Capítulo quincuagésimo primero

Donde se cuenta por qué los cabreros se metieron otra vez en el asunto y cómo la iglesia ha falsificado los hechos

Sí, lo admito, incluso yo, Miguel de Cervantes Saavedra, apogeo del ingenio español, puedo equivocarme y pido perdón a los cabreros.

He dudado en el capítulo catorce de los cabreros de Andalucía, les reprochaba allí que asistieran al entierro de Crisóstomo no porque sintieran compasión por su compañero, sino por el mismo gozo que se encuentra en los teatros. Sí, lo admito, me equivocaba cuando los juzgué de un modo tan bajo. Me equivoqué porque no distinguí bien entre el señor Vivaldo, el noble que sólo se interesaba por los poemas de Crisóstomo y los cabreros, que no tenían nada que ver con él.

Hay que admitirlo, una ciencia que se basa únicamente en palabras, como la Historia, nunca puede ser tan rigurosa como aquellas ciencias que no precisan de ellas. No es una disculpa, ya lo sé, pero incluso el historiador más riguroso, que sólo se interesa por los hechos y aparta todo lo que no está bien comprobado, puede equivocarse.

Muestra de la sinceridad de mis disculpas es que ahora rectifico todas las mentiras que propagó la Iglesia en sus sermones de domingo y en sus escritos. Tanto odio sentía el cura y el canónigo por Don Quijote por haberles demostrado que la Biblia no es otra cosa que un libro de caballería más, como adversión por los cabreros, que no estaban dispuestos en absoluto a creer todo lo que en las iglesias se decía.
Inventó la Iglesia historias con los cuales querían denigrar a Don Quijote, como por ejemplo la de un soldado, que arruinó a la hija de un campesino rico.

Cuenta dicha calumnia, que en un pueblo vivía un campesino muy honrado y rico que tenía una hija muy hermosa y discreta. De ésta su hija, se enamoraron todos los campesinos y cabreros de la comarca y el padre no sabía con quién casar a su hija; así que tuvo a bien dejarle la decisión a ella. Pero ella no se decidía por ninguno a pesar de que entre ellos había muchos ricos, guapos, honestos y discretos.
La situación se dilataba en el tiempo, hasta que cierto día volvió a su pueblo natal un soldado, que, según contaba, había participado en todas las guerras del mundo y que, según contaba también, había matado más moros que en Marruecos había.
Siempre salía de casa vestido de soldado y tan vistoso era su uniforme, tan romántica toda su apariencia, tan heroico sus cuentos, que de noche todo el pueblo se reunía alrededor de él para escuchar sus aventuras en Flandes, Italia, en Francia, en Portugal y en las Indias. Pero por si esto no bastara para que las chicas lo adorasen, también sabía tocar la guitarra y cantar. Nadie se daba cuenta de que todas las órdenes y distinciones que se prendía al uniforme antes de salir de casa, eran tan valiosas como una lata, porque el rey siempre solía pagar con honor, que es mucho más barato que pagar en oro.
La pura verdad era ésta. A pesar de tener una apariencia muy vistosa y aparentar ser entretenido, era un bicho raro y ganar batallas en tierras extrañas no es nada realmente rentable.
De este soldado se enamoró la hija del campesino, que se llamaba, dicho sea de paso, Leandra. Se enamoró de él como Don Quijote de sus libros de caballería. Sí, para qué negarlo, esto es el único punto verídico en esta historia que hizo difundir la Iglesia. La guapa Leandra estaba hasta la coronilla de sus vecinos ricos, que no hablaban de otra cosa que de sus ovejas, la cosecha, el precio del trigo, de la nueva casa de su vecino González, de sus caballos, de quién es el más rico del pueblo y demás. Y cuando no hablaban de esto, estaban borrachos como cubas y contaban tonterías.
En estas circunstancias, una chica puede enamorarse de un soldado. Claro está que el padre nunca habría consentido que su hija se casara con un soldado que no tenía otra cosa que un par de batallas ganadas; así que Leandra se escapó una noche con su soldado - esto es por lo menos lo que se cuenta en la iglesia. El padre, después de haberse dado cuenta de la desaparición de su hija, llamó a la Santa Hermandad, que se encargó de la búsqueda de los dos fugitivos. Tras seis días de arduas batidas por los campos, encontraron a Leandra medio desnuda en una cueva, despojada de todas las joyas que había traído consigo. El engalanado soldado le había robado todo y después la había abandonado en aquella cueva. Llevaron a la chica con su padre y él la recluyó en un monasterio, esperando que con el tiempo la gente del pueblo olvidara esta historia.

