Capítulo cuadragésimo segundo

Que trata de lo que más sucedió en la venta y de otras muchas cosas dignas de saberse y donde aprendemos muchas cosas sobre Andalucía

Poco después de que el cura hubo terminado su cuento entraron en la taberna un señor, cuyo traje dejaba entrever que se trataba de un señor importante, acompañado de cuatro hombres que le servían de mozos. Pero lo que más atrajo la atención de los allí congregados, fue la hija de este señor, una joven de apenas dieciséis años y que ya rebasaba en belleza a Lucinda y Dorotea.
Ninguna de las dos estaba muy segura de que el cuento del cura hubiese terminado ya, porque cuando hay voluntad divina de por medio y la Virgen María se le aparece a alguien, los cuentos son tan fantásticos y arbitrarios como las hazañas de Don Quijote. Igualmente habría podido ocurrir que una vez llegados a España se les apareciera el arcángel San Rafael para anunciarle al reputado Saavedra y a Zoraida que ella estaba embarazada y que su hijo sería el futuro Papa, o que en un manzano crecerían ricos jamones serranos para calmar y aun satisfacer el hambre que los afligía o que por el Guadalquivir fluiría leche y no agua o cualquier otra cosa. Los cuentos divinos pueden durar mucho tiempo, miles de años y como el cura solía hacer tantas pausas, no se podía saber si el cuento había realmente terminado o no.

Pero tras media hora sin volver a oír al cura, sintieron un gran alivio. Sí, el cuento se había terminado. Claro que no dijeron al cura que el cuentecito de marras era la cosa más pedante, aburrida e inverosímil que habían oído en su vida, sino le bailaron el agua todo el rato alegando que sí, que era muy entretenido, que ayudaría a fortalecer la fe cristiana de los pobres de espíritu, que debería ser leído en las iglesias y varias cosas de este tipo. Con lo cual, el cura quedó súper contentísimo y se preguntaba incluso si no sería mejor que de ahora en adelante se dedicara a escribir cuentos iguales o mejores que el recién acabado.

Mientras así hablaban sintieron que alguien cantaba afuera y que ese canto ya no era insulso, abstracto ni teórico, sino la máxima expresión de la vida misma.

Déjame quedarme contigo, tenerte en mi vivir,
contemplar tus ojos, soñarte junto a mí.
Aunque la vida me arrastre, mi mente fijar en ti
y soñar que estás aquí...
y soñar que estas aquí...

Entre truenos y tormentas, mi barca rumbo a ti
y en los días de borrasca soñar que estás aquí,
para cada día que transcurra, del recuerdo vivir,
¡déjame en tu ausencia soñarte junto a mí!

Soñar que estás aquí cada minuto a solas,
Soñar que estás aquí...

Como estrella tú me guías de principio a fin;
con el sol del nuevo día, soñar que estás aquí,
para cada día que transcurra, del recuerdo vivir,
¡déjame en tu ausencia soñarte junto a mí!

Soñar que estás aquí,
cada minuto a solas, soñar
que estas aquí... soñarte junto a mí,
cada minuto a solas, soñar... que estás aquí...

¡Rediez! Esto no era un cuentecillo del cura, esto sí que era divino por lo humano. ¿Qué era aquello?, ¿quién cantaba?
Corriendo fueron todos a la ventana para ver quién era el que así cantaba y vieron a un cabrero, joven, de más o menos dieciséis años, edad que justificaba que aún tuviese voz de mujer. Era un joven delgado y esbelto cual doncella, con rizos negros y unos ojos grandes coronados por cejas finas; y mientras cantaba movía las manos, que tampoco eran manos de hombre, sino manos livianas como las de una mujer. Parecía el ángel músico pintado por Fiorentino.
Incluso Cardenio quedó asombrado. Tan asombrado, que de momento ni siquiera sintió envidia. Por lo pronto no comparaba sus sonetos artificiales y sosos con las canciones de este cabrero angelical. Era consciente de que él, a diferencia del cabrero al componer un soneto, siempre cuidaba más la forma que el contenido.

Tanto Lucinda como Dorotea se enamoraron de inmediato del cabrero con quien nunca habrían jugado como lo habían hecho con Cardenio y Fernando respectivamente. Se enamoraron de él de una forma completamente distinta, con un amor que no despertaba deseo carnal alguno pues aquel amor, tenía algo de materno. Lo amaban como se ama a un niño lo que por su corta edad efectivamente era, aunque cantara sobre cosas tan tristes y contase experiencias, que no se correspondían con su edad.
Cantaba allá, en la cima de una colina que había al lado de la taberna, en esa estrellada noche de luna llena y en la que las estrellas fulguraban como diamantes que alguien hubiese lanzado en abundancia al negro firmamento cantaba el cándido pastorcillo tantas canciones, que pareciera que el alma misma cantara, que su propia alma fuese el instrumento que cantaba y que todo lo que sentía se convirtiese sin ningún esfuerzo en música, imitando a un instrumento que cantase todas las alegrías y dolores sin que nadie lo tocara.

