Capítulo décimo cuarto

Donde se ponen los versos desesperados del difunto pastor con otros no esperados sucesos y donde se aprende que a las locuras, incluso se las copia.

Yo sé, lector mío, me dirijo a mis contemporáneos y no a ese sabelotodo del futuro que no tiene ni puta idea de la vida, sé lo que quereis saber ahora. Quereis saber lo que decían los papeles que estaban al lado del difunto.
Si habéis escuchado esta historia ya varias veces, lo que es muy probable porque se la cuenta por todas partes, a lo mejor os habéis dado cuenta de que hay grandes diferencias en cuanto se refiere a los poemas salvados de la tumba eterna; por lo menos lo habrán percibido aquéllos que al oír la palabra poesía y poema no sienten una fuerte sensación de disgusto y esperan hasta que se continúe en prosa. Pues bien, no sólo es que haya diferencia en algunas palabras, esto podría explicarse sin problema por la flaqueza de la memoria. ¡No, no es así! Son poemas completamente distintos, se podría creer que cada uno pone lo que le gusta o lo que sabe. No sabemos si el poema que aquí mostramos es realmente uno de ésos, que el señor Vivaldo hubo salvado; pero, por razones que vamos a explicar dentro de poco, nos parece de poca importancia, a pesar de que el rigor científico con el cual se debe tratar un tema tan serio como la locura, no esté muy conforme que digamos.

Yo no sé qué significa
que tan triste me sienta.
Hay una vieja historia
clavada en mi memoria.

Puro el aire, se acerca la noche
y del río sólo un murmullo se oye
cristalina el agua, hacia el mar fluye
y al lado, de lejos, se ve un peñasco

Ahí está sentada una mujer hermosa,
que con su belleza el sol deposa.
Cubren su cabellos dorados
un cuerpo que pertenece a una diosa.

Con un peine de oro los peina
mientras como una sirena canta
y esta melodía tan bella,
sobre el río al barco pequeño llega.

El barquero en su barco la oye
y lo que está alrededor se desvanece;
pero en el fondo del río el arrecife,
ése, eternamente permanece.

Siendo su corazón tan enternecido,
las olas se lo habrán tragado
y más tarde todos han dicho
que por esta mujer fue hecho

Como dijimos, no hay ninguna garantía de que este poema sea uno de aquéllos que el señor Vivaldo salvó de ser enterrados y habrá muchos entre vosotros, que habrán oído otra versión. Sin embargo podemos ponernos de acuerdo en que el tema principal es el mismo. Hay alguien que adora a una mujer que no le hace caso. No sabemos dónde está el roquedal sobre el cual está sentada y de qué río se nos está hablando. Puede ser el Duero, el Guadalquivir, el Támesis o incluso el Rin, que se encuentra en ese país lejano que todavía no tiene nombre. Y no tendríamos problema ninguno en encontrar otros miles de poemas, que cantan a una mujer, que no hizo caso a quien la amaba.
De ello, podemos sacar un par de conclusiones más genéricas. La primera bastante obvia, la segunda un poco más sutil.
En primer lugar, que las pasiones son las mismas en todas partes y por lo tanto, también las locuras que de dichas pasiones surgen.
A una persona como tú, mi querido lector contemporáneo o del futuro, la segunda conclusión le costará un poco más entenderla y es la que sigue. Con las pasiones sucede lo mismo que con los pensamientos. Un pensamiento no es loco, cuando todos lo piensan; y por lo tanto, para no pasar por un loco, siempre hay que pensar lo que los otros piensan. Esto es muy obvio. Menos obvio es el hecho de que lo mismo pasa con los sentimientos. Sentimientos jamás sentidos por otro, son sentimientos locos. Lo mismo pasa, dicho sea de paso, con las preguntas. Llamas preguntas sanas a todas aquéllas, que todos se hacen y locas a todas las que sólo poca gente se hace. No tiene por lo tanto ninguna importancia, si hay respuesta a una pregunta o no, basta que todos se la hagan. No es ningún problema que haya preguntas sin respuesta puesto que todos se preguntan la misma cosa. En este caso todos están tranquilos, porque es la cosa más normal del mundo. El problema surge cuando alguien se pregunta algo que nadie se había preguntado antes y más aún si esta pregunta loca tiene una respuesta, porque en opinión de la mayoría siempre será igual de loca.

