Capítulo trigésimo noveno

Donde se cuenta el cuento descarado del cura

Días enteros habría podido seguir Don Quijote de esta manera, alegando argumento tras argumento para demostrar la superioridad de la profesión de soldado sobre todas las otras, pero al ratillo todos estaban aburridos como ostras de escuchar sus pedanterías, sobre todo Dorotea y Lucinda.
Sí, sí, sí, querían ayudarlo, llevarlo a casa y estaban dispuestos a hacer todo lo que para ello menester fuera, mas después de haber escuchado durante dos horas sus monólogos, estaban hartos y delicadamente lo convencieron de que era hora de irse a la cama diciéndole que sólo se podía vencer a los gigantes tras haber bien comido y dormido.
Después de que se hubo ido al camastro preparado al efecto por el mesonero, ocurrió algo digno de ser mencionado, porque es algo que atenta contra mi honor. Este maldito cura después haber leído mi cuento, que tanta pena le había dado y a pesar de que sabía que mi cuento, como lo demuestra la historia con Dorotea, Lucinda, Cardenio y Fernando contenía más verdad y era más revelador que toda la Biblia y sus sermones juntos, quiso desacreditarme y se inventó un cuento en el cual yo, Miguel de Cervantes Saavedra, era, aunque de manera disimulada, el protagonista principal.
Lo que me llama la atención es el hecho de que este imbécil supiese tanto sobre mi persona, digo yo que habría leído mis novelas ejemplares y posiblemente, la insaciable curiosidad insana, lo llevaría a querer informarse bien de la vida y milagros del autor de tan acertadas pequeñas historias, o sea, sobre mí. Y sabía cosas que yo no había publicado nunca y de esto deduzco que los cabrones de la Santa, que no sana Inquisición, estaban recabando datos, para, en el momento menos pensado, hacerme detener y llevarme ante su siniestra presencia. Y mezclando hechos, verdaderos y falsos con cosas que había engendrado su fantasía había bosquejado un cuento de nula calidad literaria, dicho sea de paso, con el fin de justificar que la fe cristiana me había salvado. La intención estaba muy clara, sencillamente, quería desacreditar todo lo que yo había escrito contra la locura cristiana, musulmana y otras. Quería mostrar que soy un desgraciado, que maldice la religión que le había salvado la vida.

La historia tal como había ocurrido realmente, se puede resumir en pocas palabras. Lo hacemos para que el lector entienda cuánta mentira hay en el maldito cuento de este condenado cura. Efectivamente, yo fui apresado cuando retornaba de Italia a España en la galera Sol, por un cierto Arnaud Mamí quien me entregó como esclavo a Dalí Mamí, un renegado griego que no tenía ninguna intención, contrariamente a lo que se cuenta en el cuento de este cura, de volver a los brazos de la Santa Madre Iglesia Católica. Por una razón por mí desconocida, Dalí Mamí creía que yo era rico, así que quería por mi liberación 500 escudos, dinero que mi familia no tenía ni en sueños y la Iglesia Católica Apostólica y Romana, por la cual, con actitud bastante quijotesca, yo estuve dispuesto a dar mi vida en Lepanto, no se interesó en absoluto por mi destino. Igualmente habría podido esperar que la sin par Dulcinea del Toboso pensara en mí. Finalmente mis padres lograron reunir los quinientos euros demandados y fui liberado.
Ésta es, en pocas palabras, la historia verdadera.

Y vamos a ver ahora lo que hizo este cura cabrón con mi vida. Esta versión del cuento del cura me la dio el propio tabernero, que también me contó las circunstancias en las que aquella noche fue contado.
Obviamente Dorotea, Lucinda y Cardenio se adormecieron por la mitad, porque el cuento era tan aburrido como lastimero y engañoso. Y encima, el cura tenía la imaginación de un burro. En el poco tiempo que le quedó entre haber terminado de leer mi cuento y la cena, había puesto sobre un papel no más de una decena de palabras, o sea el esqueleto del cuento al cual iba metiendo carne mientras lo leía. Pero tan estéril era este señor que, a veces, necesitaba más de diez minutos para reflexionar sobre cómo seguía su cuento.

¿Qué? ¿Que yo estoy violando los derechos de autor porque el cuento es del cura? ¿Estás chiflado? Los cuentos que él me hubo copiado, o más bien quiso copiarme, ya se vendieron y en su día, sí que tuvieron un valor muy concreto y real. El suyo, en cambio, no tenía valor ninguno, fundamentalmente porque nadie quería leer ni escuchar tal tontería sin sustancia alguna.

