Capítulo trigésimo segundo

Que trata de lo que sucedió en la venta a toda la cuadrilla de Don Quijote y donde aprendemos que el cura no respeta los derechos de autor

Después de haber comido llegaron a la tabernera que tan malos recuerdos le traía a Sancho Panza, que al principio no quiso entrar. Los acogieron cordialmente el tabernero, su esposa, la hija y la empleada Maritornes. A pesar de que Don Quijote era caballero andante y no necesitaba ni cama decente ni manjar sabroso, amonestó al tabernero y le apremió de guarnecerle mejor lecho que la vez anterior, a lo cual el tabernero le respondió que lo haría si Don Quijote pagaba mejor que la vez pasada.
Lo raro en este asunto es que Don Quijote, la vez pasada, nos hizo creer que pensaba que la taberna era un castillo y el lecho en la cual dormía, una cama con dosel digna de un príncipe. De lo que se puede deducir, que hace uso de su locura cuando hay que disfrazar la realidad, pero cuando hay una oportunidad, por pequeña que sea, de mejorarla, la deja a un lado, lo que nos parece un comportamiento muy cuerdo.
Teniendo mucha confianza en el cura y suponiendo que éste podría pagar sin apuros, el tabernero les ofreció una rica cena con carne, patatas, verduras e incluso una jarra de vino. Tras la cena, Don Quijote se fue a dormir porque la penitencia lo había agotado bastante y estaba cansadísimo.
Cuando los otros quedaron solos hablaron de él, de su locura y de la causa de ésta. Ya sabemos que un cura, por lo general, no distingue bien entre una situación en la cual un hecho es la causa de otro y otra en la que un hecho sólo está relacionado con otro; y esta incapacidad le llevaba a creer, que los libros de caballería eran la única causa de la locura de Don Quijote, si bien éstos únicamente estaban relacionados con su actual locura.
Cuando dijo esto, que los libros eran la causa de la locura de Don Quijote, el tabernero lo contradijo enérgicamente:

- Pero yo también leo esos libros, todo el mundo los lee y cuando hay mucha gente en mi taberna, siempre hay alguno que sabe leer y que los lee para los otros. Y nadie se ha vuelto loco por eso,

Y en esto, tenía razón, ¿quién lo duda? Sin embargo, no resuelve el problema. ¿Por qué Don Quijote se había vuelto loco al leerlos y los demás no?
En parte, la cosa está bien clara. Los otros trabajaban, estaban bien apegados a la realidad y ésos, no se vuelven locos, sino que la soportan. Éste era, sin duda alguna, el caso del tabernero, cuya taberna le ofrecía una vida bastante cómoda. Es más fácil para la gente que vive cómodamente de sus riquezas, distinguir claramente entre el mundo de los libros, es decir de la generosidad, de los sentimientos sutiles, de los sueños y la fría, cruda y calculadora realidad, porque ellos saben perfectamente, que la generosidad y los sentimientos delicados no son un buen negocio en la realidad.
Pero para los que viven en la miseria, como Don Quijote, los sueños son más atractivos que la realidad y en los sueños, la generosidad sí podría ser un buen negocio. Y los que no tienen nada que hacer en todo el día, aparte de leer libros, pierden el contacto con la realidad como es el caso, por ejemplo, de los filolocos, que son unos don quijotes muy especiales.
En cuanto al tabernero se refiere, no había ni esperanza ni riesgo. No había esperanza de que los libros le permitiesen salir de su pobreza de miras, ni el riesgo de que se perdiera en ellos; y por lo tanto, con razón se negaba a quemar los libros de caballería que tenía, como el cura quería; visto que a él, tales libros no le hacían ningún daño.

Pero si el cura daba buenos o malos consejos, me importa un pepino, lo que me importa muchísimo es esto otro. El barbero mostró al cura todos los libros de caballería que tenía de los cuales todos, excepto uno, merecían la hoguera. Entremetido entre estos libros había ochos pliegos sueltos y sobre el primero de ellos, se podía leer:

Novela del curioso impertinente MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA.

