Capítulo trigésimo tercero

Donde se cuenta la novela del curioso impertinente y los placeres que no existen en el paraíso

Lo que me fastidia, a mí, Miguel de Cervantes Saavedra, no es solamente el hecho de que el cura copiara mi cuento sin pagarme, sino que un servidor de la institución que prohibió este cuento, por describir placeres que anhelan, pero que no encontrarán en el paraíso, venga ahora y lo copie.

El cuento, tampoco es que sea realmente un cuento, es más bien un simple resumen de un acontecimiento que ocurrió cuando estaba en Italia. Puede ser que el cuento os parezca la copia de uno de Boccaccio incluído en su obra cumbre „El Decamerón“; pero os ruego, a quienes esto leéis, que por favor no lo achaquéis a que yo lo haya copiado sino, de seguro, a que los protagonistas de esta historia verdadera copiaron su comportamiento de lo que en su obra relató Boccaccio.
Hay gente que dice que los libros son una mera copia de la vida mas a menudo, es la propia vida la que es copia de los libros. El acontecimiento que se contaba en aquel entonces en toda Italia cuando yo vivía en Venecia, era el siguiente:
En Florencia vivían dos hombres, uno se llamaba Anselmo y el otro Lotario. Se conocían ya desde la más tierna infancia y eran muy buenos amigos. Como todos los florentinos iban con mucha frecuencia a la vía Santa Marguerita, donde se encontraba la casa del famoso poeta Dante Alighieri. Claro que ninguno de los dos había leído ni la „Divina Commedia“ ni la „Vita Nova“ pero es que ambos libros eran un poco duros de leer. Dada su fama se había instalado allí, en la casa natal de Dante, una urna de vidrio con una ranura en honor de Beatrice, la famosa amante de Dante, en la que la gente echaba sus cartas de amor para que Beatrice les ayudara a conseguir el favor de la persona que amaban. Obviamente era una idea tan romántica como inútil, porque Beatrice se escapó de Dante refugiándose en el paraíso y los dos depositaron también una tras otra sus cartas de amor en una urna similar, sin obtener resultado alguno.
Finalmente Amselmo consiguió casarse con una mujer hermosa, rica y con muchas ganas de disfrutar de todas las delicias que la vida le ofrecía. Esta mujer se llamaba Camila y para conquistarla, Anselmo le había enviado un montón de sonetos pues Petrarca, que también era florentino y había escrito centenares de sonetos a Laura, con el poco éxito que se conoce, o sea ninguno, propició que muchos de sus sonetos pudiesen ser copiados por amantes futuros. Camila no conocía a Petrarca y de esta forma creyó que todos aquellos sonetos los había escrito Anselmo para ella, aunque tampoco es que quedase muy impresionada, porque le parecieron un poco complicadillos y no llegaban realmente al núcleo del asunto o si llegaban, lo hacían de manera tan abstracta, que no se comprendía bien de qué se trataba.
Sin embargo le pareció que Anselmo era un buen chico, no como los otros, que no le escribieron jamás sonetos y querían llegar demasiado rápido al meollo de la cuestión, que de vez en cuando resulta divertido pero también un poco pesado, sobre todo si había varios a la vez como normalmente solía ser el caso.
En esta tesitura, pensó que decidirse por alguien que sólo escribía sonetos, podía ser bastante práctico. Los primeros dos años de su matrimonio lo pasaron bastante bien, amueblaron la casa, gastaban mucho dinero, hacían viajes, él la adoraba, a veces incluso de manera menos abstracta, organizaban muchas fiestas y lo pasaban realmente bien. Después se aburrían un poco y Camila notó, con gran alborozo, que su Anselmo comenzó a mirar e ir detrás de otras chicas, lo que trajo consigo una nueva oleada de sonetos, incluso tenía la impresión de que la mayoría de estos sonetos iban dirigidos a una mujer determinada. Esto le hacía mucha gracia, así que ella también empezó a mandar una que otra sonrisa a los mozos que por ahí estaban; pero nunca escribió sonetos, primero porque no había ejemplos a imitar y segundo porque la oferta para ella era realmente amplísima y no le hacía falta.
De todo esto Anselmo no se daba cuenta, o sea no se daba cuenta de que Camila veía perfectamente lo que estaba pasando, que dicho sea de paso no era muy difícil de notar, ni tampoco reparó en que ella sonreía a todo aquél que le parecía guapo.
Y no viendo lo que pasaba pues sentía remordimientos, es que en un soneto de Petrarca había leído que éste sentía remordimientos por no haber pensado en todo momento en Laura. Aunque aparte de sentir remordimientos, quería también que Camila se divirtiera un poco y poder tener así más tiempo para entregar personalmente sonetos a esa mujer específica.
Un día pidió a su amigo Lotario que llevara al teatro a Camila a ver una de esas obras que tratan de amores increíblemente infelices, que invitan a llorar un poco y tomar un vino después del espectáculo. Incluso le dijo que no hacía falta que le regalase un soneto a Camila, y que también, podía llevarla a su casa.
Y así se hizo. Fueron al teatro a ver una obra muy, muy triste, con muchos amores entrecruzados, cantidad de malentendidos, sentimientos nobles, suicidios etc. Una cosa para llorar dos horas enteras y efectivamente todo el público lloraba, menos Camila, que no paró de reírse de principio a fin de la representación. Después efectivamente, se fueron a tomar una copa o más bien dicho varias, se podría incluso decir que fueron varias botellas. Se divirtieron bastante porque después de tanto vino en el cuerpo, Locario era realmente divertido y nada de sonetos. Sabiendo que Anselmo no había vuelto todavía y habiéndole dado permiso para llevar a Camila a su casa, se fueron para allá e hicieron lo que en el paraíso no se hace, razón más que de sobra por lo que no hay nadie que quiere ir allí, ni siquiera para visitar a Beatrice.