Cuentos como los del cura los escribo yo en cinco minutos. Mejor dicho, no tengo ni que escribirlos, los invento mientras los voy contando. Yo tampoco pienso ganar dinero con su cuento, algo imposible dicho sea de paso, ya que nadie pagaría para esto. Mi único interés es demostrar cuán mentirosos son estos malditos curas y qué mañas utilizan para falsificar los sucesos.

Habla el cuento de este cura de un caballero apellidado Saavedra, sí, sí, sí, muy poco disfrazada quedó mi persona, habría podido añadir mi nombre, Miguel Saavedra, o por qué no, del tirón, Miguel de Cervantes Saavedra, que provenía de una familia acomodada. Algo a todas luces erróneo, si a mí se refería, porque mi familia para nada era acomodada. Este señor Saavedra, que obviamente nada tiene que ver conmigo, heredó de su padre 1000 escudos y este dinero lo invirtió en una flamante armadura, porque pensaba hacerse soldado. En el cuento del cura, el tal Saavedra lo hizo para después de una brillante carrera militar poder servir al rey en la corte, porque, así lo insinúa el cuento del cura, es más fácil conseguir un oficio bien pagado en la corte, cuando se había servido antes en la guerra.
El cura me cree un imbécil. Habría seiscientos puestos en la corte y treinta mil soldados, así que basta un poco de cálculo para saber cuán fundada y basada en la realidad era esa esperanza.
No, la verdad es ésta. Yo de mozo era un poco idiota, hay que admitirlo, y me aburría tanto en este maldito pueblo, que quería ver el mundo y no se me ocurrió otra idea para salir de aquí que enrolarme en la Armada.

En el cuento del fabuloso personaje Saavedra se nos cuenta una mentira, que también luchó en Flandes contra los holandeses que querían ser protestantes e independientes de la Iglesia de Roma. Yo sé de cierto, que este Saavedra nunca luchó en Flandes y tampoco tuvo siquiera la intención de hacerlo, primero porque le daba exactamente igual en qué Dulcinea del Toboso creyeran los holandeses y aparte de esto, porque tenían una lengua tan rara, con tantas je, je, je, je que a uno le dolía la cabeza al poco de oírles hablar. No, se fue directamente a Italia porque allí, como en España, se hablaba en cristiano. En Italia se divirtió bastante, pero se le fue agotando el dinero y por eso participó en la batalla de Lepanto. El cura omite que el brazo izquierdo del extraordinario caballero Saavedra fue gravemente herido en esta batalla, obviando que a partir de entonces no se pudo servir de él, lo que sí que es importante reseñar, porque fue por esto por lo que los moros que luego lo capturarían, no lo utilizarían para el trabajo, sino para recaudar dinero por su rescate.

Llegados a este punto, el cura tuvo que pensar durante media ahora cómo seguir su cuento y como aquí no podemos estar media hora sin decir nada, interrumpimos el capítulo para dejar al cura el tiempo que necesite para recuperar la inspiración y seguimos con el cuento en el capítulo siguiente.

 

chapter neununddreißig

Wo die dreiste Erzählung des Pfarrers erzählt wird

Noch Tage hätte Don Quijote so fortfahren können, ein Argument nach dem anderen anführend, um die Überlegenheit des Berufes des Soldaten über alle anderen aufzuzeigen, doch mit der Zeit, waren alle wie fürchterlich gelangweilt, seinem pedantischem Geschwätz zuzuhören, vor allem Dorotea und Luscinda.

Ja, ja, ja, sie wollten ihm helfen, ihn nach Hause bringen, waren bereit alles, was hierfür erforderlich war, zu tun, doch nachdem sie stundenlang seine Monologe angehört hatten, hatten sie die Nase gestrichen voll und überzeugten ihn behutsam, dass es Zeit sei, ins Bett zu gehen, denn, dies war ihr Argument, man könne Giganten nur besiegen, wenn man vorher gut gegessen und geschlafen habe.

