Capítulo vigésimo cuarto

Donde se prosigue la aventura de la Sierra Morena y dónde aprendemos mucho sobre los filolocos

Los libros I

Como la fuente que nace en lo hondo de la tierra
para que pueda emprender el agua cristalina y fresca
su camino hacia la vida que la necesita,
nacen los libros en tierras lejanas
y nadie sabe cómo y ni siquiera por qué lo hacen.

Y al igual que el agua se extiende por la Tierra
para revelar los colores que tiene la vida,
revelan los libros todo aquello
que sin ellos nunca se habría sentido
y menos aún se habría visto.

Los libros II

Se conserva en los libros sentimientos
como se conserva el atún en conservas;
y alimento es este atún en invierno,
cuando de nieve están cubiertas las llanuras
como los son los libros en corazones secos.

Y estos corazones secos, conservan los libros
en cerebros aún más secos. Tan secos, que se volvieron locos.
Y estas mentes estériles, que confunden el papel con el pozo
si leen libros todo el día, se llaman filolocos.

Los libros III

Hay gente que gasta más esfuerzo
en encontrar la lógica a un libro,
que en analizar el alma del vecino;
y algunos muy atrevidos, dicen incluso
que tiene que haber una verdad en un libro.

Pero si la fuente de los libros es la vida
y esta vida no tiene sentido alguno,
¿por qué se espera encontrar sentido a un libro,
si más verdaderos son los libros que no tienen sentido?

Los libros IV

Dicen los filolocos y otros locos
que puede haber verdad en una palabra
y que muchas palabras, son aun más verdaderas.
Lo que visto de cerca, parece una chorrada
porque pescar con palabras la vida, ya es mentira.

Y como lo que está escrito en un libro
si no es copia, o es verdadero
o viene de regiones profundas pero mudas,
¿cómo puede haber una palabra adecuada?

Los libros V

Como pájaros, son las palabras
que se desprendieron de la tierra
y como aquéllos, en tiempos remotos
estaban ligados a ésta.

Huellas son las palabras
de algo que ya no existe;
pero que con el paso de la vida
a lo mejor renace.

Los libros VI

Los filolocos son buitres,
aves feas con alas pedantes,
que vuelan sobre huellas
de algo que ya no existe.

Llenan sus secas cabezas
de palabras basura;
y este pasatiempo divertido,
engendra otra nueva chorrada.

Si una vez las palabras
ayudaron a soportar el dolor
y a cantar la alegría,
ellos las convirtieron en paja.

Sus cabezas, se llenan de libros
como esponja seca de agua;
pero siendo la tierra estéril,
lo único que engendran son palabras
y ¿qué hay más asqueroso?

¿Qué pensar de nuestro Don Quijote? ¿Y qué pensar de Sancho Panza? En el primero, por lo menos hay partida aunque no siempre hay llegada y cuando la hay, es mezquina. En el segundo ni tan siquiera hay partida y por lo tanto tampoco gran llegada. Aunque puede ser mucho más sensato no ir a ninguna parte, si la llegada se adivina infructuosa o loca.
Tan raro era este loco noble, como vamos a ver en este cuento, como Don Quijote mismo y por lo tanto igual de enigmático. El único que no es para nada enigmático es Sancho Panza, porque él es como nosotros.

Habría podido estudiar Cide Hamete Benengeli más en profundidad a este noble loco, pero la realidad es que no lo hizo. Poca información nos da; sin embargo, por algunas insinuaciones que hace, se puede presumir lo que piensa. No hay que confundir estas insinuaciones con una afirmación, Cide Hamete Benengeli no afirma nada en cuanto se refiere a este loco, porque son demasiado escasos los datos históricos comprobados para afirmar algo. ¿Pero no podemos deducir de la simpatía que Don Quijote siente por él que lo considera como hermano suyo, igual de loco? ¿No hemos visto ya que escribe sonetos que describen dolores ajenos como si fueran suyos y que en estos plagios de dolores ajenos hay muy poco de sus propios dolores? Y la historia que nos va a contar en seguida, ¿no parece una historia que ya hemos oído miles de veces, con miles de variantes, porque el mismo dolor ha generado miles de historias similares y en otros tantos miles de historias diferentes, el mismo dolor encuentra consuelo?