 

chapter dreiunddreißig

Wo die Geschichte vom neugierigen Aufdringlichen erzählt wird und von den Vergnügungen, die es im Paradies nicht gibt

Was mich, Miguel de Cervantes Saavedra, stört, ist nicht nur die Tatsache, dass der Pfarrer meine Werke kopierte ohne dafür zu bezahlen, sondern auch, dass ein Diener jener Institution, die diese Erzählung verboten hat, weil sie Freuden schildert, nach denen sie sich sehnt, die es aber im Paradies nicht gibt, herkommt und mich kopiert.

Die Geschichte ist auch nicht wirklich ein Roman, es ist eher die summary eines Ereignisses, das sich ereignete, während ich in Italien lebte. Es kann sein, dass euch die Geschichte wie eine Kopie einer jener Geschichten vorkommt, die Boccaccio im Dekamerone erzählt. Doch ich bitte euch, die ihr diese Geschichte lest, dies nicht darauf zurückzuführen, dass ich sie kopiert habe. Tatsächlich ist es so, dass die Protagonisten dieser wahren Geschichte ihr Verhalten aus einer Geschichte, die von Boccaccio stammt, kopiert haben.

Es gibt Leute, die sagen, dass die Bücher nur eine Kopie des Lebens sind, doch oft ist es das Leben selbst, das eine Kopie der Bücher ist. Das Ereignis, von dem man damals, als ich in Venedig lebte, in ganz Italien erzählte, war dies.

In Florenz lebten zwei Männer, einer, der Anselmo hieß und der andere, der Lotario hieß. Sie kannten sich seit frühester Kindheit und waren gute Freunde. Wie alle Florentiner gingen sie oft zur Straße Santa Margherita, wo sich das Haus des berühmten Dichters Dante Alighieri befand. Natürlich hatten sie weder die Divina Commedia noch die Vita Nova gelesen, denn beide Bücher sind schwer zu lesen.
Aufgrund seiner Berühmtheit, hatte man im Geburtshaus Dantes zu Ehren Beatrices, der berühmten Geliebten Dantes, eine Urne aus Glas mit einem Schlitz aufgestellt, in welche die Leute ihre Liebesbriefe warfen, damit Beatrice ihnen helfe, die Sympathie einer geliebten Person zu erringen. Dies war natürlich eine Vorstellung, die so romantisch wie nutzlos war, denn Beatrice war ja vor Dante in den Himmel entflohen. Auch diese zwei hinterlegten dort ihre Liebesbriefe in einer ähnlichen Urne, einen nach dem anderen, ohne ein Ergebnis.