Así cuentan la historia los curas en los sermones de domingo. Cuentan que esta historia la narró un cabrero cuando la caravana, con Don Quijote en la jaula rodante, los cuatro soldados de la Santa Hermandad, el cura, el canónico y el barbero, se hubieron parado para dejar descansar los bueyes y comer algo y que estando sentados todos en el suelo comiendo, había llegado un cabrero que les contó esta historia.

Como la historia se difundía por las iglesias, a las pocas fechas también se contaba en las tabernas y nadie se preguntó si era verdadera o no.

Lo más interesante de esta historia es el hecho de que estos curas resultan ser increíblemente estúpidos. Claro que querían denigrar a Don Quijote, pero sin querer, también contaban algo verdadero, porque el soldado que describían era de aquéllos que reconquistaron Jerusalén y el pago que se recibe por un trabajo de esta envergadura, no se cobra hasta después de la muerte. Es decir, no hay que pagarlo con moneda terrestre, lo que les convenía enormemente a la Iglesia y a la Monarquía, que en éste como en otros tantos temas iban de la mano.

Mas lo que sigue, es una mentira y nosotros lo sabemos. Cuentan los curas que Don Quijote, tras haber oído esta historia, dijo al cabrero:

Don Quijote:

Por cierto, hermano cabrero, que si yo me hallara posibilitado de poder comenzar alguna aventura, que luego me pusiera en camino porque vos la tuviérades buena; que yo sacara del monasterio, donde, sin duda alguna, debe de estar contra su voluntad, a Leandra, a pesar de la abadesa y de cuantos quisieran estorbarlo, y os la pusiera en vuestras manos, para que hiciérades della a toda vuestra voluntad y talante, guardando, pero, las leyes de la caballería, que mandan que a ninguna doncella se le sea fecho desaguisado alguno; aunque yo espero en Dios Nuestro Señor que no ha de poder tanto la fuerza de un encantador malicioso, que no pueda más la de otro encantador mejor intencionado, y para entonces os prometo mi favor y ayuda, como me obliga mi profesión, que no es otra si no es favorecer a los desvalidos y menesterosos.

Esto es lo que cuentan los curas y por lo tanto se cuenta también en las tabernas. Y cuentan que el cabrero, después haber escuchado esto, trataba a Don Quijote de loco. Dicen que el cabrero dijo que lo que acababa de decir Don Quijote se asemejaba a lo que se leía en los libros de caballeros andantes y que Don Quijote debía tener vacíos los aposentos de la cabeza. Y dicen que Don Quijote agredió al cabrero al verse ofendido por éste y que el cabrero le propinó una buena paliza a Don Quijote.

¿Qué nos quieren enseñar estos curas con este cuento inventado de principio a fin? ¿Que las únicas locuras en las que creían los cabreros eran aquéllas que narra la Biblia? ¿Que estaban tan cuerdos como la Iglesia quería, creyendo sólo las locuras que ésta enseña? ¿Que los cabreros se dejaron provocar por un loco? ¿Que no sintieron piedad? ¿Que no comprendiesen lo que le había ocurrido a Don Quijote?
¡Bah! Los cabreros de Andalucía no eran como tú, estúpido lector, que después de beber una botella de ron, que es tu manera de escapar de la realidad, repetían cualquier cosa que se les contara, sin reflexionar. Esa gente habla poco, porque la mayor parte del tiempo están solos y rara vez iban a la iglesia: primero porque allí, donde estaban ellos, no las había y aparte de eso porque preferían pensar con su propia cabeza. Sólo de noche se reunían alrededor de un fuego, para comer juntos y contarse todo lo que había ocurrido en las distintas regiones y como en todas las regiones había cabreros, estaban perfectamente enterados de las hazañas de Don Quijote. Pero ellos no se contaban estas historias para burlarse de Don Quijote. ¡No! Ellos querían aprender algo de esta historia. Analizaron los distintos tipos de locuras que hay, compararon las locuras de Sancho Panza con las de Don Quijote, las de los soldados con las de los curas y discutían sobre todos los tipos de Dulcineas del Toboso que podía haber sobre la faz de la Tierra. Notaron que había habido una partida loca, pero no tiene sentido la loca partida, si no hay luego una llegada cuerda.