Era este loco, hijo de una familia noble, así lo cuenta, y amaba a una hija de padres nobles, y a la que conocía desde la más tierna infancia. Estaba a punto de casarse con ella, con el consentimiento de los respectivos padres, cuando el ilustre duque Ricardo le pidiera venir a la corte para ser compañero de su hijo mayor. Tan grande era este señor, que pedir significaba ordenar. Allí se hizo amigo del hijo menor, lo que significa que tanto el mayor como el menor se aburrían y daba igual a cual de los dos entretuviese. Aquél, el menor, ya tenía un entretenimiento, la hija de un campesino rico que era evidentemente hermosa, culta, prudente, etc. etc.…

Lo único verosímil en esta historia es el hecho de que éste, el hijo menor del duque, no escribía poemas a su amada, como solía hacer Cardenio, porque los poemas son un poco abstractos, lo que es muy obvio cuando el objeto de deseo es una chuleta o un pedazo de otra sabrosa carne. A nadie se le ocurriría escribir un poema a una chuleta, porque en este caso la abstracción no sirve de nada.

Himno a la chuleta

A ti va dirigida mi canción,
tú, que sobre mi plato deseo,
tú, que además de real eres hermosa.

Para cantarte a ti, no me hace falta
ni amor, ni flor, ni estrella,
un poco de sal me basta
y un par de patatas por añadidura.

Mientras tú te comes la chuleta, yo sigo con el cuento.

El hijo menor, que se llamaba Fernando, dicho sea de paso aunque no tenga la menor importancia, era obviamente un representante de la mayoría, no leía poemas y no los escribía. Esto es lo único verosímil en esta historia.
De todas maneras, quería lo que los chicos suelen querer y para eso era menester desposar la linda chica, de la que hemos hablado arriba, antes, lo que para nada era su intención, porque siendo chico guapo y divertido, su casamiento habría entristecido a todas las otras chicas que por allí vivían. Así que fue una noche a la casa de esta guapetona moza, abrieron una botella de vino y después de haberse bebido el vaso entero de un trago, dijo nuestro Don Juan, Fernando, que iba a casarse con ella y la amaría eternamente. Ella sólo le respondió con un "sí, sí, sí" muy tierno, tomándole la mano con lo que quería decir "chico, no seas tan tímido y deja de decir tonterías“. E hicieron lo que se suele hacer en estos casos.

El problema era el padre de la chica, que sí que estaba muy interesado en casarla con Fernando, que iba a heredar una fortuna. Insinuó pues frente a Fernando que también podía comportarse como un turco en las apartadas aldeas del imperio otomano; o sea, matar por el honor ofendido. Esto le pareció muy mal a su hija porque a pesar de que Fernando era guapo, había mejores partidos y este chico tenía poca experiencia. Así dijo a Fernando acariciándolo tiernamente, que más valía que se alejara por un tiempo, prometiéndole que le enseñaría un par de cosas cuando volviera.
No sabiendo Fernando realmente a donde ir, preguntó a nuestro loco de las montañas, o sea a Cardenio, que le servía de compañero, si podían ir un par de días a casa de su padre, lo que pareció idea estupenda a Cardenio, porque de esa manera podría ver a su amada Lucinda, así se llamaba la chica con la cual quería casarse éste y a la cual había escrito una carta con cantidad de sonetos cada día.
Lo que pensaba Lucinda de todos estos sonetos algo, digamos, abstractos, no se sabe, pero si se piensa en el final de la historia, parece que no mucho. Es más que probable que le fastidiara un poco verse convertida en princesa de Tracia, doncella de un caballero andante, en la Laura de Petrarca y otras damiselas de caballeros andantes o románticos empedernidos.
Podía ella seguir de esta forma la lectura de Cardenio, saber en cualquier instante lo que él estaba leyendo, pero no le interesaba mucho. Sea como fuere, Cardenio y Fernando se fueron a la aldea del primero y poco tiempo después, Fernando conoció a Lucinda. A Lucinda le pareció bastante divertido este Fernando, más práctico también y menos pedante que Cardenio. Y cuando Fernando insinuó que ya había adquirido experiencia, claro que lo insinuó de forma muy divertida, ella también quiso saber de qué iba la cosa. Y así ocurrió lo que tenía que ocurrir mientras Cardenio estaba leyendo un soneto de Petrarca.

Vosotros que escucháis en sueltas rimas
el quejumbroso son que me nutría
en aquel juvenil error primero
cuando, en parte, era otro del que soy,

del vario estilo en que razono y lloro
entre esperanzas vanas y dolores,
en quien sepa de amor por experiencia,
además de perdón, piedad espero.