El hecho de que el tabernero poseyera una novela mía sin haber pagado por ella, lo que era obvio porque no se vende esta novela en pliegos sueltos, ya me parece fuerte, porque este señor disfruta de mi trabajo sin pagar un maravedí a cambio, mas si yo me fuera a cenar a su taberna sí tendría que pagarle, aunque con lo inculto que era, a lo mejor ni sabía que hay que pagar al autor de una obra.
No obstante, el colmo era el maldito cura porque, sin sentir la menor vergüenza, declaradamente le preguntó al tabernero si le dejaba aquellos papeles durante un par de horas para poder copiarlos. ¿No se le ocurrió al maldito cura, que normalmente cuando se compra un libro una parte de lo que se abona por cada ejemplar va al autor de estos libros como fruto bien merecido de su trabajo?
¿Qué me queda ya que hacer? Como este cuento llegó a la taberna en forma de copia ilegal y como a nadie se le ocurrió pensar que se me debía algo a mí, Miguel de Cervantes Saavedra, orgullo del ingenio español, pues lo voy a relatar yo mismo en los tres capítulos siguientes. Así por lo menos está garantizado que no se divulguen versiones plagadas de errores y con pobre calidad literaria, versiones tan vulgares como los libros de caballería.

 

chapter zweiunddreißig

Welches davon handelt, was der Truppe des Don Quijote in der Schenke zugestoßen ist und wo wir lernen, dass der Pfarrer das Copyright des Autors nicht respektiert

Nachdem sie gegessen hatten, kamen sie zu der Kneipe, die bei Sancho Panza so unangenehme Erinnerungen hervorrief, dass er nicht eintreten wollte. Der Kneipenwirt, seine Frau, seine Tochter und das Hausmädchen Maritornes hießen sie willkommen. Obwohl Don Quijote ein fahrender Ritter war und weder ein Bett noch schmackhafte Speisen brauchte, wies er ihn darauf hin und drängte ihn, ihm diesmal ein besseres Bett als das letzte Mal aufzustellen, worauf der Kneipenwirt antwortete, dass er dies tun würde, wenn denn Don Quijote besser als das letzte Mal bezahlen würde.

Das Merkwürdige an der Angelegenheit war, dass Don Quijote uns das letzte mal glauben ließ, dass die Kneipe ein Schloss wäre und das Bett, in dem er schlief ein Himmelbett, würdig eines Prinzen. Hieraus kann man schließen, dass er von seiner Verrücktheit Gebrauch macht, wenn er die Realität verhüllen will, die Verrücktheit aber zur Seite schiebt, wenn es eine Möglichkeit gibt, und sei diese noch so klein, diese zu verbessern, was uns ein vernünftiges Verhalten scheint.

Da er ein großes Vertrauen in den Priester setzte und annahm, dass dieser ohne Mühe bezahlen könne, bereitete er ihnen ein köstliches Mahl mit Fleisch, Kartoffeln, Gemüse und sogar einem Krug Wein. Nach dem Essen, legte sich Don Quijote schlafen, denn die Buße hatte ihn ermüdet und er war sehr erschöpft.

Als die anderen alleine waren, sprachen sie über ihn, von seinem Wahnsinn und dem Grund desselben. Wir wissen bereits, dass ein Pfarrer in der Regel zwischen einer Situation, wo ein Ereignis die Ursache eines anderen ist und einer Situation, bei der ein Ereignis nur in Beziehung steht zu einem anderen, nicht gut unterscheiden kann. Dieses Unvermögen brachte ihn dazu, zu glauben, dass die Ritterbücher der einzige Grund für die Verrücktheit des Don Quijote seien, obwohl diese lediglich mit seiner aktuellen Verrücktheit etwas zu tun hatten.

Als er sagte, dass diese Bücher die Ursache der Verrücktheit von Don Quijote seien, widersprach ihm der Kneipenwirt energisch.

Kneipenwirt:

„Auch ich lese diese Bücher, alle lesen sie und wenn viele Leute in meiner Kneipe sind, dann gibt es auch immer einen, der lesen kann und sie den anderen vorliest. Deswegen ist aber noch nie jemand verrückt geworden.“

Und damit hatte er, wer könnte das bezweifeln, vollkommen Recht. Doch dies löst das Problem nicht. Warum ist Don Quijote beim Lesen der Bücher verrückt geworden und die anderen nicht?