¿No lo entiendes? ¿Necesitas que eche más leña al fuego? ¿Un ejemplo quizás? Pues te voy a dar uno, a ver si podemos poner un poco de luz a la oscuridad que reina en tu mollera.
En aquel momento, en toda España la gente se preguntaba cómo traer más oro de las Indias porque teniendo más oro, más rica sería España. Ésta es una pregunta cuasi retórica, que no tiene respuesta, pero que a nadie le parece loca. Si alguien ahora preguntara qué hacer con todo ese oro, ésa sí sería una pregunta loca y la respuesta más loca aún. De nada sirve explicar a la gente, que con el oro se pueden comprar cosas, pero sólo, si alguien las ha producido antes. Las cosas que no existen, no se pueden comprar ni con todo el oro que pudiera traerse de las Indias. La respuesta a esta pregunta sería entonces, que hay que trabajar y producir las cosas que queremos comprar con el oro. Mas ésta, evidentemente, es una respuesta inquietante y por lo tanto loca.

Pasa lo mismo, por tanto, con los pensamientos, sentimientos y preguntas. Sólo son sanos, si son compartidos por nuestro prójimo.
Pero esto no es lo realmente interesante del asunto, o mejor dicho, lo divino. ¡Sí, lo divino!
¿No debemos hablar de divino, si de lo feo nace lo bello, si por voluntad divina, del dolor nace la alegría? ¿No debemos hablar de divino si esto es tan inexplicable, que nadie se pregunta cómo ocurre, porque desde los tiempos más remotos ha sido así? ¿No ha convertido el poeta que la Odisea cantaba, los sufrimientos de Ulises en gozo y placer para todos los que leyeran su obra? ¿No nos enternece el gran sufrimiento que Aquiles sintió al ver a su amigo Patroclo muerto? Pero, ¿quién canta las delicias de Ulises vuelto a casa, cuando perdiéndose en inconsciente placer, con su esposa Penélope engendró una nueva vida? ¡¡Nadie, nadie!!; porque a pesar de que del dolor nace la alegría y de lo feo, lo hermoso; de la propia alegría, no nace nada. ¿Quién se hubiese interesado por los poemas de Grisóstomo si en ellos sólo se describieran las delicias del cuerpo de Marcela?

Tantas locuras hay, como pliegues el alma tiene, donde las pasiones de las que la locura se desprende, residen. ¡Ay dolor! Tan despreciado eres y tanto te necesitan. Nadie te elogia en exaltados versos cuando tú, eres la causa de tristezas tan dulces.

Himno al dolor

!Ay dolor divino! Tan despreciado
tú, que eres regalo tan hermoso.
Tú que conviertes en flor la maleza.
Tú que sacas de lo feo belleza.

Sin que tu magia nosotros conozcamos,
desde eternos tiempos te adoramos.
Inconscientes adoradores de tu poder divino
tierno haces el corazón, como lo hace débil el vino.

!Ay dolor divino! Son las lágrimas tus hijas,
gotas que caen como de fuentes eternas.
Eterno es el dolor, eterna la alegría;
hay que sufrir, para sentir la vida

¡Ay dolor, espléndido fruto de la luna!
Niega tu sabor lo que pasa a la luz del día.
Das sentido al brillo del vino; y en el ocaso,
invades el paisaje de dulce melancolía

Cuando finalmente sepultaron a Grisóstomo y el párroco comenzó su discurso sobre las miserias de la vida…” que en esta vida todo es miseria, que tenemos que sufrir todos por el pecado original cometido por aquella mujer, que creada fue por una costilla de Adán, que la felicidad la encontraremos sólo cerca de Dios donde Grisóstomo, para consuelo suyo y nuestro ahora está”,… apareció Marcela en la cima del monte vecino. Se veía su cabello negro y rizado, que los últimos rayos del sol hicieron brillar con tonos rojizos. La hermosura de su cara habría hecho ponerse de rodillas al mismo Michelangelo, que no quería pintar a las mujeres como eran en realidad, sino como el mismo Dios se las había imaginado. Ángel parecía bajado del cielo, con su cuerpo garboso y esas manos finas que tocaban la guitarra. Todos la miraban, con corazones que dejaron de latir, cuando una canción, que salía de sus labios de cereza, se difundió por el valle como si Dios mismo hubiese querido mostrar, que en el paraíso, la noción del tiempo se desvanece.