¿Recuerdas aquel cielo tan lleno de estrellas,
de noche por la carretera a Cancún?
Mirando la noche cubierta de estelas,
escogeré la más brillante
y me iré en un viaje sin fin.
Tal vez, tarde mil años…

Cuando llegue, espero encontrar algún planeta…
en lugar del Sol, saldrá tu rostro.
Y así, a diario podré despertar…
...contigo…

¡Caramba con el cabrero! Ya en una ocasión nos interrogamos sobre cómo eran los cabreros en España. En aquella ocasión nos llamó la atención la extrema sensibilidad con la que los compañeros de Crisóstomo, se enternecieron por el destino que éste sufrió. En aquel entonces dudamos más que esta vez, ya que encontramos poco creíble, que pudiese haber gente tan sensible en tierras tan toscas, siendo que incluso poetas de esas regiones, no tienen claro que así fuese.

Sobre el monte pelado un calvario.
Agua clara y olivos centenarios.
Por las callejas hombres embozados,
y en las torres veletas girando.
Eternamente girando.
¡Oh pueblo perdido,
en la Andalucía del llanto!

Así lo cantó el famoso poeta andaluz y todo el mundo creyó sin ningún género de dudas que era cierto. ¡Ah! ¡Cuán mentiroso puede ser un poema! Aquí está la prueba. Sobre el monte pelado, bajo el cielo estrellado no había un calvario, había un ángel músico que cantaba su tristeza con tanto arte, que el rocío que cubría las piedras, parecían lágrimas.

Las cosas que vivimos
son memorias muertas.
Ahogaste mis latidos,
rompiste las promesas

Las cosas que vivimos
vuelven en tu ausencia.
No crees lo que te he dicho,
te vas y no regresarás.

¡No te importa lo que diga!, te da igual.
¡Tampoco el llanto!, me despides y te vas.
Las heridas con el tiempo sanarán;
pero tú, nunca jamás regresarás…

Ya no estás conmigo,
ya no estás aquí…
Ya no estás conmigo,
ya no estás aquí…
Ya no estás conmigo,
ya no estás aquí…
Ya no estás conmigo,
ya no estás aquí…
Ya no estás conmigo.
Ya no estás…

...cantaba el joven como si fuese estudiante de la más egregia escuela de música del país. Cantaba como se canta en la ópera de Sevilla o de Madrid, pero todo era de su invención. No era música que ya se hubiera escuchado miles de veces ni una de esas zarzuelas que son tan iguales como dos gotas de agua.

¿Y quién era la mujer, o más bien mocita, porque una mocita debía ser el amor de este mozalbete, que tanto dolor le había causado? Exactamente eso, se preguntaron Lucinda y Dorotea sobrecogidas por la intensidad del texto cantado.
La respuesta no se hizo esperar, porque cuando hubo terminado esta canción y comenzaba con la próxima, visto que todas ellas parecían salir de su alma sin esfuerzo alguno, la hermosa niña que acababa de entrar, rompió a llorar compungidamente. Se tapó la cara con las manos y empezó a sollozar. ¿Quién era esta niña y quién este niño? En el próximo capítulo lo vamos a saber.

 

chapter zweiundvierzig

Von dem, was in der Schenke noch passiert ist und anderen Dingen, die des Erzählens würdig und wo wir viel über Andalusien lernen


     Kurz nachdem der Pfarrer mit seiner Geschichte zu Ende war, betrat ein Herr, dessen Kleidung vermuten ließ, dass es sich um jemand Wichtiges handelte, in Begleitung von vier Männern, die ihm als Lakaien dienten, in die Kneipe ein. Doch was die Aufmerksamkeit der dort Anwesenden am meisten auf sich zog, war die Tochter dieses Herrn, eine Mädchen von kaum sechzehn Jahren, die aber an Schönheit Luscinda und Dorotea schon übertraf.