Pero ahora bien sé que tiempo anduve
en boca de la gente, y a menudo
entre mí de mí mismo me avergüenzo;

de mi delirio la vergüenza es fruto,
y el que yo me arrepienta y claro vea
que cuanto agrada al mundo es breve sueño.

Le gustó mucho este poema, a pesar de que el asunto era un poco raro y no pegaba bien el poema con su situación. Primero, él era todavía joven, así que era un poco raro hablar de su juventud como algo que ya había pasado. Vanas esperanzas y dolores casa mejor, pero se habría podido evitar, como demostró Fernando. Bueno, todo el soneto es un poco raro, pues describe de manera poco precisa el dolor que tendría después de haberse dado cuenta de las hazañas nada caballerosas de Fernando.
Hasta aquí, todo claro y no hay problema alguno. Lo realmente curioso es esto. En un momento dado, en medio de la narración, al pronunciar el nombre de su amigo convertido en enemigo, Fernando, se quedó como pasmado, sus ojos comenzaron a quedarse en blanco, sus labios temblaron, la cara pálida como la de un muerto y soltó estas frases fatales:

Cardenio:
- No se me puede quitar del pensamiento, ni habrá quien me lo quite en el mundo, ni quien me dé a entender otra cosa (y sería un majadero el que lo contrario entendiese o creyese), sino que aquel bellaconazo del maestro Elisabat estaba amancebado con la reina Madésima.

Ahora era Cardenio quien se convertía de amigo en enemigo. Un caballero andante como Don Quijote de la Mancha no podía soportar tal insulto.

Para un historiador, esta frasecita habría sido un vestigio, la pista para una investigación más profunda, porque de repente el cerebro, que normalmente es capaz de esconder lo que piensa, en este ataque de locura reveló sus secretos. Cardenio comparó Fernando a Elisabat, un hombre honrado que encontramos en el Amadís de Gaula, consejero y médico de la reina Madésima con Fernando y Madésima, la reina, con Lucinda. Había confundido algo, como ya lo hizo en su soneto, siendo Filia la que sufría y no Demofonte, porque Elisabat tenía efectivamente un relación amorosa, pero no con Madésima. Pero sea confusión o locura, tal ofensa al honor de Madésima y Elisabat, no se podía tolerar.
¡Sí, sí, sí! Ya lo sé. Tú dirás al igual que Sancho Panza, como vamos a ver en seguida, que esto no es muy creíble, que Cide Hamete Benengeli se construyó una teoría y con esta teoría en mente, modificó los hechos para que casasen bien con su teoría. Posible, pero no probable o mejor dicho, una soberana estupidez de las tuyas es lo que dices. Posible es que Cide Hamete Benengeli haya destacado la importancia de algunos hechos por tener una teoría, pero improbable que se haya inventado algo. ¿Que parece inverosímil, que alguien se sienta ofendido por una cosa de fantasía, por algo que no existe en realidad? ¿No hubo guerras por más de si la Trinidad era una o trina, compuesta de el Padre (Dios), el Hijo (Jesucristo) y el Espíritu Santo? ¿No discutieron los teolocos apasionadamente, acusándose de heréticos los unos a los otros, sobre la cuestión de si el alma es divina y eterna y en el caso de que sea eterna, si ya existía antes de nacer el cuerpo? ¿Y no se quemó en la hoguera a todos aquéllos que dijeron que la Tierra giraba alrededor del Sol y no al revés?
¡Sí, sí, sí! Tú dirás que en todos estos casos, la discusión sólo disfrazaba cositas más concretas, la lucha por el poder. ¡Sí, sí, sí! Nadie lo niega, también nuestro inocente caballero andante tiene de vez en cuando apetitos muy concretos, ya lo hemos visto. ¿Pero no hemos visto también que hay gente que muere por palabras, única y exclusivamente por palabras? Patria, honor, religión. No cabe duda de que voraz apetito tendrían los que inventaron estas palabras, mas quienes murieron por ellas, sólo tenían patria, honor y religión y ninguna ansia concreta, sólo palabras; y por eso no sólo eran unos locos, sino también tontos.

Sea como fuere, Don Quijote tildó a su nuevo enemigo de cabrón, imbécil, tonto, villano y todo lo que se le ocurría, hasta que el loco Cardenio le dio tal puñetazo en la cara, que Don Quijote quedó clavado en el suelo. Y el mismo destino tuvieron Sancho Panza y el cabrero que acudieron en su socorro. Después Cardenio se alejó tranquilamente y desapareció en el bosque.