Ay mi dolor, mi dolorcillo,
que con tanto placer
en mi pecho arrullo.

Tú me enseñas, con dulces versos,
el placer que surge de mis sollozos.
Tú, me enseñas cuán triste es la vida
para que con más facilidad, de ella me despida.

Qué placer en la suave tarde de verano
cuando desesperadamente a esa bruja añoro.
Qué dulce es sentir la risa de la gente
cuando por mis mejillas una lágrima corre.

Ay mi dolor, mi dolorcillo,
que con tanto placer
en mi pecho arrullo.

En ese momento, todos amaban a Marcela. Incluso la fortaleza tan fornida que el párroco se había construido con su raciocinio loco, fue derrumbada por ese dolor. Absortos estaban con la esperanza de que ese momento durara eternamente y sabiendo que nunca más sentirían algo tan puro.
Sólo el muy ladino de Vivaldo, que ya conocía fenómenos de este tipo, era capaz de hacer uso de su entendimiento. Sacó un lápiz de su bolso y anotó los versos en un librito que traía consigo para que este dolor pudiese ser oído también en el futuro; porque como ya hemos aprendido, las bellezas locas se conservan perfectamente sobre el papel, mientras que todas las otras se desvanecen con el tiempo. Y claro, para qué negarlo, él vio de inmediato que debía de haber una relación entre el poema que tenía en la mano, ese poema de la sirena con los cabellos de oro, y el que acababa de oír. Y se preguntó si este último no fue también escrito por Grisóstomo, lo que explicaría que Marcela no hiciera caso a este chico guapo. (Al menos era el más guapo que por esos pagos había.) Tal vez pensó ella que haciéndole caso, la fuente de tanta belleza se habría secado; y como, sólo las bellezas que sobre papel se describen son eternas y las otras pueden desvanecerse en un santiamén, decidió nutrir dicha fuente imitando a Beatrice - pues siempre la gente imita y copia - que habría caído en el olvido si se hubiera casado con Dante y entonces “La Vita Nova” no se habría escrito y ella se habría quedado en tierra, lo que a a la larga, habría sido un poco aburrido.

Tú, mi lector contemporáneo y futuro, eres más bien como estos cabreros y me imagino que todavía estás ahí asombrado por todas las cosas que acabas de oír y con el corazón encogido por la belleza de los dolores locos. Está bien hijito, no es nada grave, se te pasará.



 

chapter vierzehn

Wo die verzweifelten Verse des verblichenen Hirten gezeigt werden und andere unerwartete Dinge und wo wir lernen, dass auch die Verrücktheiten kopiert werden

Ich weiß mein Leser, ich richte mich an meine Zeitgenossen und nicht an den Besserwisser in der Zukunft, der keinen blassen Schimmer vom Leben hat, ich weiß, was ihr jetzt wissen wollt. Ihr wollt wissen, was in den Papieren des Verstorbenen stand.

Wenn ihr die Geschichte nun schon mehrere Male gehört habt, was sehr wahrscheinlich ist, weil man sie ja überall erzählt, habt ihr vielleicht schon bemerkt, dass es große Unterschiede gibt, was die aus dem ewigen Grab erretteten Gedichte angeht. Zumindest diejenigen, denen nicht schon beim bloßen Wort Dichtung ein Schauer über den Rücken läuft und hoffen, dass es bald in Prosa weitergeht, haben dies bemerkt. Die Unterschiede bestehen nicht aus einigen Wörtern, die anders sind, das könnte man durch die Schwäche des Gedächtnisses erklären. Nein, so ist das nicht! Es handelt sich um völlig unterschiedliche Gedichte, man könnte den Eindruck haben, dass jeder das einsetzt, was ihm gefällt oder was er kennt. Wir wissen also nicht, ob das Gedicht, das wir hier zeigen, eines jener Gedichte ist, die Herr Vivaldo gerettet hatte, was uns aber, aus Gründen, die wir gleich erklären werden, auch nicht besonders wichtig erscheint, wenn auch die wissenschaftliche Sorgfältigkeit, mit der ein so ernstes Thema wie der Wahnsinn zu behandeln ist, sich mit dem, was wir anführen werden, nicht vollkommen zufriedengestellt ist.