Nachdem er sich auf seine Pritsche, die für diesen Zweck vom Kneipenwirt aufgestellt worden war, gelegt hatte, geschah etwas, das zu berichten würdig ist, denn es berührt meine Ehre. Dieser verfluchte Pfarrer wollte mich deskriditieren, nachdem er meine Erzählung gelesen und die ihm soviel Leid bereitet hatte, und obwohl er wusste, dass meine Erzählung, wie ja auch die Geschichte von Dorotea, Luscinda, Cardenio und Fernando zeigt, mehr Wahrheit enthielt und erhellender war als die ganze Bibel mit all ihren Predigten, ersann er eine Geschichte, in der ich, Miguel de Cervantes Saavedra, kaum verhüllt, der Hauptdarsteller war.

Was meine Aufmerksamkeit hervorrief, ist die Tatsache, dass dieser Schwachkopf soviel über meine Person wusste. Ich nehme an, dass er meine Novelas Ejemplares gelesen haben muss und wahrscheinlich hatte ihn seine ungesunde Neugierde veranlasst, sich gut über das Leben und die Umstände des Autors solch wohlgeformter kleiner Geschichten zu informieren, also über mich. Er wusste Dinge, die ich noch nie veröffentlicht hatte, woraus ich schließe, dass die Schurken von der Heiligen, aber ungesunden, Inquisition, Daten über mich sammelten, damit sie mich irgendwann, völlig überraschend, festnehmen und vorladen konnten. Indem er nun Tatsachen, falsche und wahre, mit Dingen verknüpfte, die seine Phantasie produziert hatte, hatte er eine Erzählung von grauenhafter literarischer Qualität gebastelt,mit der er, nebenbei gesagt, beweisen wollte, dass der christliche Glaube mich gerettet habe. Die Absicht war klar, leicht einzusehen. Er wollte alles diskreditieren, was ich gegen die christliche, muselmane oder andere Verrücktheiten geschrieben hatte. Er wollte beweisen, dass ich undankbar sei, dass ich die Religion verächtlich mache, die mir das Leben gerettet hatte.

Die Geschichte, so wie sie wirklich geschehen war, kann man in wenigen Worten zusammenfassen. Wir tun dies, damit der Leser versteht, wieviele Lügen es in dieser verdammten Erzählung dieses verfluchten Pfarrers gibt. Richtig ist, dass ich, als ich auf der Galeere Sol von Italien nach Spanien zurückfuhr von einem gewissen Arnaut Mamí gefangen genommen wurde, der mich wiederum als Sklave an Dalí Mamí verkaufte, einen griechischen Konvertiten, der, ganz im Gegensatz zu dem, was in der Erzählung des Pfarrers steht, keineswegs die Absicht hatte, in den Schoß (oder in die Arme) der heiligen, katholischen Kirche zurückzukehren. Aus einem Grund, den ich nicht kenne, glaubte dieser Dalí Mamí, dass ich reich sei, weshalb er für meine Befreiung 500 Escudos forderte, eine Summe, die meine Familie nicht mal im Traum aufbringen konnte. Die apostolisch, katholische und romanische Kirche, für die ich, in einem Anfall von Quijoterie, in Lepanto bereit war, mein Leben zu geben, interessierte sich überhaupt nicht für mein Schiksal. Genau so gut hätte ich hoffen können, dass die unvergleichliche Dulcinea del Toboso an mich dächte. Schließlich schafften es meine Eltern, die fünfhundert Escudos aufzubringen und so wurde ich freigelassen.

Das ist, in wenigen Worten, die wahre Geschichte.

Schauen wir nun, was dieser Schurke mit meinem Leben machte. Diese Version der Erzählung hat mir der Kneipenwirt selbst gegeben, der mir auch die Umstände erzählte, unter welchen diese in jener Nacht erzählt wurde.

Natürlich sind Dorotea, Luscinda und Cardenio schon nach der Hälfte der Erzählung eingeschlafen, denn die Geschichte war so langweilig, wie jämmerlich und verlogen. Obendrein hatte der Pfarrer in etwa so viel Vorstellungskraft wie ein Esel.

In der kurzen Zeit, die ihm zwischen der Lektüre meiner Erzählung und dem Abendessen verblieben war, hatte er ein paar Stichworte auf's Papier geworfen, also das Skelett der Geschichte, an welches er nun, während er las, Fleisch hängen wollte. Doch so steril ist dieser Herr, dass er manchmal zehn Minuten brauchte, um darüber nachzudenken, wie die Erzählung weitergehen solle.