Y si quieres saber algo más sobre tu alma, tendrás que seguir leyendo el capítulo siguiente.


 

chapter vierundzwanzig

Wo das Abenteuer in der Sierra Morena weitergeht und wo wir viel über die verrückten Philologen lernen

Die Bücher I

Wie die Quelle, die in den Tiefen der Erde entspringt,
damit das kristallklare und frische Wasser
seinen Weg beginnt, zum Leben, das es braucht,
so entstehen die Bücher an entfernten Orten
und niemand weiß, wie oder warum sie das tun.

Und wie das Wasser über die Erde strömt,
um die Farben des Leben zu enthüllen,
so enthüllen die Bücher all das,
was man ohne sie nie gefühlt,
ohne sie nie gesehen hätte.

Die Bücher II

Man bewahrt in den Büchern Gefühle,
wie man Thunfisch aufbewahrt in der Dose;
Nahrung ist dieser Thunfisch dann im Winter,
wenn der Schnee bedeckt die Felder,
wie es die Bücher sind in trockenen Herzen.

Und diese trockenen Herzen bewahren die Bücher in
noch viel trockeneren Hirnen. So trocken, dass
der Wahnsinn sie verwirrte. Und diese sterilen Hirne,
die das Papier mit dem Brunnen verwechseln, nennt man Philologen

 

Die Bücher III

Leute gibt es, die sich mehr mühen,
die Logik eines Buches zu entdecken,
als die Seele ihres Nachbarn zu erkunden,
und einige ganz Kühne meinen, dass es
eine Wahrheit geben müsse, in den Büchern.

Doch wenn der Quell der Bücher das Leben ist,
und diesen Leben keinen Sinn ergibt, wieso
erwartet man dann, Sinn zu finden in den Büchern?
Und sind nicht wahrer jene, die jeglichen Sinns entbehren?

Die Bücher IV

Die verrückten Philologen und andere Durchgeknallte sagen,
dass Wahrheit in einem Wort sein könne,
und viele Wörter noch viel wahrhaftiger seien,
was aus der Nähe betrachtet, eine große Dummheit,
denn schon mit einem Wort nach dem Leben fischen, ist eine Lüge.

Und wenn das, was in einem Buch steht, keine Kopie,
sondern entweder wahr oder entsprungen aus tiefen
Tiefen, die so stumm wie tief,
wie kann es dann ein Wort geben?

Die Bücher 5

Wie Vögel sind die Wörter,
die sich von der Erde losgelöst
und wie diese, in nun entfernte Zeiten,
mit dieser waren verbunden.

Spuren sind die Wörter, von etwas,
das nun nicht mehr existiert,
dass aber, schreitet das Leben weiter,
vielleicht wieder neu entsteht.

Die Bücher VI

Die Philokröten sind Geier
hässliche Vögel, mit pedantischen Flügeln,
die über Spuren fliegen,
von etwas, das aufgehört hat zu existieren

Sie füllen ihre trockenen Köpfe
mit lauter Wörtern aus Müll
und dieser lustige Zeitvertreib
produziert dann noch mehr Stuss.

Wenn die Wörter einmal halfen,
den Schmerz zu ertragen
und die Freude zu singen,
dann haben sie diese in Stroh verwandelt.

Ihre Köpfe füllen sich mit Büchern,
wie ein trockener Schwamm mit Wasser.
Doch da der Boden steril,
entstehen nichts als Worte,
was gibt noch Ekelhafteres?

Was sollen wir von Don Quijote halten? Was über Sancho Panza denken? Beim ersten gibt es wenigstens Aufbruch, wenn auch nicht immer Ankunft und wenn es eine gibt, dann ist sie erbärmlich. Beim zweiten gibt es nicht mal Aufbruch und folglich nicht mal große Ankunft. Vielleicht ist es aber vernünftiger, überhaupt nirgends hinzugehen, wenn abzusehen ist, dass die Ankunft fruchtlos und verrückt ist.

So merkwürdig war der verrückte Edelmann, wie wir in dieser Geschichte sehen werden, wie Don Quijote selbst und deshalb auch genauso rätselhaft. Der Einzige, der überhaupt nicht rätselhaft ist, ist Sancho Panza, denn er ist wie wir.