No, no reprocharon a Don Quijote que hubiese salido de su casa, sin saber realmente a dónde ir. Les pareció muy normal, porque en general la gente que sabe a dónde va, no va muy lejos y si no se piensa llegar cuanto más lejos mejor, perfectamente se puede quedar uno en casa.

Después de haber comido, se echaron sobre un par de pieles en el suelo, miraron el firmamento y hablaron un poco como en sueños.

- Oigan - dijo de repente uno - ¿no os parece que esta historia de Don Quijote se asemeja un poco a la de Moisés?
- ¿Por qué? - le preguntó otro.
- Bueno, es que Moisés también quería salir, pero no tenía ni pensamiento de adonde iba a llegar - le respondió el otro.
- ¿Cómo que no? - se extrañó el otro - quería ir al país donde fluía leche y miel.
- ¡Vamos hombre! ¿A eso lo llamas tú llegar? - replicó rápidamente el otro. Si eso es llegar, nosotros ya hemos llegado. Tenemos miel, leche, carne, cuero y todo lo que nos apetece. Si quiero otra cosa vendo una oveja y me la compro
- Sí, a lo mejor este Moisés no era muy ambicioso - añadió el primero.
- ¿Y qué sería para ti entonces ser ambicioso? - preguntó otro siguiendo con los ojos una estrella fugaz que en ese momento caía.
- No sé, a lo mejor sentir siempre lo que sentí cuando vi a Carmencita por primera vez - le contestó el primero.
- Vaya hombre, no sé si a eso se le puede llamar llegada. La última vez que me pasó algo así, perdí diez kilos. Eso está bien cada cuatro años, pero si lo vives siempre, te vuelves loco – afirmó el primero.
- Hombre, era un ejemplo. Un poco Don Quijote somos todos ¿no? Algo buscamos que nos haga felices - se oyó una voz en la oscuridad.
- Bueno, pero este señor tenía cincuenta años cuando se dio cuenta de que no había vivido. Si antes hubiese sido un poco más curioso, no le habría pasado esto.
- ¿Curioso? ¿Cómo curioso? - preguntaron dos a la vez.
- Bueno, interesarse un poco por lo que pasa a nuestro alrededor, no creer cualquier tontería que se cuenta. Intentar cosas nuevas y ver lo que sale.
- A menudo no es tan fácil como crees, ¿sabes? - suspiró otro. La realidad a veces puede presentarse como un muro que únicamente un loco puede derribar.
- Sí, son muy graciosos los locos, ponen un poco desorden en el orden.
- Sabéis qué me pregunto a veces - agregó uno bastante absorto en mirar el firmamento, que esa noche brillaba tanto, que todos los astros se veían claramente.
- No, pero me imagino que dentro de poco nos lo vas a decir - le respondió otro.
- Me pregunto si a Dios le gusta el orden o el desorden.
- ¡Ah! Tú ya no te interesas por los detalles, o sea si existe o no este señor, a ti te interesa cómo es.
- Sí, a lo mejor este señor, no tiene ni idea de cómo puede ser el paraíso y espera que nosotros destruyamos cualquier orden hasta encontrar algo que se parezca a un paraíso.
Todos empezaron a reír al oír semejante tontería.
- ¿No se te escapan tus ovejas?, ¡¡pero si todo el día andas empinando el codo!! – le tomaron el pelo .
- De momento no veo por qué lo que dije os pareció una sandez.
- Bueno, chorrada lo que se dice chorrada a lo mejor no es, pero un poco abstracto.
- El problema no son las preguntas, sino las respuestas - dijo aquél de la botella de ron.
- Chico, si no lo dices en latín, no puede ser nada sensato - le respondió otro.
- Te digo yo que las respuestas también son un problema. El otro día mi hija me preguntó por qué las ovejas balan y no ladran y yo no supe la respuesta, quedó muy insatisfecha mi niña - comentó otro con mucho acierto.
- Tengo la impresión que no queréis comprenderme - siguió diciendo el de la botella de ron.
- ¿Cómo que no? Hacemos toda clase de esfuerzos por comprenderte, pero eres tan abstracto como el cura, ¿sabes?
- Lo que quiero decir es que hay gente que se dice creyente y tal palabra viene de creer, pero esa gente no cree sino que sabe y ahí radica el problema.
- ¿Y dónde está el problema?
- El problema es que esa gente, cuyos cerebros están impregnados de creencias, siempre conocen la verdad mejor que los otros creyentes.
- Sí, en eso tienes razón y a los Don quijotes siempre les hacen falta otros Don quijotes, porque algunos han de haber que se pongan de rodillas ante la sin par Dulcinea del Toboso.
- ¡Menuda exageración la tuya de ahora! Nuestro Don Quijote no es ningún Tomás de Torquemada. ¿Y no viste la magnífica paliza que le dio a los monjes que querían sepultar a su compañero? Y no le importó nada que después lo excomulgaran. Sí es un loco, pero valiente, porque es el único que cree en su propia locura. Los otros creyentes son unos perezosos que no buscan otra cosa que vivir bien y nadie puede reprocharle a Don Quijote nada parecido.
- Mañana, el cura y el canónigo lo van a llevar a casa.
- Será un triunfo para ellos, poder humillarlo así, porque, en realidad, Don Quijote era una parodia de ellos.
- Sí, y para que a nadie se le ocurra siquiera pensar que lo son, tratarán de humillarlo.
- ¿Qué os parece si cambiamos un poco las reglas del juego? Entremos junto con Don Quijote a su aldea.
- ¿Para hacer qué?
- Para vitorearlo.
- ¿Vitorearlo?
- Bueno, sí. Es que esta manera de la iglesia de dar respuesta a cualquier cosa y meterse en los asuntos ajenos, no me parece muy sana.