Schließlich gelang es Ambrosio, eine schöne, reiche Frau zu heiraten, die sehr darauf bedacht war, alle Freuden, die das Leben ihr bot, zu genießen. Diese Frau hieß Camila und um sie zu erobern, hatte ihr Anselmo einen Berg an Sonetten geschickt, denn Petrarca, auch ein Florentiner, hatte davon Hunderte für Laura geschrieben, mit dem bekannten geringen Erfolg, also gar keinem, damit man diese Sonette für zukünftige Geliebte kopieren konnte. Camila kannte Petrarca nicht und so glaubte sie, dass Anselmo diese geschrieben hätte. Sie machten aber keinen besonderen Eindruck auf sie, denn sie schienen ihr ein bisschen kompliziert und kamen auch nicht zum Kern der Sache oder wenn sie ihn erreichten, dann auf eine so abstrakte Art, dass man nicht verstand, worum es sich handelte.

Anselmo erschien ihr jedoch ein guter Junge zu sein, nicht wie die anderen, die ihr nie Sonette schrieben und sofort auf den Kern der Sache zusteuerten, was ja manchmal lustig ist, aber manchmal auch ein bisschen aufdringlich, vor allem, wenn es gleichzeitig mehrere davon gab, was normalerweise der Fall war.

In dieser Stimmung entschied sie, dass es ganz praktisch wäre, sich für jemanden zu entscheiden, der Sonette schrieb. Die ersten zwei Jahre ihrer Ehe verliefen ziemlich gut, sie möblierten das Haus, gaben viel Geld aus, reisten, er bewunderte sie, manchmal sogar auf weniger abstrakte Art, organisierten Feiern und ließen es sich gut gehen. Dann langweilten sie sich ein bisschen und Camila bemerkte, zu ihrem großen Vergnügen, dass ihr Anselmo anfing, anderen Frauen hinterher zuschauen, was wiederum eine neue Welle von Sonetten mit sich brachte. Sie hatte sogar den Eindruck, dass die meisten dieser Sonette an eine bestimmte Frau gerichtet waren. Das bereitete ihr viel Vergnügen, so dass sie nun ebenfalls begann, dem einen oder anderen Burschen, der gerade vorbeilief, ein Lächeln zuzusenden. Sie jedoch schrieb nie Sonette, denn erstens gab es keine Beispiele, die man hätte kopieren können und zweitens war das Angebot für sie so groß, dass dies auch nicht nötig war.

Von all dem bemerkte Anselmo nichts, er merkte also nicht, dass Camila sah, was vor sich ging, was, dies sei noch gesagt, auch nicht so schwer zu sehen war. Desgleichen bemerkte er auch nicht, dass sie jedem zulächelte, der ihr hübsch schien.
Da er nicht sah, was vor sich ging, hatte er Gewissensbisse, denn in einem Gedicht von Petrarca hatte er gelesen, dass dieser Gewissensbisse hatte, weil er nicht die ganze Zeit an Laura dachte. Doch außer dass er Gewissensbisse verspürte, wollte er auch, dass Camila sich vergnügte um so mehr Zeit zu haben, dieser bestimmten Frau mehr Sonette auszuhändigen.

Er bat also eines Tages seinen Freund Lotario, Camila ins Theater auszuführen um eines jener Stücke zu sehen, die von unglaublich unglücklichen, Liebesverhältnissen handeln, die einen ein wenig zum Weinen bringen, und einlädt, nach der Aufführung noch ein Glas Wein zu trinken. Er sagte ihm auch, dass es nicht nötig sei, Camila ein Sonett zu schenken und er sagte auch, dass er sie nach Hause bringen könne.

Und so machte man es. Sie gingen ins Theater, um ein sehr, sehr trauriges Stück zu sehen, mit vielen übers Kreuz gehenden Liebeleien, mit etlichen Missverständnissen, erhabenen Gefühlen, Selbstmorden usw. Ein Ding, bei dem man zwei Stunden weinen konnte, und das Publikum auch tatsächlich tat, nur Camila nicht, die vom Anfang der Aufführung bis zum Schluss zwei Stunden lang ununterbrochen lachte. Danach gingen sie tatsächlich etwas trinken oder besser gesagt etwas mehr, man könnte auch sagen, dass es einige Flaschen waren. All das war ziemlich amüsant, denn mit soviel Wein im Körper, war Lotario tatsächlich lustig und es gab keine Sonette mehr. Da er wusste, dass Anselmo noch nicht zurück war und da er ihm die Erlaubnis erteilt hatte, Camila zu sich nach Haus zu bringen, gingen sie dahin und taten das, was man im Paradies eben nicht macht, was ja wiederum der Grund ist, warum niemand dahin will, nicht einmal um Beatrice zu besuchen.