Ich weiß nicht was soll es bedeuten,
dass ich so traurig bin.
Es gibt eine alte Geschichte,
die geht mir nicht aus dem Sinn.

So klar ist die Luft und es dämmert die Nacht
und vom Fluss vernimmt man nur ein sanftes Rauschen,
so klar ist das Wasser, es fließt in Richtung Meer
und am Ufer, in der Ferne, steht ein Fels.

Dort sitzt eine wunderschöne Frau,
deren Schönheit die der Sonne überragt.
Ihre goldenen Haare umhüllen
einen Körper, der dem einer Göttin entspricht.

Mit einem Kamm aus Gold kämt sie ihr Haar,
während sie wie eine Sirene singt
und diese so wunderschöne Melodie
erreicht das kleine Boot im Fluss.

Der Schiffer im Boot hört die Melodie
und was um ihn herum verschwindet.
Doch die Klippe auf dem Grunde des Wassers
bleibt und verschwindet nimmer.

Weil das Herz so gerührt,
haben die Wellen ihn verschlungen
und später sagten alle,
dass dies sei das Werk dieser Frau.

Wie wir schon sagten, gibt es keine Garantie, dass dieses Gedicht eines von jenen ist, die Herr Vivaldo davor bewahrt hat, begraben zu werden und es wird viele unter euch geben, die eine andere Version gehört haben. Wir können uns jedoch darauf einigen, dass das Thema das Gleiche ist. Es gibt jemanden, der eine Frau bewundert, die nichts für ihn übrig hat. Wir wissen nicht, wo dieser Felsen ist, auf dem sie sitzt und von welchem Fluss die Rede ist. Es kann der Duero sein, der Guadalquivir, die Themse oder sogar der Rhein, der sich in einem Land befindet, das noch keinen Namen hat. Es wäre auch nicht schwierig für uns, tausende anderer Gedichte zu finden, die eine Frau besingen, die denjenigen, der sie liebte, verschmähte.

Hieraus können wir nun einige allgemeinere Schlussfolgerungen ziehen. Die erste naheliegend und die zweite subtiler.

Die erste zu ziehende Schlussfolgerung ist, dass die Leidenschaften sich überall ähneln, weshalb auch die Verrücktheiten, die diese Leidenschaften hervorbringen, überall die gleichen sind.

Die zweite Schlussfolgerung zu verstehen wird dich, mein lieber Leser von heute oder aus der Zukunft, einiges an Mühe kosten. Mit den Leidenschaften verhält es sich wie mit den Gedanken. Ein Gedanke ist nicht verrückt, wenn er von allen gedacht wird, weshalb man, um nicht für verrückt erklärt zu werden, immer das denken muss, was die anderen denken. Das ist ganz offensichtlich. Weniger offensichtlich ist, dass dies auch mit den Leidenschaften so ist. Gefühle, die noch nie von anderen gefühlt worden sind, sind verrückte Gefühle. Das ist, dies sei noch erwähnt, auch mit den Fragen so. Gesunde Fragen nennst du die Fragen, die sich alle stellen und verrückt jene, die sich nur wenige stellen. Es ist also völlig egal, ob es auf eine Frage eine Antwort gibt, es reicht, dass sich alle diese Frage stellen. Es macht nichts, dass es Fragen gibt, auf die man keine Antwort kennt, vorausgesetzt, dass alle dasselbe fragen. Ein Problem entsteht nur dann, wenn jemand eine Frage stellt, die noch nie jemand vorher gestellt hatte und noch verrückter ist diese Frage, wenn es auf sie eine Antwort gibt, denn diese Antwort wird in den Augen der Mehrheit noch verrückter sein.