     Keine der beiden war sich sicher, ob die Geschichte des Pfarrers schon zu Ende war, denn wenn sich der göttliche Wille einmischt und die Jungfrau Maria jemandem erscheint, sind die Geschichten so phantastisch und willkürlich wie die Heldentaten des Don Quijote. Es hätte auch sein können, dass, nachdem sie spanischen Boden erreicht hatten, ihnen der heilige Erzengel Raphael erscheinen würde, um dem angesehenen Saavedra und Zoraide mitzuteilen, dass sie schwanger, und dass ihr Sohn der zukünftige Papst wäre oder dass an einem Apfelbaum köstliche Schinken wachsen würden, um den Hunger zu stillen oder zu befriedigen, oder dass im Guadalquivir nicht mehr Wasser sondern Milch fließen würde oder sonst irgendetwas. Die göttlichen Erzählungen können lange dauern, tausende von Jahren und da der Pfarrer so viele Pausen zu machen pflegte, konnte man nicht sicher sein, ob die Erzählung nun zu Ende war oder nicht.

     Doch nachdem sie von dem Pfarrer eine halbe Stunde lang nichts mehr gehört hatten, fühlten sie eine große Erleichterung. Ja, die Geschichte war tatsächlich zu Ende. Natürlich sagten sie dem Pfarrer nicht, dass die oben erzählte Geschichte das Pedantischste, Langweilste und Unwahrscheinlichste war, was sie in ihrem Leben  jemals gehört hatten, sondern sie schmeichelten ihm, sagten, dass sie sehr unterhaltsam gewesen sei und helfen würde, den christlichen Glauben bei den Armen im Geiste zu stärken, dass man sie in den Kirchen vorlesen sollte und andere Dinge dieser Art. Der Pfarrer war darüber sehr erfreut und fragte sich, ob es von nun an nicht besser wäre, wenn er sich von nun an der Erzählung solcher oder sogar noch besserer Geschichten widmen würde.

     Während sie so sprachen, hörten sie, wie draußen jemand zu singen begann und dieser Gesang war nicht fade, abstrakt und theoretisch, sondern der reinste Ausdruck des Lebens selbst.

Lass mich bei Dir bleiben, dich in meinem Leben haben,
Deine Augen betrachten, dich an meiner Seite zu träumen,
auch wenn das Leben mich irgendwo hinschleppt,
meinen Geist auf Dich gerichtet halten
und träumen, dass du hier bist...
und träumen, dass du hier bist...

Zwischen Donnern und Gewittern, geht mein Schiff
Kurs auf dich,
und in den Zeiten des Sturmes,
träumen, du seist hier,
jeden Tag von der Erinnerung
zehren, lass mich in deiner Abwesenheit von dir träumen

In deiner Abwesenheit lass mich träumen, dass du bei mir bist, träumen dass du jede Minute hier bist,
träumen, dass du hier bist...

Wie ein Stern leitest du mich vom Ursprung
bis zum Ende mit der Sonne des heranbrechenden Tages,
träumen, dass du hier bist,
jeden Tag von der Erinnerung
zehren, lass mich in deiner Abwesenheit von dir träumen

Träumen, dass du hier bist, jeden Moment, wenn ich allein bin,
träumen, dass du hier bist, träumen, dass du hier bist, jeden Moment, wenn ich allein bin,
träumen,... dass du hier bist...

     Meine Güte! Das war nicht wie das Geschichtchen des Pfarrers, das war wirklich göttlich, weil es so menschlich war. Was war das? Wer sang?

     Sie liefen alle ans Fenster um zu sehen, wer es war, der so sang und sahen einen jungen Hirten, von ungefähr sechzehn Jahren, ein Alter, das auch erklärte, warum er noch fast die Stimme einer Frau hatte. Er war jung, schlank und grazil wie ein Mädchen, mit schwarzen Locken und schwarzen Augen, die von feinen Wimpern gekrönt waren. Und während er sang, bewegte er die Hände, die auch nicht die Hände eines Mannes waren, sondern zarte Hände wie die einer Frau. Er schien wie der Musikengel von Fiorentino.

     Auch Cardenio war verblüfft. So verblüfft, dass er nicht mal Neid fühlte. Er verglich seine künstlichen Sonette nicht mit den Liedern dieses engelhaften Hirten. Er wusste, dass er, ganz im Gegensatz zu dem Hirten, beim Komponieren eines Sonetts immer mehr auf die Form als auf den Inhalt achtete.