Y así hablaron los cabreros, echados en el suelo sobre sus pieles, contando cada uno las estrellas fugaces que iban viendo y trazando un plan de lo que al siguiente día iban a hacer. Y hablando de todo, a veces de forma sensata y otras insensatas, hasta que uno tras otro se iban adormeciendo.
Lo que planearon para la ocasión, lo vamos a ver en el próximo y último capítulo de esta verdadera historia.

 

chapter einundfünfzig

Wo erzählt wird, wie sich die Hirten noch einmal einmischten und wie die Kirche die Ereignisse verfälschte

Ja, ich gebe es zu, auch ich, Miguel de Cervante Saavedra, Gipfel des spanischen Genies, kann mich irren und ich bitte hiermit die Hirten um Entschuldigung.

Im chapter vierzehn habe ich an den Hirten von Andalusien gezweifelt, habe ihnen vorgeworfen, dass sie an der Beerdigung von Grisóstomo nicht aus Mitleid für ihren Kameraden teilgenommen hätten, sondern wegen desselben Genusses, den man im Theater findet. Ja, ich gebe zu, mich geirrt zu haben, als ich ihnen so niedere Motive unterstellte. Ich habe mich geirrt, weil ich zwischen einem Herrn Vivaldo, dem Adeligen, der sich nur für die Gedichte von Grisóstomo interessierte und den Hirten, die mit diesem gar nichts zu tun hatten, nicht unterschied.

Man muss zugeben, dass sich eine Wissenschaft, die ausschließlich auf Worte basiert, wie die Geschichtswissenschaft, nie dieselbe Strenge aufweist, wie jene Wissenschaften, die nicht von diesen abhängen. Ich weiß, dass dies keine Entschuldigung ist, doch auch der gewissenhafteste Historiker, der sich nur für die Fakten interessiert und all das beiseite schiebt, was nicht bewiesen ist, kann sich irren.

Wie ernst es mir mit meiner Entschuldigung ist, beweist die Tatsache, dass ich nun alle Lügen widerlegen werde, die die Kirche in ihren sonntäglichen Predigten und ihren Schriften verkündet. Diese hasste sowohl Don Quijote, der bewiesen hatte, dass die Bibel nichts anderes ist als ein Buch über fahrende Ritter, wie auch die Hirten, die absolut nicht bereit waren, alles, was die Kirche erzählte zu glauben.