Verstehst du das? Soll ich ein bisschen mehr Holz ins Feuer werfen? Ein Beispiel? Ich gebe dir ein Beispiel, mal sehen, ob wir ein bisschen Licht die Dunkelheit bringen können, die in deinem Hirn regiert.

Zu jener Zeit fragte sich alle Welt in Spanien, wie man noch mehr Gold aus Südamerika herbeischaffen könne, weil, je desto reicher wäre, desto mehr Gold man hätte. Das ist eine fast rhetorische Frage, die aber niemandem verrückt erschien. Hätte jetzt aber jemand gefragt, was man denn mit diesem Gold überhaupt machen wolle, dann wäre dies eine verrückte Frage gewesen und die Antwort wäre noch verrückter gewesen. Es nützt nichts, den Leuten zu erklären, dass man mit Gold zwar Dinge kaufen kann, aber nur dann, wenn diese auch vorher von irgendjemandem hergestellt worden waren. Dinge, die überhaupt nicht existieren, kann man nicht kaufen, egal wie viel Gold man aus Südamerika herbeischafft. Die Antwort auf diese Frage wäre also gewesen, dass man arbeiten muss und die Dinge, die wir mit dem Gold kaufen wollen, erstmal herstellen muss. Dies jedoch wäre eine beunruhigende Antwort gewesen und deshalb völlig verrückt.

Mit den Gedanken, Gefühlen und Fragen verhält es sich also immer gleich. Gesund sind sie nur, wenn sie von unseren Mitmenschen geteilt werden.

Doch das ist nicht das eigentlich Interessante daran, oder besser gesagt, das Göttliche. Ja, das Göttliche!

Müssen wir es nicht göttlich nennen, wenn aus dem Hässlichen das Schöne entsteht, wenn durch göttlichen Willen aus dem Schmerz Freude wird? Müssen wir nicht von göttlich sprechen, wenn dies so unerklärlich ist, dass niemand sich fragt, wie es geschieht, weil es seit undenklichen Zeiten so war? Hat nicht der Dichter, der die Odyssee sang, die Leiden des Odysseus für die Hörer seines Gesanges in Lust und Genuss verwandelt? Rührt uns nicht das Leiden des Achilles, als er sah, dass sein Freund Patroklos tot ist? Aber wer besingt die Lust des Odysseus, als er, heimgekehrt, in bewusstloser Wonne mit seiner Gattin Penelope neues Leben zeugte? Niemand, niemand! Denn, auch wenn aus dem Schmerz die Freude, aus dem Hässlichen das Schöne entsteht, so entsteht doch aus der Freude nichts. Wer hätte sich für die Gedichte von Grisóstomo interessiert, wenn diese nur die Schönheit von Marcelas Körper beschrieben hätten?

So viele Verrücktheiten gibt es, wie es Falten gibt, wo die Leidenschaften, aus denen die Verrücktheiten entstammen, sich verbergen. Oh Schmerz! Wie man dich verachtet und wie man dich braucht. Niemand feiert dich in extatischen Versen, du, der Grund so süßer Melancholie.

Hymne an den Schmerz

Oh göttlicher Schmerz! Wie man dich verachtet,
du, ach so köstliches Geschenk,
du, der zur Blume das Unkraut wandelst,
du, der dem Hässlichen die Schönheit entlockt.

Ohne dass wir deine Zauberkraft kennen,
bewundern wir dich seit ewigen Zeiten.
Unbewusste Bewunderer deiner göttlichen Kraft,
so sanft machst du das Herz, wie der Wein schwächt das Hirn.

Oh göttlicher Schmerz! Die Tränen sind deine Töchter,
Tropfen die aus ewigen Quellen sprudeln.
Ewig ist der Schmerz und ewig die Freude,
leiden muss man, um das Leben zu spüren.

Oh Schmerz, du Frucht des Mondes!
Dein Geschmack verneint die Ereignisse des Tages.
Du gibst dem Leuchten des Weines einen Sinn, und in der
Dämmerung umhüllst du die Landschaft mit süßer Melancholie.