     Luscinda und Dorotea verliebten sich sofort in den Hirten, mit dem sie nie so gespielt hätten, wie sie mit Cardenio und Fernando gespielt hatten. Sie verliebten sich in ihn auf eine völlig andere Art, auf eine Art von Liebe, die nicht die fleischliche Lust erweckte, denn diese Liebe hatte etwas Mütterliches. Sie liebten ihn, wie man ein Kind liebt, was er ja wegen seines Alters auch noch war, obwohl er über traurige Dinge sang und von Erfahrungen erzählte, die nicht zu seinem Alter passten. 
     Dort sang er, auf dem Gipfel des Hügels, der sich neben der Kneipe erhob, in dieser sternenklaren Vollmondnacht, in der die Sterne wie Diamanten, die jemand mit dem Füllhorn über dem schwarzen Firmament ausgeschüttet hatte, funkelten, und der knabenhafte Hirte sang so viele Lieder, dass man hätte meinen können, dass die Seele selbst sänge, dass seine Seele selbst das Instrument wäre, das sänge und das alles was er empfand, sich ohne jede Anstrengung in Musik verwandeln würde, wie ein Instrument, das alle Freuden und Schmerzen besang, ohne dass es jemand spielte.

Der Himmel voller Sterne

Erinnerst du dich? Der Himmel voller Sterne,
in der Nacht auf dem Weg nach Cancún.
die Sternennacht betrachtend,
nehm ich den leuchtendsten,
und mache mich auf den Weg auf eine Reise ohne Ende
Vielleicht dauert sie tausend Jahre...

Komme ich an, hoffe ich einen Planeten zu finden...
Anstatt der Sonne wird dein Gesicht erscheinen
Und so werd ich täglich aufwachen können...
...mit dir...

     Was für ein Hirte! Wir haben uns bereits gefragt, wie die Hirten in Spanien sind. Damals wunderten wir uns, wie viel Mitleid die Kameraden von Grisóstomo dem Schicksal entgegenbrachten, das er erlitt. Damals wunderten wir uns noch mehr als jetzt, denn es ist nicht sehr glaubhaft, dass in so rauen Gegenden so empfindsame Menschen leben, wo es doch selbst den Dichtern aus diesen Regionen nicht klar ist, dass dem so ist.


Auf dem kahlen Berg ein Leidensweg.
Klares Wasser und Jahrhunderte alte Olivenbäume
Auf den Straßen, vermummte Gestalten
und auf den Türmen die drehenden Wetterhähne,
die sich ewig drehenden Wetterhähne.
Oh verlorenes Dorf
im Andalusien der Schmerzen!

     So sang der bekannte andalusische Dichter und alle Welt glaubte ohne jeden Zweifel, dass dies wahr sei. Ah! Wie falsch kann doch ein Gedicht sein! Hier ist der Beweis! Auf dem kahlen Berg, unter dem sternenklaren Himmel, war kein Leidensweg, sondern ein Musikengel, der seine Traurigkeit mit soviel Kunst besang, dass der Tau, der die Steine bedeckte, Tränen zu sein schien.

Die Dinge, die wir elebten sind tote Erinnerungen.
Du ersticktest meine Herzschläge, brachst die Versprechen.
Die Dinge, die wir erlebten,
Kommen in deiner Abwesenheit zurück.
Du glaubst nicht, was ich dir gesagt habe,
du gehst und kommst nicht zurück.
Es ist dir egal, was ich sage! Es ist dir gleichgültig,
Auch nicht die Tränen! Du verabschiedest dich
und gehst.
Die Wunden werden heilen mit der Zeit,
doch du kehrst nie mehr zurück...

Du bist nicht mehr bei mir,
Du bist nicht mehr hier...
Du bist nicht mehr bei mir
Du bist nicht mehr hier...
Du bist nicht mehr bei mir
Du bist nicht mehr hier...
Du bist nicht mehr bei mir
Du bist nicht mehr hier...
Du bist nicht mehr bei mir
Du bist nicht mehr hier...

     ... der Knabe sang, als ob er ein Student der erlauchtesten Musikhochschule des Landes wäre. Er sang, wie man in der Oper von Sevilla oder Madrid singt, aber alles hatte er sich selber ausgedacht. Es war keine Musik, die man schon tausendmal gehört hatte und auch keine dieser Zarzuelas, die einander ähneln wie ein Ei dem anderen.

    Und wer war die Frau, oder das Mädchen, denn ein Mädchen muss die Liebe dieses Knaben sein, die ihm so viele Schmerzen bereitet hatte? Genau das fragten sich auch Luscinda und Dorotea, von der Intensität des Gesangs überwältigt.

     Die Antwort ließ nicht lange auf sich warten, denn als er dieses Lied beendet und mit dem nächsten angefangen hatte, da ja alle direkt und ohne Anstrengung aus seiner Seele zu fließen schienen, fing das wunderschöne Mädchen an zu weinen. Sie verbarg ihr Gesicht in den Händen und begann zu seufzen. Wer war dieses Mädchen und wer dieser Knabe? Im nächsten chapter werden wir es sehen.