Die Kirche erfand also Geschichten, mit denen sie Don Quijote verächtlich machen wollte, wie zum Beispiel diese, die von einem Soldaten handelte, der die Tochter eines reichen Bauern ruinierte.

Die Verleumdung handelt von einem ehrenhaften und reichen Bauern, der auf dem Land lebte und eine schönen und verständige Tochter hatte. In diese Tochter verliebten sich alle Bauern und Hirten der Gegend und der Vater wusste nicht, mit wem er seine Tochter verheiraten sollte, so dass er ihr die Entscheidung überließ. Doch sie entschied sich für keinen, obwohl viele Vermögende, Schöne, Ehrenhafte und Verständige darunter waren.

Diese Situation dauerte an, bis eines Tages ein Soldat in sein Heimatdorf zurückkehrte. Dieser hatte, so erzählte er, an allen Kriegen dieser Welt teilgenommen und mehr Araber in Marokko getötet, als dort überhaupt lebten. Er verließ das Haus immer als Soldat gekleidet und seine Uniform war so prächtig, seine Erscheinung so romantisch, seine Geschichten so heroisch, dass sich abends regelmäßig das ganze Dorf um ihn versammelte, um seine Abenteuer aus Flandern, Italien, Frankreich, Portugal und Amerika zu hören. Doch wenn das noch nicht reichte, um die Bewunderung der Frauen zu erlangen, spielte er noch Gitarre und sang. Niemand bemerkte, dass alle Orden und Auszeichnungen, die er sich an die Uniform heftete, bevor er das Haus verließ, so wertvoll waren wie Blech, weil der König immer mit Ehre zu zahlen pflegte, was billiger ist, als mit Gold zu bezahlen.
Die reine Wahrheit war diese. Auch wenn seine Erscheinung prächtig war und er unterhaltsam schien, war er doch ein merkwürdiger Wurm, denn in entfernten Ländern Schlachten zu gewinnen ist nicht besonders rentabel. In diesen Soldaten verliebte sich die Tochter des Bauern, die, das sei beiläufig erwähnt, Leandra hieß. Sie verliebte sich in ihn wie Don Quijote in seine Ritterbücher. Ja, warum soll man es verleugnen, das ist das einzig Wahre an dieser ganzen Geschichte, die von der Kirche verbreitet wurde. Die schöne Leandra hatte die Nase voll von den ganzen reichen Nachbarn, die von nichts anderem sprachen als von ihren Schafen, der Ernte, dem Preis des Weizens, dem neuen Haus ihres Nachbarn Gonzalez, ihren Pferden und wer der reichste ist im Dorf. Und wenn sie davon sprachen, waren sie besoffen wie Weinschläuche und erzählten Unsinn. Unter diesen Umständen kann sich ein Mädchen in einen Soldaten verlieben. Natürlich hätte der Vater der Heirat mit einem Soldaten, der nichts weiter besaß als ein paar gewonnene Schlachten, nie zugestimmt, so dass Leandra eines Nachts mit ihrem Soldaten flüchtete. Der Vater rief, nachdem er das Verschwinden seiner Tochter bemerkt hatte, die Santa Hermandad, die den zwei Flüchtigen nachstellte. Nach sechs Tagen emsiger Suche fanden sie Leandra nackt in einer Höhle, all ihres Schmuckes, den sie bei sich getragen hatte, beraubt. Der herausgeputzte Soldat hatte sie ausgeraubt und dann in der Höhle zurückgelassen. Sie brachten die Tochter zum Vater zurück, der sie dann, in der Hoffnung, dass die Leute des Dorfes mit der Zeit die Geschichte vergessen würden, in ein Kloster steckte.

So erzählen die Pfarrer die Geschichte in den Sonntagspredigen. Sie behaupten, dass diese Geschichte ein Hirte erzählt habe, als die Karawane mit Don Quijote im rollenden Käfig, den vier Soldaten der Santa Hermandad, dem Pfarrer, dem Geistlichen und dem Barbier, angehalten hatte, damit die Ochsen sich ausruhen und sie etwas essen könnten. Während sie also so dasaßen, sei ein Hirte gekommen, der diese Geschichte erzählt habe.