Was? Ich respektiere das Urheberrecht nicht, weil ich nun selbst die Erzählung des Pfarrers kopiere? Bist du bescheuert? Die Geschichten, die er von mir kopiert hat oder besser gesagt, kopieren wollte, waren damals bereits im Verkauf, hatten also einen konkreten Wert. Seine Erzählung hingegen, hatte überhaupt keinen Wert, denn niemand wollte einen solchen Blödsinn ohne Substanz hören oder lesen.

Erzählungen wie die des Pfarrers schreibe ich in fünf Minuten. Besser gesagt, ich schreibe sie gar nicht, ich erfinde sie, während ich sie erzähle. Ich gedenke auch nicht, damit Geld zu machen, was auch unmöglich ist, dies sei mal ganz beiläufig gesagt, denn niemand würde dafür etwas bezahlen. Mein einziges Interesse besteht darin, nachzuweisen, wie verlogen diese verfluchten Pfarrer sind und was für Tricks sie benutzen, um die Ereignisse zu verdrehen.

In der Geschichte des Pfarrers taucht ein gewisser Saavedra auf, ja, ja, ja, er hatte meine Person kaum verhüllt, er hätte auch gleich Miguel Saavedra schreiben können, oder warum eigentlich nicht gleich Miguel de Cervantes Saavedra, der aus einer wohlhabenden Familie abstammt. Was auch falsch ist, wenn es sich auf mich bezieht, denn meine Familie ist überhaupt nicht wohlhabend. Dieser Herr Saavedra, der natürlich mit mir gar nichts zu tun hat, hatte von seinem Vater 1000 Escudos erhalten und dieses Geld investierte er in eine glänzende Rüstung, weil er vorhatte, Soldat zu werden. In der Erzählung des Pfarrers machte dieser Saavedra das, um nach einer brillanten militärischen Karriere, dem König am Hof dienen zu können, weil es leichter ist, das lässt die Erzählung des Pfarrers durchblicken, eine Anstellung bei Hofe zu ergattern, wenn man vorher als Soldat gedient hatte.

Der Pfarrer scheint mich offensichtlich für dämlich zu halten. Es waren sechshundert Stellen am Hof zu vergeben und dreißigtausend Soldaten, ein bisschen Rechnen reicht also, um einzuschätzen, wie fundiert und auf Fakten gestützt eine solche Hoffnung gewesen wäre.

Nein, die Wahrheit ist einfach die. Als junger Mann war ich ein bisschen bescheuert, das muss man zugeben, und ich langweilte mich derart in diesem verdammten Dorf, dass ich etwas von der Welt sehen wollte und es fiel mir, um von da wegzukommen, nichts Besseres ein, als der Marine beizutreten.

In der Erzählung über den erdichteten Saavedra findet sich auch die Lüge, dass er in Flandern gegen die Holländer kämpfte, die Protestanten sein wollten und von der katholischen Kirche unabhängig. Ich weiß mit Sicherheit, dass dieser Saavedra nie in Flandern kämpfte, und dass er auch nicht die Absicht hatte, dies zu tun. Denn erstens war es ihm völlig wurscht, an welche unvergleichliche Dulcinea del Toboso die Flammen glaubten und zweitens haben diese eine so merkwürdige Sprache mit je, je, je, dass einem der Kopf weh tut, wenn man sie reden hört. Nein, er ging direkt nach Italien, denn dort, wie in Spanien auch, sprach man christlich. In Italien hat er sich gut amüsiert, aber sein Geld ging zu Ende und deshalb hat er an der Schlacht von Lepanto teilgenommen. Was der Pfarrer zu erzählen vergisst, ist, dass der linke Arm des außergewöhnlichen Saavedra in dieser Schlacht schwer verletzt wurde, was dazu führte, dass er ihn von da an nicht mehr benutzen konnte. Dies zu beschreiben wäre wichtig gewesen, denn deshalb nutzten die Araber, die ihn gefangen nahmen, ihn nicht als Arbeitssklaven, sondern als Geisel zur Erpressung von Lösegeld.

An diesem Punkt musste der Pfarrer eine halbe Stunde darüber nachdenken, wie es mit seiner Geschichte weitergehen sollte und da wir hier nicht eine halbe Stunde warten können, ohne etwas zu sagen, beenden wir das chapter und geben dem Pfarrer die Zeit, die er braucht, um seine Inspiration wiederzuerlangen und fahren mit der Geschichte im nächsten chapter fort.