Cide Hamete Benengeli hätte diesen verrückten Edelmann eingehender studieren können, tat es jedoch nicht. Er liefert uns nur wenig Informationen, einigen Andeutungen können wir jedoch entnehmen, was er denkt. Diese Andeutungen darf man nicht mit einer Behauptung verwechseln, Cide Hamete Benengali behauptet in Bezug auf diesen Verrückten gar nichts, denn die geprüften geschichtlichen Fakten sind zu dünn, um etwas behaupten zu können. Doch können wir aus der Sympathie, die Don Quijote für ihn empfand nicht schließen, dass er ihn als dessen Bruder betrachtete, genau so verrückt? Haben wir nicht schon erlebt, dass er Sonette schrieb, die fremde Schmerzen beschreiben, als ob es seine eigenen wären und dass in diesen Wehklagen über fremde Schmerzen nur wenig eigene Schmerzen sind? Und die Geschichte, die er uns gleich erzählen wird, erscheint sie nicht wie eine, die wir bereits tausendmal gehört haben, in tausend Varianten, weil derselbe Schmerz Tausende von ähnlichen Geschichten hervorbringt und in anderen tausend ähnlichen Geschichten derselbe Schmerz Trost findet?

Dieser Verrückte war Sohn einer adeligen Familie, das erzählte er, und liebte eine Tochter adeliger Eltern, die er schon von frühester Kindheit an kannte. Er war im Begriff, diese mit dem Einverständnis der jeweiligen Eltern zu heiraten, als der berühmte Herzog Ricardo ihn bat, an seinen Hof zu kommen, um seinem ältesten Sohn Gesellschaft zu leisten. So groß war dieser Herr, dass Bitten Befehlen bedeutete. Dies zumindest erzählt der Verrückte, der Cardenio hieß. Dort freundete er sich mit dem jüngeren Sohn an, was bedeutete, dass sich sowohl der ältere wie der jüngere Sohn langweilten und es folglich völlig egal war, welchem der beiden er Gesellschaft leisten würde. Der Jüngere hatte bereits eine Beschäftigung, die Tochter eines reichen Bauern, die natürlich wunderschön, gebildet, klug etc. etc. war.

Das Einzige, was an dieser Geschichte tatsächlich wahrscheinlich ist, ist die Tatsache, dass dieser, der jüngere Sohn, keine Gedichte an seine Geliebte schrieb, wie Cardenio dies zu tun pflegte, denn Gedichte sind für gewöhnlich etwas abstrakt, was offensichtlich wird, wenn das Objekt der Begierde ein Kottelet oder ein anderes Stück schmackhaften Fleisches ist. Niemandem würde es einfallen, ein Gedicht auf ein Kottelet zu schreiben, denn in diesem Fall nützt die Abstraktion gar nichts.

Hymne auf das Kottelet

Dir sei mein Sang gewidmet,
dir, das ich auf dem Teller wünsche,
dir, der du nicht nur real, sondern auch schön.

Um dich zu besingen, bedarf’s
keiner Liebe, noch Blumen, noch Sterne,
es reicht für den Sang, eine Prise Salz
und ein paar Kartoffeln, die dich umgarnen.

Während du nun das Kottelet isst, fahre ich mit der Geschichte fort.

Der jüngere Sohn, also Fernando, dies sei beiläufig erwähnt, obwohl es keine Bedeutung hat, war offensichtlich ein Repräsentant der Mehrheit, er las keine Gedichte und schrieb keine. Das ist das Einzige, was an dieser Geschichte, wahrscheinlich ist.

Auf jeden Fall wollte er, was alle Jungs wollen, und hierzu war es notwendig, dass er dieses schöne Mädchen, von dem wir oben gesprochen haben, heiraten würde, was er wiederum nicht wollte, denn er war ein hübscher und lustiger Junge und diese Heirat hätte alle Mädchen, die in dieser Gegend wohnten, traurig gestimmt. So ging er dann eines Nachts zum Haus dieses wunderschönen Mädchens, sie öffneten eine Flasche Wein und nachdem sie diese getrunken hatten, sagte unser Don Juan, dass er sie heiraten und ewig lieben würde. Sie antwortete hierauf nur mit einem zärtlichen ja, ja, ja und nahm in bei der Hand, womit sie sagen wollte "Junge, sei nicht so schüchtern und erzähl keinen solchen Quatsch". Dann taten sie das, was man in solchen Situationen gewöhnlich zu tun pflegt.