Weil man sie über die Kirchen verbreitete, erreichte sie auch bald die Kneipen und niemand stellte sich die Frage, ob sie wahr sei oder nicht.

Das Interessanteste an der Geschichte ist, dass diese Pfarrer so unendlich dämlich sind. Offensichtlich ist, dass sie Don Quijote verleumden wollten, doch ohne dies zu wollen, erzählten sie auch etwas Wahres, denn der Soldat, den sie beschrieben, war von der Art, die auch Jerusalem erobert hatten und die Bezahlung, die ihm aufgrund dieses gewaltingen Unterfangens zusteht, wird erst nach dem Tod bezahlt, man muss ihn also nicht in irdischer Münze bezahlen, was der Kirche und dem König sehr zugute kommt, denn sie gehen immer Hand in Hand.

Doch noch infamer ist die Lüge, die dann folgt und wir wissen das. Es wird von den Pfarrern behauptet, dass Don Quijote zur Geschichte des Hirten folgenden Kommentar abgegeben habe.

Don Quijote:

„Ich versichere dir, Bruder Hirte, dass ich mich, wäre ich in der Lage ein Abenteuer zu beginnen, sofort auf den Weg machen würde, weil Ihr sie gut behandeln würden. Dass ich Leandra unverzüglich aus dem Kloster befreien, wo sie ohne Zweifel gegen ihren Willen festgehalten wird, und in eure Hand geben würde, ohne Rücksicht auf die Äbtissin oder wer auch immer dies verhindern wollte, damit ihr, wobei jedoch die Regeln der fahrenden Ritterschaft zu beachten wären, die nicht gestatten, dass einer Jungfrau etwas zugefügt wird, mit ihr tun könnt, was Euch beliebt. Ich hoffe jedoch, dass Gott verfüge, dass ein bösartiger Hexer nicht über so viel Macht verfüge, wie ein besserer, aber wohlgesinnter Hexer und dann verspreche ich Euch, meine Gunst und Hilfe, wie dies mein Beruf, der ja in nichts anderem besteht, als den Machtlosen und Bedürftigen zu Hilfe zu eilen, dies verlangt.“

Das ist es, was die Pfarrer erzählen und was man folglich auch in den Kneipen erzählt. Es wird erzählt, dass der Hirte, nachdem er Don Quijote zugehört hatte, ihn wie einen Verrückten behandelte. Man sagt, dass der Hirte sagte, dass die Äußerungen Don Quijotes an das erinnere, was man in den Ritterbüchern lese dass er nicht alle Tassen ihm Schrank habe. Sie sagen, dass Don Quijote den Hirten angegriffen habe, weil er sich beleidigt gesehen habe, worauf der Hirte ihm wiederum eine Tracht Prügel verabreicht habe.

Was wollen uns die Priester mit dieser von Anfang bis Ende erfundenen Geschichte zeigen? Dass die einzigen Verrücktheiten, an die die Hirten glaubten, die waren, die in der Bibel stehen? Dass sie vernünftig waren, wie die Kirche dies wollte, also nur die Verrücktheiten glaubten, die diese lehrt? Dass die Hirten sich von einem Verrückten provozieren ließen? Dass sie kein Mitleid empfunden hätten? Dass sie nicht verstünden, was mit Don Quijote los sei?

Bah! Die Hirten von Andalusien sind nicht wie du, trotteliger Leser, der, nachdem er eine Flasche Rum getrunken hat, was deine Art ist, der Realität zu entfliehen, jeden Blödsinn, den man ihnen erzählen würde, ohne nachzudenken wiederholen würden. Diese Leute sprechen wenig, weil sie meistens alleine sind, und auch selten in die Kirche gehen. Erstens weil es dort, wo sie waren, gar keine Kirchen gab und weil sie es zweitens vorzogen, mit ihrem eigenen Kopf zu denken. Nur nachts versammeln sie sich rund um ein Feuer, um zusammen zu essen und sich die Dinge zu erzählen, die sich in den verschiedenen Gegenden ereignet hatten, und da es überall Hirten gab, waren sie über die Heldentaten Don Quijotes bestens informiert. Doch sie erzählten sich diese Geschichten nicht, um sich über Don Quijote lustig zu machen. Nein! Sie wollten aus dieser Geschichte etwas lernen. Sie analysierten die verschiedenen Verrücktheiten, die es gibt, verglichen die Verrücktheit von Sancho Panza mit der von Don Quijote, die der Soldaten mit denen der Pfarrer und diskutierten über alle Arten von Dulcineas de Toboso, die es auf der Erde geben konnte. Sie bemerkten sehr wohl, dass es einen verrückten Aufbruch gab, dass dieser aber sinnlos ist, wenn auf den verrückten Aufbruch keine vernünftige Ankunft folgt.