Teilweise ist der Fall klar. Die anderen arbeiteten, waren mit der Realität verbunden und diese werden nicht wahnsinnig, sondern sie ertragen sie. So war das unstreitig mit dem Kneipenwirt, dessen Kneipe ihm ein auskömmliches Leben ermöglichte. Für Menschen, die bequem von ihrem Reichtum leben, ist es einfacher, zwischen der Welt der Bücher, also der Großzügigkeit, der subtilen Gefühle, der Träume und der kalten, rohen und berechnenden Realität zu unterscheiden, denn sie wissen genau, dass die Großzügigkeit und die delikaten Gefühle in der Realität kein gutes Geschäft sind.

Für diejenigen jedoch, die im Elend leben, wie Don Quijote, sind die Träume interessanter als die Realität und in den Träumen kann die Großzügigkeit sehr wohl ein gutes Geschäft sein. Und die, die den ganzen Tag nichts zu tun haben, außer eben Bücher zu lesen, verlieren den Kontakt mit der Wirklichkeit, was ja zum Beispiel für die Philoschwachmatiker zutrifft, bei denen es sich um eine besondere Art von Don Quijotes handelt.

Was also den Kneipenwirt angeht, so bestand weder Hoffnung noch Risiko. Es bestand keine Hoffnung, dass die Bücher es ihm erlauben würden, seinen engen Gesichtskreis zu verlassen, aber auch nicht die Gefahr, dass er sich in diesen verlieren könnte. Deswegen weigerte er sich mit Recht, die Ritterbücher, die er besaß, zu verbrennen, wie der Pfarrer wollte, da sie ihm ja keinerlei Schaden zufügten.

Ob aber der Pfarrer gute oder schlechte Ratschläge gab, interessiert mich nicht die Bohne. Was mich wirklich interessiert, ist was anderes. Der Barbier zeigte dem Priester alle Ritterbücher, von denen alle, bis auf eines, auf den Scheiterhaufen gehörten. Zwischen diesen Büchern befanden sich acht lose Papierbögen und auf dem ersten derselben konnte man lesen:

Roman vom merkwürdigen aufdringlichen Miguel de Cervantes Saavedra

Die Tatsache, dass der Kneipenwirt im Besitz einer meiner Romane war, ohne dass er dafür bezahlt hätte, was ja offensichtlich war, denn dieser Roman wird nicht auf losen Bögen verkauft, erscheint mir an sich schon ein Skandal, denn dieser Herr ist Nutznießer meiner Arbeit, ohne dafür auch nur einen Maradevi zu bezahlen, wohingegen ich, wenn ich in seine Kneipe ginge, sehr wohl bezahlen müsste, obewohl, so ungebildet wie er war, wusste er wahrscheinlich nicht mal, dass man den Schöpfer eines Werkes bezahlen muss.

Der Gipfel war jedoch dieser verfluchte Pfarrer, denn ohne auch nur das geringste Schamgefühl zu empfinden, fragte er den Kneipenwirt, ob er ihm die Papiere nicht für ein paar Stunden überließe, damit er sie kopieren könne. Kam es dem verfluchten Kneipenwirt etwa nicht in den Sinn, dass normalerweise, wenn man ein Buch kauft, ein Teil dessen, was man für jedes Exemplar bezahlt, an den Autor dieser Bücher geht, als wohlverdiente Frucht seiner Arbeit?

Was bleibt mir nun zu tun? Da diese Erzählung in Form einer illegalen Kopie zur Kneipe gelangt war und es niemandem einfiel, dass man mir, Miguel de Cervantes Saavedra, Stolz des spanischen Genies, etwas schuldete, werde ich sie selber in den nächsten chapter n erzählen. Dergestalt ist wenigstens sicher gestellt, dass keine Plagiate, voll mit Fehlern und von nur geringer literarischer Qualität verbreitet werden, Versionen, die so geschmacklos sind, wie die Ritterbücher.