschaft helfen, wenn diese die Wahrheit alleine nicht ermitteln kann. Wenn du nachgedacht hättest, bevor du das Maul aufreisst, dann hättest du bemerkt, dass sie nicht so sprechen, wie man heute spricht und wenn ich, Miguel de Cervantes Saavedra, diesen Dialog eingefügt hätte, dann hätte ich es in einer Sprache getan, die heute üblich ist.

Doch wenn du noch einen weiteren Beweis brauchst, dann gebe ich dir noch einen. Schließlich erreichten sie den Ort, wo Grisóstomo begraben werden sollte und wo sich schon viele Leute eingefunden hatten. Alles waren begierig, dem Begräbnis des Protagonisten eines Dramas beizuwohnen, das zwar nicht vergleichbar war mit denen, die mein Kollege Shakespeare geschrieben hatte, doch es versprach genauso so tragisch und schön zu werden. So groß war der Wunsch, dieses Spektakel zu sehen, dass die Hirten und Hirtinnen von nah und fern herbeigeeilt waren, ganz so, als ob es sich um ein Schauspiel meines Kollegen gehandelt hätte.
Grisóstmo lag, noch im Tode schön, in seinem Sarg. Die Frauen weinten und dachten dabei an ihre Ehemänner, die das Kartenspiel, den Wein und die anderen Frauen weit mehr verehrten, als sie selbst, denn alle Beatrices dieser Welt, gehen mit der Zeit in den Himmel oder kommen auf die Erde zurück, sowie die Männer, die in der Jungend schön waren, schließlich doch einen Bauch bekommen.

Allein die Schönheiten auf Papier sind unsterblich, widerstehen der Zeit und deswegen gefiel es Herrn Vivaldo, so hieß einer der zwei noblen Herren, die gekommen waren, um der herrlichen Tragödie beizuwohnen, überhaupt nicht, dass die Papiere, die neben dem dahingeschiedenen Grisóstomo lagen, zusammen mit diesem beerdigt werden sollten. Denn auch wenn dieser nun seinen Liebeskummer nicht mehr besingen konnte, so konnten sie dennoch zukünftigen Generationen als Vorbild dienen und durften nicht mit diesem begraben werden, wie Grisóstomo das in seinem Testament verfügt hatte.

Die Hirten, die von der Schönheit literarischer Schmerzen nichts wussten und reale Schmerzen vorzogen, vorausgesetzt, dass es nicht ihre eigenen waren, waren eher geneigt, den letzten Willen von Grisóstomo zu respektieren, denn sie wussten nicht, dass dieser, als er sein Testament machte, davon träumte, dass im letzten Moment ein gebildeter Herr kommen würde, der seine Verse retten würde, was wiederum seinen Ruhm steigern musste, denn noch erhabener musste dieser sein, wenn er gar nicht angestrebt worden war.

Was? Ich soll dich nicht wie einen Esel behandeln, weil ich dich ja gar nicht kenne? Du wohnst vier Jahrhunderte in der Zukunft und deshalb kann ich dich nicht kennen? Alles was ich erzähle, gilt nicht mehr in deinem Jahrhundert und für dich? Zu deiner Zeit reiten die Menschen nicht mehr auf Pferden, bzw. nur die Armen täten dies. In deinen Zeiten reitet man auf Stieren, die man speziell für diesen Zweck gezüchtet hat und diese sind zehnmal so schnell und stark wie ein Pferd? Bah! Ob man auf einem Pferd reitet oder auf einem Stier, das Ziel ist dasselbe. Von einem Ort zum andern zu gehen, der so langweilig ist wie der vorhergehende, und bei den Mädchen Eindruck machen.

Was? In deinem Zeitalter gibt es zehnmal so viele Verrücktheiten wie in meinem? Bah! Damit willst du mich beeindrucken? Du glaubst die Tür zur Zukunft ist für mich etwas wie die Säulen des Herkules für die Griechen, der große unbekannte Atlantik, den sie nie zu betreten wagten, aus Angst, sich im Unendlichen zu verlieren? Ach mein Sohn, ich lach mich schlapp. Erstens interessiert es mich überhaupt nicht, wie viele und was für Verrücktheiten es in deinem Zeitalter gibt, mir reichen die, die ich hier habe. Mit den Verrücktheiten ist das wie mit den Gleichungen in der Mathematik, wenn du weißt, was das ist und nicht zu denen gehörst, die die Fenster putzen, was man wohl in deinem goldenen Zeitalter sicher noch machen wird, so wie man es in meinem macht.

Bei den Gleichungen kann man von dem, was auf der linken Seite steht auf das schließen, was auf der rechten Seite steht. Kennt man also die Verrücktheit, dann kann man leicht erschließen, welche Leidenschaft diese erzeugt hat und kennt man die Leidenschaft, dann weiß man auch sofort, welche Verrücktheit diese hervorbringen wird. Dass es in deinem Zeitalter mehr und unterschiedlichere Verrücktheiten gibt als in meinem, spielt überhaupt keine Rolle, die Gleichung ist immer die Gleiche. Es gibt keinen Unterschied zwischen deinem Zeitalter und dem meinigen.

Was? Deprimierend ist das, was ich sage, denn es würde bedeuten, dass es keinen Fortschritt in der Geschichte gäbe und alles immer gleich bliebe? Also einen Unterschied gibt es schon, denn so ulkige Hasen wie dich, gibt es in meiner Zeit nicht. Die Frage, ob es einen Fortschritt in der Geschichte gäbe, scheint neueren Datums zu sein. Und, habt ihr das Problem gelöst? Nein? Das hab ich mir fast gedacht. Dann versuch nicht, mich zu beeindrucken, denn ich bin Miguel de Cervantes Saavedra, ich sah das Weiße im Auge des Türken, bevor ich ihn köpfte, sah die Wollust in seinen Augen, als er mir die linke Hand abschlug. Nichts erschreckt mich und nichts beeindruckt mich und vor allem dein bisschen Zukunft nicht. Und jetzt hörst du auf, dich ständig mit deinen schwachsinnigen Fragen in diese Geschichte zu drängen, denn diese Abhandlung richtet sich an meine Zeitgenossen und nicht an dich.

Wir haben weiter oben gesehen, dass der gewitzte Grisóstomo in seinem letzten Willen verfügt hatte, dass die unvergänglichen, schönen Strophen, Frucht der vergänglichen Schmerzen seines Herzens, mit ihm begraben werden sollten. Anstatt sie nun aber schlicht zu verbrennen, was ja leicht gewesen wäre, denn einen Ofen gab es in jedem Haus, verfügte er, dass man sie, in der vagen Hoffnung, dass jemand vorbei käme und sie retten möge, neben seinen Leichnam in den Sarg legen möge, denn es gibt nichts Nobleres, als Ruhm, der nicht gerühmt werden will. Und so geschah es. Herr Vivaldo konnte, in einem kurzen Moment, als die Hirten unachtsam waren, einige der Papiere, die neben dem Hingeschiedenen lagen, ergreifen. Hiermit endet dann die Geschichte dieser verrückten Liebe und das Wenige was noch fehlt, erzählen wir im nächsten chapter .