Nein, sie warfen Don Quijote nicht vor, dass er sein Haus verlassen hatte, ohne wirklich zu wissen, wohin er gehen wollte. Das erschien ihnen sehr normal, denn im Allgemeinen gehen die Leute, die wissen, wohin sie gehen, nicht allzu weit, und wenn man nicht vorhat, so weit wie möglich zu gehen, bleibt man am besten gleich zu Hause.

Nachdem sie gegessen hatten, legten sie sich auf ein paar Felle auf den Boden, betrachteten den Sternenhimmel und sprachen ein bisschen wie im Traum.

„Hört mal“, sagte plötzlich einer, „habt ihr nicht den Eindruck, dass die Geschichte von Don Quijote ein bisschen der von Moses ähnelt?“
„Warum?“, fragte ein anderer.
„Na, Moses wollte doch auch aufbrechen, hatte aber keine Ahnung, wo er ankommen würde“, antwortete ihm ein anderer.
„Warum nicht?“, wunderte sich der andere, „er wollte in das Land, wo Milch und Honig fließt.“
„Na, hör mal! Das nennst du ankommen?“, erwiderte ihm der andere. „Wenn das ankommen ist, dann sind wir schon angekommen. Wir haben Honig, Milch, Fleisch, Leder und alles, was wir uns wünschen. Wenn ich was anderes will, verkauf ich ein Schaf und kaufe es mir.“ „Ja, vielleicht war dieser Moses nicht besonders ehrgeizig“, antwortete der erste.
„Und was wäre für dich dann ehrgeizig sein?“, fragte ihn ein anderer, der mit den Augen eine Sternschnuppe verfolgte, die in diesem Moment niederging.
„Ich weiß nicht. Vielleicht das fühlen, was ich fühlte, als ich zum ersten Mal Carmencita sah, erwiderte ihm der erste.
„Also, ob man das Ankunft nennen kann, weiß ich ja auch nicht. Das letzte Mal, als mir so was passiert ist, habe ich zehn Kilo abgenommen. Das ist alle vier Jahre einmal in Ordnung, aber wenn man das immer erlebt, wird man wahnsinnig“, bestätigte der erste.
„Mann, das war doch nur ein Beispiel. So ein bisschen Don Quijote sind wir doch alle, oder? Wir suchen immer etwas, was uns glücklich macht“, hörte man eine Stimme in der Dunkelheit.
„Na ja, aber dieser Herr war schon fünfzig Jahre alt, als er merkte, dass er nicht gelebt hatte. Wenn er schon vorher ein bisschen neugieriger gewesen wäre, dann wäre ihm das nicht passiert.“
„Neugierig? Wie neugierig“, fragten zwei auf einmal.
„Na, sich ein bisschen dafür interessieren, was um uns herum geschieht, nicht jeden Blödsinn glauben, den man erzählt. Was Neues ausprobieren und mal schauen, was rauskommt.“
„Das ist manchmal nicht so einfach, wie du denkst, weißt du?“, seufzte ein anderer. „Die Realität ist manchmal wie eine Mauer, die nur ein Verrückter einreisen kann.“
„Ja, die Verrückten sind schon lustig, die machen ein bisschen Unordnung in der Ordnung.“
„Wisst ihr, was ich mich manchmal frage“, fügte ein anderer hinzu, der wie geistesabwesend hinauf zum Sternenhimmel schaute, der in jener Nacht so klar war, dass man jeden Stern hell leuchten sah.
„Nein, aber ich denke, du wirst es uns gleich sagen“, antwortete ihm ein anderer.
„Ich frage mich, ob Gott die Ordnung oder die Unordnung gefällt.
„Ah! Du interessierst dich also nicht für die Details, also für die Frage, ob dieser Herr überhaupt existiert, dich interessiert, wie er ist.“