Das eigentliche Problem war der Vater des Mädchens, der sehr wohl daran interessiert war, sie mit Fernando zu verheiraten, der ja ein Vermögen erben würde. Er deutete Fernando gegenüber an, dass er sich auch wie ein Türke in den abgelegenen Gegenden des osmanischen Reiches benehmen könne, deutlicher, dass er um der Ehre Willen töten könne. Dies erschien seiner Tochter nicht gut, denn ungeachtet der Tatsache, dass Fernando hübsch war, gab es bessere Partien und dieser Junge hatte wenig Erfahrung. So sagte sie denn zu Fernando, ihn dabei zärtlich streichelnd, dass es besser sei, dass er sich für eine Weile entferne, wobei sie ihm versprach, ihm ein paar Dinge zu zeigen, wenn er wieder da wäre.

Da Fernando nicht wusste, wohin er gehen solle, fragte er unseren Verrückten der Berge, also Cardenio, der ihm Gesellschaft leistete, ob sie nicht paar Tage zu ihm nach Hause gehen könnten, was Cardenio eine sehr gute Idee schien, denn auf diese Art konnte er seine Luscinda, so hieß das Mädchen, welches er heiraten wollte und dem er jeden Tag einen Brief mit unendlich vielen Sonetten schrieb, wiedersehen.

Was Luscinda von diesen, sagen wir mal abstrakten, Sonetten hielt, wissen wir nicht, doch denkt man an das Ende der Geschichte, dann scheint es, dass sie nicht allzu viel davon gehalten hat. Wahrscheinlicher ist, dass es sie ärgerte, sich in eine thrakische Prinzessin, in die Dame eines fahrenden Ritters, in die Laura des Petrarca oder in irgendeine andere Dame eines fahrenden Ritters beziehungsweise unverbesserlichen Romantikers verwandelt zu sehen.

Sie konnte auf diese Weise verfolgen, was Fernando gerade las, was sie aber nicht allzu sehr interessierte.

Sei dem wie dem sei, Cardenio und Fernando reisten in das Dorf des ersteren und nur kurze Zeit später, lernte Fernando Luscinda kennen. Luscinda fand Fernando ziemlich lustig, praktischer veranlagt und weniger pedantisch als Cardenio. Als Fernando andeutete, dass er schon Erfahrung hatte, was er natürlich auf eine lustige Art andeutete, wollte auch sie wissen, wie das alles funktioniere. Und so geschah, was geschehen musste, während Cardenio ein Sonett von Petrarca las.

Ihr, die ihr in verstreuten Reimen, den Klang vernehmt
von jenen Seufzern, die meinem Herzen Nahrung waren
in meinem ersten jugendlichen Irren als, in mancher Weise,
ein andrer Mensch ich war als heute,
möget ihr, die ihr die Liebe kennt, aus eigener
Erfahrung verzeihen, wenn auch nicht entschuldigen,
dass der Klang in dem ich wein' und denke, so
wankend zwischen leerer Hoffnung, leerem Schmerz,
so verschieden ist in seiner Färbung.

Ich sehe nun, das es das Volk seit alters
her verwirrte, weshalb auch ich
mich immer wieder schäme.

Scham sowie Reue ist die Frucht meines
unsteten Denkens und die Erkenntnis, dass, was
der Welt gefällt, nichts ist als ein kurzer Traum

Dieses Gedicht gefiel ihm sehr gut, obwohl das alles ein bisschen merkwürdig war und mit seiner Situation nur wenig zu tun hatte. Erstens war er noch jung, es war also merkwürdig, von seiner Jugend zu sprechen, wie von etwas, dass schon vergangen war. Eitle Hoffnungen und Schmerzen passte besser, doch das hätte man, siehe Fernando, auch verhindern können. Nun gut, das ganze Sonett war etwas merkwürdig, beschreibt es doch in unscharfer Form, die Schmerzen, die er haben würde, wenn er von den wenig ritterlichen Heldentaten Fernandos erfährt.