Als man Grisóstomo schließlich begrub und als der Pfarrer mit seiner Predigt über das Elend des Lebens,..."dass hienieden alles ein Jammer ist, dass wir leiden müssen, wegen der Erbsünde, die die Frau begangen hat, die aus der Rippe Adams geschnitzt ward, dass wir das Glück nur in der Nähe Gottes finden, wo sich Grisóstomo, ihm und uns zum Trost, sich jetzt befindet"..., begann, da erschien Marcela auf dem Gipfel eines sich in der Nähe befindlichen Berges. Man sah ihr schwarzes Haar, das die letzten Strahlen der Sonne in rötlichen Tönen leuchten ließ. Die Schönheit ihres Gesichtes, hätte selbst Michelangelo, der die Frauen nicht so malen wollte, wie sie waren, sondern wie Gott sie sich vorgestellt hatte, auf die Knie sinken lassen. Ein auf die Erde herabgestiegener Engel schien sie, mit ihrem anmutigen Körper und ihren feinen Händen, die auf der Gitarre spielten. Alle schauten zu ihr empor, mit Herzen, die zu schlagen aufgehört hatten, als ein Lied, das aus ihrem wie eine Kirsche geformtem Mund entströmte, durch das Tal klang, als ob Gott hätte zeigen wollen, dass im Paradies sich der Begriff der Zeit auflöst.

Oh mein Schmerz, mein kleiner Schmerz,
den ich mit solch großer Lust
in meinem Busen wiege.

Du lehrst mich, in süßen Versen,
die Lust, die meinen Seufzern entströmt.
Du lehrst mich, wie traurig das Leben ist,
damit ich mich von diesem, leichter verabschiede.

Welch eine Lust, an einem lauen Sommertag,
wenn ich mich so verzweifelt nach dieser Hexe sehne.
Wie süß das Lachen der Leute,
wenn über meine Wangen Tränen fließen.

Oh mein Schmerz, mein kleiner Schmerz,
den ich mit solch großer Lust
in meinem Busen wiege.

In diesem Moment liebten alle Marcela. Sogar die feste Festung, die der Pfarrer sich mit seinem verrückten Gedankengebäude erbaut hatte, wurde von diesem Schmerz umgeworfen. Wie geistesabwesend standen sie da, in der Hoffnung, dass dieser Moment ewig währen möge und wohl wissend, dass sie nie mehr, etwas so Reines fühlen würden.
Nur der gewitzte Vivaldo, der mit solchen Phänomenen schon vertraut war, war noch in der Lage, seinen Verstand einzusetzen. Er nahm seinen Bleistift aus der Tasche und notierte die Verse in einem Büchlein, damit sie auch in der Zukunft gehört werden können, denn wir wissen ja bereits, dass die verrückten Schönheiten sich auf Papier ewig erhalten, während alle anderen mit der Zeit verschwinden. Klar ist auch, warum soll man dies bestreiten, dass er auch sah, dass es eine Verbindung geben müsse, zwischen diesem Gedicht, das er in der Hand hielt, diesem Gedicht von der Sirene mit den goldenen Haaren, und dem, welches er gehört hatte. Er fragte sich, ob letzteres nicht auch von Grisóstomo geschrieben worden war, was erklären würde, warum Marcela diesen hübschen Jungen verschmähte (Zumindest war er der Hübscheste in dieser Gegend). Vielleicht dachte sie, dass die Quelle von soviel Schönheit versiegen würde, wenn sie sein Werben erwidert hätte. Und da nur die Schönheiten auf Papier ewig sind und die anderen jeden Augenblick verschwinden können, beschloss sie, dem Beispiel Beatrices zu folgen - es wird ja immer imitiert und kopiert - die in Vergessenheit geraten wäre, wenn sie Dante geheiratet hätte, die Vita Nova wäre dann nie geschrieben worden, sie wäre auf der Erde geblieben, was auf die Dauer langweilig ist,.

Du, mein gegenwärtiger und zukünftiger Leser, bist eher wie diese Hirten und völlig überrascht von den Dingen, die du gerade gehört hast, dein Herz gerührt, von der Schönheit der verrückten Schmerzen. Es ist gut mein Sohn, das ist nichts Schlimmes, es wird vorübergehen.