„Ja, vielleicht hat dieser Herr überhaupt keine Vorstellung davon, wie das Paradies aussehen soll und hofft, dass wir jede Ordnung zerstören, bis wir etwas gefunden haben, was dem Paradies ähnelt.“
Bei diesem Blödsinn brachen die Hirten in schallendes Gelächter aus.
„Hauen dir deine Schafe nicht ab? Wenn du den ganzen Tag an der Flasche hängst!“, nahmen sie ihn auf den Arm.
„Ich sehe im Moment nicht, wieso ihr das, was ich gesagt habe für eine Dummheit haltet.“
„Na ja, also eine richtige Dummheit ist es vielleicht nicht, aber ein bisschen abstrakt.
„Das Problem sind nicht die Fragen, sondern die Antworten“, sagte der mit Rumflasche.
„Junge, wenn du das nicht auf Latein sagst, dann kann es einfach nichts Vernünftiges sein“, antwortete ihm ein anderer.
„Ich sage dir, dass auch die Antworten ein Problem sind. Vor kurzem hat mich meine Tochter gefragt, warum die Schafe blöken und nicht bellen, und ich konnte ihr nicht antworten, da war mein Mädchen sehr unzufrieden“, gab ein anderer zu bedenken.
„Ich habe den Eindruck, ihr wollt mich nicht verstehen“, fuhr der mit der Rumflasche fort.
„Wie das? Wir machen ja alles, um dir zu folgen, aber du redest so abstrakt wie der Pfarrer, weißt du?“
„Was ich sagen will ist, dass es Leute gibt, die sich Gläubige nennen und dieses Wort kommt von glauben, aber diese Leute glauben nicht, sondern wissen, und das ist das Problem.“
„Und wo ist das Problem?“
„Das Problem ist, dass diese Leute, die vollgestopft mit Glauben sind, die Wahrheit immer besser kennen, als die anderen Gläubigen.“
„Ja, da hast du Recht. Die Don Quijotes brauchen immer andere Don Quijotes, denn es muss immer irgendwelche Leute geben, die vor ihrer Dulcinea del Toboso auf die Knie gehen.“
„Na, da übertreibst du aber gewaltig. Unser Don Quijote ist kein Tomás de Torquemada. Und hast du nicht die herrliche Tracht Prügel gesehen, die er den Mönchen verpasst hat, die ihren Kameraden beerdigen wollten? Und es hat ihn nicht die Bohne interessiert, dass man ihn danach exkommunizieren könnte. Ja, er ist verrückt, aber mutig, denn er ist der Einzige, der an seinen Irrsinn glaubt. Die anderen Gläubigen sind Faulpelze, die nur gut leben wollen und das kann man Don Quijote ja wirklich nicht vorwerfen.“
„Morgen werden ihn der Pfarrer und der Geistliche nach Hause bringen.“
„Das wird ein Triumph für sie sein, denn Don Quijote war ja tatsächlich eine Parodie von ihnen.“
„Ja, und damit niemand auf die Idee kommt, zu denken, dass sie es sind, werden sie versuchen ihn zu demütigen.“
„Was haltet ihr davon, die Spielregeln ein bisschen zu ändern? Lasst uns gemeinsam mit Don Quijote in das Dorf ziehen.“
„Um was zu tun?“
„Um ihn hochleben zu lassen.“
„Hochleben lassen?“
„Ja. Dieses Angewohnheit der Kirche, auf alles eine Antwort zu geben und sich in die Angelegenheiten der anderen Leute einzumischen, erscheint mir nicht gesund.“

So sprachen die Hirten, während sie auf ihren Fellen auf der Erde lagen, zählten die Sternschnuppen. Dabei schmiedeten sie einen Plan, den sie am nächsten Tag ausführen wollten. Während sie nun so redeten, manchmal besonnen und manchmal unbesonnen, schliefen sie einer nach dem anderen ein.

Welchen Plan sie aber ausheckten, werden wir im nächsten und letzten chapter dieser wahren Geschichte erfahren.