Bis hierhin ist alles klar und es gibt kein Problem. Das eigentlich Merkwürdige ist das. In einem gegebenen Moment, mitten in seiner Erzählung, als er den Namen Fernando aussprach, hielt Cardenio plötzlich inne, blieb wie versteinert, seine Augen wurden weiß, seine Lippen zitterten, das Gesicht blass wie das eines Toten. Dann entfuhr ihm diese fatalen Sätze:
Cardenio:
„Nie werde ich daran zweifeln, nie wird mich jemand daran zweifeln lassen und mich von etwas anderem überzeugen (und ein Dummkopf ist der, der etwas anderes versteht oder glaubt). Dieser große Schurke von Elisabat war der Liebhaber der Königin Madésima.“

Nun wurde Cardenio vom Freund zum Feind. Ein fahrender Ritter wie Don Quijote de la Mancha konnte diese Beleidigung nicht hinnehmen.

Für den Historiker wäre dieser Satz eine Spur gewesen, ein Anhaltspunkt für weitere, tiefere Forschungen, denn plötzlich, in diesem Anfall des Wahnsinns, enthüllte das Gehirn, das normalerweise fähig ist, zu verhüllen, was es denkt, seine Geheimnisse. Cardenio verglich Fernando mit Elisabat, einem ehrenwerter Mann, den wir im Amadis de Gaula finden, Ratgeber und Arzt der Königin Madésima, und Madésima mit Luscinda. Er hatte wieder was verwechselt, wie er es schon in seinem Sonett getan hatte, denn Phyllis war die, die litt, und nicht Demophon. Elisabat hatte tatsächlich eine Liebschaft, aber nicht mit Madésima. Doch gleichgültig ob Irrtum oder Wahnsinn, ein solcher Affront gegen die Ehre von Madésima und Elisabat konnte nicht hingenommen werden.

Ja, ja, ja! Ich weiß. Du wirst wie Sancho Panza, das hören wir gleich, sagen, dass das nicht wahrscheinlich sei, dass Cide Hamete Benengeli sich eine Theorie gebastelt hatte und mit dieser Theorie im Kopf die Ereignisse so verdrehte, dass sie zu seiner Theorie passen. Möglich, aber nicht wahrscheinlich oder besser gesagt, einer deiner üblichen Torheiten. Möglich ist, dass Cide Hamete Benengeli die Bedeutung einiger Ereignisse in den Vordergrund rückte, weil er eine Theorie hatte, doch unwahrscheinlich ist es, dass er etwas komplett erfunden hat. Ist es wirklich unwahrscheinlich, dass sich jemand wegen eines reinen Hirngespinstes, wegen etwas, das keine Entsprechung in der Realität hat, beleidigt fühlt? Gab es denn keine Kriege, wegen der Dreifaltigkeit, wegen der Frage, ob diese als Trinität oder als Einheit zu fassen sei, wegen der Frage, ob diese sich aus Vater (Gott), Sohn (Jesus Christus) und Heiligem Geist zusammensetze? Stritten die verrückten Theologen nicht leidenschaftlich darüber, sich gegenseitig der Häresie anklagend, ob die Seele göttlich ist und ewig und wenn ewig, ob sie schon vor dem Leib existierte? Verbrannte man nicht auf dem Scheiterhaufen all jene, die sagten, dass sich die Erde um die Sonne drehe und nicht umgekehrt?

Ja, ja, ja du wirst sagen, dass in all diesen Fällen, der Streit nur konkretere Dinge verhüllte, den Kampf um die Macht. Ja, ja, ja wer wird das bestreiten, auch unser unschuldiger fahrender Ritter hat manchmal einen ganz konkreten Appetit, das haben wir schon gesehen. Doch haben wir nicht auch Leute gesehen, die nur der Worte wegen sterben, nur und ausschließlich wegen Worten? Vaterland, Ehre, Religion. Es gibt keinen Zweifel daran, dass die, die diese Worte erfanden, einen gierigen Appetit hatten, die jedoch, die wegen dieser Worte gestorben sind, hatten nur Vaterland, Ehre, Religion und keine konkrete Sehnsucht, nur Worte. Deswegen waren sie ja auch nicht nur verrückt, sondern obendrein dämlich.

Sei dem wie dem sei, Don Quijote titulierte seinen neuen Feind mit allem, was ihm einfiel: Schurke, Trottel, Blödmann, Gauner und so weiter, bis der verrückte Fernando ihm einen solchen Faustschlag ins Gesicht versetzte, dass Don Quijote an den Boden genagelt liegen blieb. Dasselbe Schicksal erlitten Sancho Panza und der Hirte, die ihm zur Hilfe eilten. Danach entfernte sich Cardenio ruhig und verschwand im Wald.

Wenn du noch mehr über deine Seele wissen willst, dann musst du das nächste chapter lesen.